Una carrera singular
Olga de León G.
"Corre, corre, corre. ¡Que no te alcance...!" Y, ella corría cuán raudo y veloz podía; el viento iba detrás, como impulsándola, queriendo ayudarla; no detenerla, ni tumbarla. ¡Hasta el viento era su aliado! ...La voz dejó de gritar, ya no era necesario que lo hiciera. El barullo y alborozo acabó. El silencio se impuso y la distancia se hizo casi infinita: jamás sería alcanzada, no ahora, ni en mucho tiempo más.
Pasaron más de diez años; la niña de once creció, todo fue amor, paz, estudios, diversión y alegrías en familia y con amigas... Y, un buen día, se hizo adulta. Había olvidado aquella extraña experiencia, esa carrera única, casi increíble y que ya no recordaba, se volvió un sueño muy pesado y perdido, una pesadilla que cuando la vivió, rogó porque jamás volviera a experimentarla. Hasta entonces, el mundo y la vida fueron buenos con ella por un largo período. Esa carrera despareció de su memoria, no se repetiría, ni la recordaría; hasta hoy, cuando estaba cumpliendo veintiún años; llegaba a la edad adulta.
Era muy temprano, recién amaneciendo el día. Se despertó porque la alarma de su radio reloj se encendíó. La había puesto a las seis de la mañana. Era un viernes y tenía clases en la facultad. Salió de la recámara y ya la esperaba su hermano, para desayunar e irse ambos a la Ciudad Universitaria, él manejaría. Así que a las siete ya estaban en la cocina: papás y hermanos salieron de sus cuartos y con una gran sonrisa, empezaron a cantar las mañanitas; luego abrazos, besos y buenos deseos. Se despidieron y cada uno siguió su camino y su rutina (a bañarse, otros a vestirse, o solo a lavarse los dientes, y salir a esperar el transporte escolar); Mary, la chica del aseo: a sus quehaceres; mamá recogería la cocina y se pondría a alistar lo necesario para la comida; papá volvería a acostarse, estaba enfermo, convaleciente de cirugía.
Por fin salí. Mi hermano estaría desesperado con la camioneta encendida, solo para arrancar en cuanto yo me subiera.
Pero, qué era lo que yo veía. Casi me desmayo. La calle estaba sola, realmente sola. No solo nadie me esperaba, sino que tampoco había construcciones, ni otros autos, ni gente a la vista. Con precaución y muy despacio, me di la vuelta, miré de donde yo había salido: Ya no estaba la casa, ni el porche, ni las casas de los vecinos: todo era un total y absoluto vacío... Las lágrimas rodaron de mis ojos, sin que pudiera contenerlas, tampoco sabía por qué lloraba, creo por miedo y porque me sentí desamparada.
Entonces, quise gritar, pero la voz no me salía. Además, a quién o quiénes les gritaría. Y, de nuevo, aquella voz que me gritó hace diez años: "Corre, corre, corre, no te detengas", sonó muy fuerte en mis oídos. Solo que ahora no me gritaba que corriera, sino que no me moviera: "Ni un ápice, no te muevas... Si te mueves, te mueres".
No el miedo, sino el terror se apoderó de mí. Y allí me quedé. No sé cuánto tiempo estaría inerme e inerte, pegada al suelo. Solo sé que se hizo de noche y en el cielo no aparecieron las estrellas. Era un cielo negro y tenebroso. Me quedé plantada como árbol, pero sin ramas ni follaje. Nunca supe cuántas horas, días o meses o años habré permanecido así. Hasta que un ave pasó muy cerca de mi cabeza y algo me susurró, luego sopló el viento y me refrescó la memoria. Me dijo que no me asustara, que aún no era mi tiempo de partir, pero que las hadas y los duendes y magos me estarían poniendo a prueba... A prueba de qué, alcancé a contestar.
Y siguó pasando el tiempo, mis piernas se doblaron: primero caí de rodillas y aproveché para elevar mis ojos, implorando al cielo clemencia y a Dios una respuesta. Nadie me contestó, Yo, que hacía mucho no rezaba ni iba a la iglesia, recé por horas: Padres Nuestros, Aves Marías y el Credo. Dicen que lo que bien se aprende, nunca se olvida: pude comprobarlo. Muchos años después, un hijo bien amado, al que le pregunté que cómo era que se había vuelto un fervoroso creyente, si yo no los formé así, me contestó: Mamita, cuando el demonio se te presenta y quiere apoderarse de tu alma y tu mente, haciéndote ver lo que no existe y empujándote hacia lo malo, o escuchando voces que nadie más escucha, tu corazón y hasta tu lógica te dicen que busques a Dios. Para entonces, yo ya era madre y había sufrido por mis hijos varios sinsabores...
En fin, a los veintiún años tuve el segundo reencuentro con mi espíritu atormentado desde pequeña. Y creo que pasé las pruebas del destino. La luz se hizo y mi hermano me sonrió desde el volante y con la mano me dijo: ándale, súbete que no quiero que lleguemos tarde a la Ciudad Universitaria: Me dejó frente a la Escuela de Filosofía y él se fue a la de Ingeniería Mecánico-Eléctrica.
Qué años aquellos, llenos de sueños, pero también de pesadillas.
Figuración desfigurada
Carlos A. Ponzio de León
La noche anterior, le marqué a su casa. Hablamos dos horas, como tórtolos enamorados. Le leí poemas de amor de Pablo Neruda. (Ahora, más de treinta años después, me pregunto si Daniela se quedaba dormida con el auricular del teléfono en la mano. O tal vez no: quizás estaba atenta). Nos despedíamos cerca de las dos de la mañana y yo bajaba a la biblioteca de mi Padre a escribir mis intentos de artículos de investigación. Creo que ese es el nombre correcto para llamar a aquella prosa estudiantil y desvelada. ¿El tema? El crecimiento del tamaño del sector público en México, entre 1925 y 1976. Yo realmente sentía que estaba contribuyendo con algo valioso a la ciencia económica o al menos, al conocimiento sobre la economía mexicana.
Sobre estos temas de economía, en realidad solo tenía un interlocutor: mi amigo Darío, seis años mayor que yo, y para entonces un economista y empleado del sector público federal trabajando en la Ciudad de México, quien de pronto regresaba a Monterrey durante algunos fines de semana. Venía cada vez con menos frecuencia: habíamos dejado de compartir tantas cosas. Debo decir que muchos temas e ideas económicas las aprendí de él en los cafés.
A las siete de la mañana era posible que yo siguiera despierto, trabajando frente a la computadora en mis artículos o tesis, en un procesador de palabras que escribía ecuaciones. Se llamaba ChiWriter. Fue anterior a LaTex e incluso al Word que integró un editor de ecuaciones. Me lo compartió Darío, Supongo que algún profesor, recién llegado del doctorado, se lo pasó a él.
A esas siete de la mañana le marcaba a Daniela para pedirle que nos viéramos en el centro, quizás en el Sanborns de Morelos, donde desayunábamos. Yo llegaba sin dormir y ella un poco desmañanada. De ahí nos íbamos a algún hotel barato, cerca de la calle de Madero, donde pasábamos unas horas o incluso el resto del día.
Encerrados en la habitación como en un laboratorio sin ventanas, nuestros cuerpos trazaban: dibujaban curvas de oferta y demanda sobre las sábanas revueltas, ajustando variables con la precisión de un experimento que no admite control. Cada roce era una inversión de alto riesgo, cada suspiro, una fluctuación en el mercado de valores. El tiempo, suspendido como una burbuja especulativa, se inflaba con ecuaciones que sólo nosotros sabíamos resolver: termodinámica de piel, algoritmos de deseo y una inflación emocional que desbordaba los límites del modelo. Al caer la tarde, el capital simbólico acumulado en nuestras miradas bastaba para fundar una nueva teoría del valor.
Al oscurecer nos despedíamos. Tomaba ella un camión hacia su casa y yo a la mía. O era posible que, para entonces, hubiese acordado encontrarme con Darío en algún café del centro. Tal vez en el Vips de Morelos. Hablábamos de sus compras de discos de música clásica, modelos de crecimiento endógeno, y su tesis. Yo le hablaba de la mía. Cada vez conversábamos menos de poesía. No era un tema que a mí me atrajera mucho ya, excepto Neruda.
Pero Darío estaba obsesionado con Mallarmé, Paz, Pessoa y algunos otros. Había escrito un poema largo, incompleto, que deseaba terminar. Tal vez influido por su amistad con un escritor regiomontano mucho mayor que nosotros, estaba convencido de que Monterrey tenía como destino convertirse en una ciudad imponente en el mapa de la historia mundial. Creía que la belleza y el comercio se encontrarían felizmente en la ciudad.
Del café, Darío y yo nos movíamos a un bar decrépito, como al del Sanborns de San Agustín. Bebíamos cervezas y vampiros. De ahí nos iríamos a Chipinque, a su recámara en la enorme casa de sus padres, donde la madrugada nos recibía como una página en blanco donde escribíamos con tinta tibia y silencios compartidos. Nuestros cuerpos, versos que se buscan en un poema aún sin título, se entrelazaban en una sintaxis de tacto y aliento, donde cada pausa era una coma suspendida entre latidos. Nos explorábamos como quien descifra un manuscrito antiguo, con reverencia y asombro, sabiendo que el significado no está en las palabras sino en el ritmo con que se pronuncian. Afuera, el mundo seguía su curso, pero dentro de esa habitación, el tiempo se plegaba como papel y nosotros éramos la metáfora que lo sostenía.
La vida continuó por algunos meses, hasta que Darío descubrió mi relación con Daniela: no se enojó, simplemente decidió dar por terminada la nuestra. Brindamos largamente en un bar y cuando venía a Monterrey, ya no era para verme a mí. Comenzó un nuevo romance con una joven que había estado siempre enamorada de él.
Desquicié mundos privados, sin problemas: aquellos tiempos fueron la avalancha que sembró el fuego de mi vida.