Se despide violinista de la OSUANL tras casi 50 años

Ramón González Gómez se despidió de la Orquesta Sinfónica de la UANL rodeado de muestras de reconocimiento.

Tras casi cinco décadas de trayectoria ininterrumpida dentro de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Nuevo León, el intérprete Ramón González Gómez concluyó su etapa artística recibiendo el afecto de sus colegas y una cálida ovación por parte de los asistentes en la Arena Monterrey.

Durante su dilatada carrera, la emoción previa a cada concierto permaneció inalterable para el violinista, quien se despidió de la Orquesta Sinfónica de la UANL rodeado de muestras de reconocimiento.

Su vínculo con la música comenzó en su niñez, participando en una estudiantina escolar donde aprendió de forma autodidacta a tocar la guitarra, antes de ingresar formalmente a la entonces Escuela de Música universitaria en el centro de Monterrey, hallando ahí el llamado artístico que marcaría su existencia.

"Yo vivía relativamente cerca de la Macroplaza junto a mi hermano mayor, Arturo, quien ya había entrado a estudiar canto. Así que yo me fui por la guitarra, pero realmente uno no sabía ni qué instrumento agarrar. Había pianos, percusiones, trompetas, de todo un poco", señaló González Gómez.

En aquella época formativa descubrió su afinidad por el violín al prestar atención a las notas de este instrumento, motivando a un docente a invitarlo a especializarse en su ejecución, un giro que definió su destino profesional.

"Yo escuchaba un sonido tan bonito de los violines y les ponía tanta atención que uno de mis maestros lo notó y me invitó a conocer este maravilloso instrumento. Entonces mi hermano me consiguió un violín, estuche, arco, todo y empecé ya a estudiar de lleno y me gustó tanto que le seguí", indicó González Gómez.

Siendo todavía muy joven, el respaldo del maestro Armando Belmares facilitó su ingreso a la OSUANL, espacio que representó su puerta de entrada al ejercicio profesional de la música y su más grande vocación.

"Empecé en 1976 cuando tenía 15 años, vine a practicar por un buen tiempo, pero luego me llegó el aviso de que fuera a Rectoría para el trámite de la plaza la cual me llegó el 1 de abril del 78 y yo el más contento por esta gran oportunidad", mencionó.

A lo largo de 48 años formando parte de la sección de segundos violines, trabajó junto a siete directores artísticos distintos, pisando escenarios tan emblemáticos como el Palacio de Bellas Artes, la Sala Nezahualcóyotl, el Festival Internacional Cervantino, el Teatro Universitario y el Aula Magna de Colegio Civil.

Su talento también le permitió colaborar con otros ensambles musicales, enriqueciendo su experiencia artística con figuras de talla internacional y nacional.

"Tuvimos el honor de compartir escenario con los tenores Plácido Domingo, José Carreras, Javier Camarena, artistas como Guadalupe Pineda, Alejandro Fernández, Fernando de la Mora; de manera personal al trabajar con el mariachi Cuauhtémoc, Los Reyes de Guadalajara y el mariachi Azabache de Lupe Esparza el de ´Bronco´, nos tocó acompañar a Luis Miguel, a Lola Beltrán y a Lucha Villa que son de los artistas que más recuerdo", confirmó el músico.

A sus 65 años de edad, el oriundo de la capital neoleonesa subraya que la disciplina, la puntualidad y el respeto absoluto al público han sido los pilares fundamentales que rigieron su labor diaria.

"Me siento muy orgulloso de pertenecer a este ensamble de la Máxima Casa de Estudios. Es una satisfacción muy bonita y yo creo que mi mayor aprendizaje es que cada concierto, cada presentación es una experiencia nueva. Pero lo mejor de todo es ser disciplinado, tener ese respeto a los jefes de sección, al compañero que acaba de entrar, pero principalmente al público que se merece un gran espectáculo.

"Decía mi maestro, hay que tener nervios, pero nervios sabrosos de esos que nos hacen sentir emoción y alegría", afirmó.

Al concluir la ejecución de la obra Carmina Burana en el recinto de la Arena Monterrey, el director de la orquesta, Eduardo Diazmuñoz, entregó una distinción al músico por sus casi cinco décadas de labor ininterrumpida en su concierto de despedida.

Acompañado por su esposa Elvira Platas, sus tres hijos y dos nietos, el instrumentista cierra este ciclo vital con la convicción de haber entregado su talento a la música, dejando un legado fundamentado en el compañerismo para las nuevas generaciones.

"Fue una sorpresa que no me esperaba, gracias a mi padre Dios, a mi familia por todo su apoyo, a mi hermano Arturo González que me motivó desde un inicio y al maestro Diazmuñoz, porque no tengo palabras para agradecer todo lo que ha significado para mi vida la Orquesta Sinfónica de la Universidad", finalizó.