Hay textos narrativos en los que algunos autores han decidido utilizar diferentes vehículos de la palabra y atenerse a su forma para echar a volar la imaginación y contar historias. Muchas veces a manera de minificciones, otras como cuentos cortos. Así tenemos el espléndido cuento Baby HP de Juan José Arreola en "Confabulario" (muy bella la nueva edición de clásicos de Joaquín Mortiz), que marcó un hito en la narrativa breve mexicana. El cuento detalla las instrucciones para que la energía de los movimientos de un bebé pueda ser de provecho para otras tareas domésticas. El tono publicitario y la ironía se disfrutan mucho en este texto memorable. Julio Cortázar tiene una serie de cuentos que llevan la palabra instrucciones: "Instrucciones para quitarse un suéter", "Instrucciones para llorar", "Instrucciones para subir una escalera", un verdadero deleite el uso literario para el formato enumerativo de las diferentes acciones que debemos acometer para lograr algo. Instrucciones para vivir en México es una colección de textos con el humor de Jorge Ibargüengoitia que nos resalta los obstáculos y absurdos para vivir en el país. Aunque pertenecen a una época, la mayoría siguen vigentes. Lydia Davis, tan acertada con sus minificciones de mirada corrosiva en las que nos reflejamos, también ha hecho de otros vehículos, por ejemplo, las quejas, el formato para algunas de sus narraciones cortas.
¿Quién no ha leído instructivos? Los hay en su brevísima versión en las etiquetas de la ropa que indican cómo lavarla. Hasta los niños se vuelven expertos en los instructivos para juguetes de armar. Los electrodomésticos, los teléfonos celulares, las computadoras, las impresoras siempre nos ponen enfrente a la inevitable tarea (y engorrosa) de leer instructivos y advertencias para echar a andar los aparatos.
De alguna manera el comienzo del año nos dispone a una serie de tareas que son propias del mes de enero y que se ejecutan como instructivos para abrirle cancha al estreno de ciclo.
-Deshacerse de lo caduco. Revisar la despensa y las medicinas.
-Tirar a la basura la montaña de papeles acumulados: tickets que nunca se convirtieron en facturas, la tarjeta de presentación de quién sabe quién. Es bueno desprenderse en cascada de lo que ya no fue.
-En el territorio de trabajo, acometer los preparativos para nuevos proyectos.
Si fuera un escritorio como el mío: revisar plumas y tirar las que no tengan tinta, sacar punta a los lápices, acomodar libretas según su uso cerca de la superficie de trabajo. Elegir los libros que tengan que ver con el proyecto de escritura y ponerlos a mano. Ensayar la fecha 2026 repetidas veces para no equivocarse. Colgar el calendario nuevo.
Los instructivos son tan al pie de la letra que los literarios tiene que apelar al absurdo por eso, si usan un escritorio como yo:
Tirar el escritorio a la basura. En cascada mejor.
Olvidar los lápices cuya punta se rompe siempre. No se necesita más que una pluma. La misma repetida. Las libretas viejas son interlocutores personales que se pueden ir a una bodega o al cesto. No quererse tanto y tirar el calendario del año pasado porque nadie va a hacer arqueología de nuestra vida. Así como en ciertos países rompen los vasos en el tránsito del año viejo al nuevo, decidir qué romper en el estudio.
Tal vez el propio nombre.
Eso es renovación.