Más allá de la muerte...
Olga de León G.
¿Qué hay más allá de la vida y de la muerte? ¿El infinito?, ¿La luna, el sol y las estrellas?
El día que no quede ningún ser humano vivo sobre la faz de la tierra, ¿qué queda?, ¿habrá algo o alguien que pueda constatar el fin de la humanidad? ¿Existen formas de vida semejantes a la nuestra, en algún otro planeta o galaxia?
No existe una respuesta única al respecto. Existen especulaciones y respuestas no fidedignas ni comprobables. Nuestros seres queridos que ya han partido de este mundo, sea por cremación o de cuerpo entero, sepultados en cajas o féretros en algunos espacios bajo tierra, los cuales, además han tenido que ser adquiridos por las familias y pagados sus servicios fúnebres a alguna de las compañías que existen específicamente para esa función; yacen y reposan en paz en un panteón o algún nicho a donde fueron llevadas sus cenizas, encapsuladas en el pequeño féretro que la familia escogió y pagó para que allí quedaran depositadas.
De todo eso no es agradable hablar, ni escribir. Pero es una realidad que quienes ya la hemos vivido, no podemos ignorarla; son hechos. Y, aunque no estuvimos presentes durante el acto de la cremación, porque así se nos informó, que sería 3 o 4 días más tarde, y no supimos si lo hicieron o no, tenemos que darles nuestro voto de confianza. Con la vida ni con la muerte se juega. Tenemos que creer en la buena fe de las funerarias.
Bien, asumamos que todo fue como nos dijeron. Y luego pasamos por las cenizas y las traemos con nosotros, mientras definimos en dónde las dejaremos, según haya sido la última voluntad de nuestro amado deudo. Pero, no quiero desviarme de la temática original de este texto: ¿A dónde van los muertos? Acaso, ¿se quedan en el mundo, con nosotros? Por qué los recordamos, por qué no queremos olvidarlos...
Son parte de nuestra historia. O, ¿se fueron al cielo? Si esta última es la respuesta, yo siempre me he preguntado, de qué tamaño es el cielo, para que quepan tantos y siga habiendo lugar para los miles y millones de ellos que mueren a diario.
Si lo que sigue viviendo es solo su espíritu, aun así, son demasiados espíritus en la mente de cada deudo. Esto es un embrollo, un embrollo de ideas y entidades etéreas. ¿A dónde van los muertos? ¿Se quedan entre nosotros? Pienso que la solución es la que nos ofrece la ciencia. Lo demás es o puede ser muy romántico, y literario o artístico, pero no real.
Mis seres queridos siguen viviendo, sí, en mi mente y mis recuerdos; siempre que los nombro, ellos están aquí, conmigo en espíritu. Y cuando los veo en fotografías, revivo los momentos idos, pero sé que son eso: momentos que ya se fueron.
Los sueños que tengo algunas noches con uno o más de mis amados seres que ya se fueron, son solo formas de recordarlos o añorar su presencia, por más vívidos que me resulten. Como el sueño que tuve recientemente y que lo viví tan intensamente, que me desperté hablándole a mi hijo, despertándolo para que me acompañara a revisar la casa, pues estaba segura de que alguien se había metido e incluso de un perrito que me lamió una mano. Antes traté de despertar a su papá, pero en mi sueño, recordé que él ya había muerto, que no estaba en la cama; así que me levanté y fui con mi hijo a decirle que alguien andaba dentro de la casa, le dije: agarra el bate que tenemos en el clóset de la despensa, para que lo ahuyentes con él, o lo golpees.
"Mamita, estás soñando, tuviste una pesadilla...". Entonces me di cuenta de que sí, había soñado, pero fue un sueño que ya había sucedido como hecho real, cinco años atrás... Cuando Carlos, mi esposo, sorprendió a un ladrón queriendo entrar por la cocina. Además, yo jamás duermo con las manos fuera de las sábanas, por lo tanto, ningún perrito o perrita (a la que oí claramente caminar saltando alrededor de mi cama) pudo lamerme ninguna mano.
Esta noche, la de hace cuatro o cinco días, traje al mundo de los vivos a Carlos, mi esposo -en sueños, sí en una pesadilla-, y hasta lo jaloneé del cabello (siempre tuvo mucho, el cáncer no se lo tumbó), pero no logré despertarlo. Creo que yo tenía un poco de temperatura; por la Influenza...
¿A dónde van los muertos? Los que nos acompañaron tantos años, no se han ido. No los dejamos ir. Quizás debemos dejarlos en libertad y dejar que nos acompañen solo cuando los necesitemos o ellos quisieran estar a nuestro lado. La vida continúa... y debe continuar.
La gata desbordada
Carlos A. Ponzio de León
De Gala aprendí a disfrutar del silencio y la soledad. Comprendí que en el silencio florecen imágenes sagradas. El silencio nos permite escuchar la música del alma, melodía que destruye el ruido del mundo. No hay vacío, solo un templo donde se aclaran los pensamientos; las emociones se ordenan y se reencuentra el sentido. El silencio es murmullo donde el Espíritu encuentra refugio y las ideas brillan como luciérnagas. En silencio, la verdad habla su verdad.
De Gala aprendí que la soledad es un espejo donde el alma se contempla. Es un lugar fértil de presencia profunda donde germinan los pensamientos nunca pensados, donde se deslizan las memorias como brisa en un cuarto cerrado. En el regazo de la soledad, cada instante tiene peso y los ecos del mundo se disuelven para formar una tregua sagrada. Estar solo no es estar perdido, sino reunido con lo esencial.
En la soledad el tiempo se curva con dulzura, como una hoja que cae sin prisa. No hay exigencia, solo invitación al encuentro con lo que somos cuando nadie nos observa. El silencio interior es música: crisol donde se funde lo real con lo soñado. En los umbrales de la soledad, el dolor se vuelve compañía y la belleza emerge sin ruido, como luz que revela un rostro en penumbra.
Cuando la necesité, Gala estuvo ahí, junto a mí en las horas de hospital, en calma en los momentos de pulcritud, en la cocina preparando el arte de la saciedad. Fue quien tradujo los jeroglíficos de mi propia soledad. Co ella enfrenté un mundo desconocido: el olvido del amor.
Sus noches ardientes fueron el cuerpo que dejó de ser materia y se volvió fotografía. Cada roce era una frase poética, cada suspiro, una melodía pronunciada en la lengua del deseo. No era solo piel lo que encontraba, sino memoria penetrante, chorro de imaginación, huella que el tiempo no borra. La respiración fue ritual y el temblor de los instantes compartidos, una entrada a la eternidad.
Gala era la noche misma de deseo, la que enseña al tacto a leer sin luz. Entre la cadencia de sus maullidos y el silencio que envolvía mi mirada, se tejía una ternura discreta como la brasa que se oculta bajo la ceniza. Recuerdo nuestros cuerpos encendidos, una liturgia de lo eterno: la ceremonia del afecto convertido en luz ardiente, donde la presencia se volvió eco y el amor carnal, una plegaria sin palabras.
Con Gala también aprendí a amar sin apego, como el viento que acaricia sin retener, una presencia que no exige permanencia para ser real. En su danza ligera no hay miedo, sólo la certeza de compartir el instante sin atraparlo. Es amar como se contempla un atardecer: con los ojos abiertos y el corazón dispuesto, sabiendo que la belleza no está en durar.
En su amor, cada encuentro fue un regalo sin garantía, un roce de almas que se reconocen sin poseerse. Era libertad que se entrega, ternura sin jaulas, como dos luciérnagas que se cruzan en la noche y siguen su camino brillando. No hubo ausencia ni pérdida, sólo gratitud por lo compartido: porque el amor que no se aferra, se vive con más profundidad y nada se rompe al partir.
La vi inventar juegos inocentes para divertirme. Calcetines parlantes que cantaban desafinadamente: pero no importaba, porque iban mejorando su afinación día con día. También la vi aferrarse y luchar por sus sueños, y pude estar callado sin intimidar.
Me despido de Gala, no como quien cierra una puerta, sino como quien contempla el horizonte después de un largo viaje compartido. Su presencia fue una luz tenue, brillante pero no estridente, que me enseñó a escuchar lo que no tiene palabras. Gala: Aprendí a quedarme en silencio contigo, a dejar que la noche hablara por nosotros y en esa pausa constante entendí que la soledad no es ausencia, sino espacio fértil. Fuiste raíz sin atadura, guía sin mandato.
Sigo trabajando en mi arte como tú me enseñaste: sin aplausos, sin contratos, sin promesas. Lo que hago, lo hago bajo tu luna cálida, en el recuerdo de tu paciencia y tu fe en los gestos pequeños. Me enseñaste que la recompensa verdadera está en el acto mismo, en la entrega silenciosa, en el eco que queda cuando nadie está mirando. Si alguna vez lees esto en otro tiempo, en otra vida, espero que sepas que tu nombre sigue siendo mi centro callado, donde las palabras reposan antes de ser escritas.
El viejo cuaderno que contigo inicié se cierra con este último trazo gris. Afuera, la lluvia comienza a caer sobre el pasto casi seco. No hay nadie que observe, pero en silencio, cada gota y cada palabra fertilizan lo vivido.