Abrumado, me dirigí al elevador y descendí los catorce pisos del edificio donde trabajaba. Salí a respirar el aire de la calle y caminar por la acera. Vi las noticias en los puestos de periódicos, los artículos en los aparadores de las tiendas de ropa, y me metí momentáneamente al café del hotel cercano donde a veces entraba para leer libros: teoría musical. Llevaba cuatro años estudiando ese tipo de materias de manera autodidacta, en mis tiempos libres, desde que supe que aquel momento que estaba viviendo ahí, iba a llegar.
Mi jefe me había citado en su oficina. Me anunció que se iba a la Secretaría de Hacienda, donde el nuevo Secretario lo había invitado a trabajar temas de combate al lavado de dinero. No me dijo que me estuviera invitando al nuevo trabajo. Fue distinto a lo que era su costumbre cada vez que cambiaba de puesto: llevarme con él. Pero su silencio fue una clave más que confirmó que era el momento esperado para mí.
En la Secretaría donde nos encontrábamos hasta ese momento, la situación era estresante desde hacía unos meses, luego de algunos ajustes del Presidente a su gabinete. Mi jefe cargaba en el bolsillo del saco con su carta de renuncia, para entregársela al nuevo Secretario en el momento en que se la pidiera. No iba a mostrarle debilidad o sorpresa: Estaba preparado para cualquier cosa.
Descendí en el elevador y anduve por ahí, caminando media hora.
La semana siguiente, estuve al tanto de la entrega-recepción del despacho de mi jefe. Repito, no fue que el Secretario de Desarrollo le hubiese pedido su renuncia, sino que mi jefe fue invitado a nuevo trabajo en Hacienda, relacionado con el combate al lavado de dinero.
Llegó el día de la entrega y firmamos papeles.
Mi jefe salió de la oficina, lo despedí frente a los elevadores y me metí a los baños. Mi miré en el espejo.
Contaba con varios sistemas de composición musical: uno derivado de la tradición de Bartók, otro por la vena que había desarrollado de manera personal mientras estuve internado en un hospital psiquiátrico, (donde, para decirlo con franqueza: Dios me había anunciado lo que ahora estaba viviendo), y otros sistemas musicales sobre los que apenas estaba sentando las bases.
El trabajo en la Secretaría me ofrecía un buen salario. Podía aventurarme en la composición musical en mis tiempos libres. ¿O debía renunciar a mi trabajo para dedicar mi tiempo a componer música?
No contaba con una fuente de ingreso alterna, mi esposa dependía económicamente de mí, había acumulado ahorros para sobrevivir algunos meses... pero tenía mucha fe en algo: que mi camino trascendental en esta vida era algo distinto a lo que vivía en ese momento...
Me lavé el rostro, me sequé y me metí por el pasillo rumbo a mi despacho. Justo cuando iba a entrar, apareció un tipo nefasto... el enlace del Secretario con nuestro equipo: un hombre que no conocía bien su lugar en esta tierra y que juzgaba mal su propio valor como persona. "Nos quedamos solos, Carlos", me dijo.
Cuatro años atrás, cuando yo había sufrido un evento psicótico que me llevó a estar internado en el hospital psiquiátrico, Dios me había dicho: "Un día vas a tener que renunciar a tu trabajo para ponerte a componer música". Yo nunca había tenido aspiraciones políticas: no me interesaba el tema: era un tecnócrata, alguien que busca soluciones para problemas prácticos. Problemas poco comunes y quizás importantes, lo acepto, pero no estaba en donde los reflectores alumbran. Aquella hospitalización psiquiátrica prácticamente selló mi suerte: jamás aspiraría a un puesto de alto nivel donde los medios centran su atención.
Durante los treinta días de hospitalización, Dios me dictó música que yo escribía en papel pautado. Había tocado el piano como adolescente y siempre me había interesado la composición. Un profesor de música de una universidad regiomontana había animado mis aspiraciones, no como pianista, sino como compositor. Yo tenía catorce años. Pero pronto abandoné la carrera de música para estudiar economía, hasta que una década más tarde, sufrí un primer evento psicótico en el doctorado. Cometí el error de culpar a la economía de aquello y de su principal consecuencia: la disolución de mi primer matrimonio: un amor rebelde y juvenil. Lo comprendí en terapia hasta quince años después, (demasiado tarde para enmendar mis objetivos).
Perdí interés en la economía y volví a mis antiguos sueños, los de infancia y adolescencia. Siendo estudiante en Boston, comencé por concentrarme en el complejo arte de la fotografía. El impacto fue enorme en mi vida. Abandoné mi aspiración de convertirme en académico y de regreso en México, me volví burócrata.
Supongo que todo esto influyó en mi decisión de aquel día en que despedí a mi jefe en los elevadores de la Secretaría. Me lavé el rostro, me sequé y volví al despacho. "Nos quedamos solos, Carlos", me dijo el enlace del Secretario cuando nos encontramos en el pasillo. "Yo también me voy", le dije.
Me lo jugué todo...
Y todo... lo perdí.