Ilusión perdida

"No importa", pensé para mis adentros cuando el director de la facultad presentó su propuesta para que yo le firmara una petición: mi baja extemporánea del semestre. Significaba que reprobaría las cinco materias que cursaba ese semestre: noveno. Simplemente añadiría unas cuantas más a la veintena de materias que habría de reprobar en la carrera. Reprobé la mitad de las materias que cursé en la universidad. No me presentaba a los exámenes finales. Pasaba las materias en segunda oportunidad, o tercera o cuarta.

Sentado en la sala de espera de la dirección, miré a la izquierda: ahí estaba la puerta, reparada, de la oficina del secretario académico, (el segundo a bordo del director). Observé luego la mesa frente a mí, de vidrio, bajita y amplia, alrededor de la cual estaban dos sillones grandes.

El director salió de su espacio y volvió a explicarme que, con la firma de mi baja, iba a poder salir de la facultad a tiempo, al final del décimo semestre. Solo debía presentar los exámenes de nueve o diez materias en el décimo semestre, el último, (no cinco, las de la carga habitual). El director consideró que yo podía lograr la hazaña y yo confiaba en él. 

Había mostrado su preocupación hacia mi persona cuando yo me encontraba en tercer semestre y reprobé una materia. "¿Cómo lo vamos a mandar a la Universidad de Chicago?", le preguntó a Darío, que en ese momento era el Secretario Académico de la facultad. El director no tenía idea de que esa no era mi primera materia reprobada, ni sería la última.

Perdí el interés en mis calificaciones al final del primer semestre, cuando reprobé matemáticas. Tuve que volver a cursarla. Para entonces, yo ya salía con Darío y se puso a explicarme matemáticas de manera intensiva: álgebra básica, cálculo y álgebra línea, pero a un nivel que trascendía lo que se exigía en la facultad. Cuando retomé Matemáticas I, comencé a ir a clases y noté los errores normales que cometían los profesores en sus explicaciones. Perdí más interés. O quizás dejó de importarme la escuela cuando un laboratorista, en el primer semestre, me dijo: "conmigo estás reprobado porque nunca vienes al laboratorio". Seguí las consecuencias. Dejé de ir a clases, no me presentaba a la primera oportunidad, llegaba a la segunda y pasaba. No había necesidad de asistir a clases ni hacer tareas: simplemente no me presentaba al examen final y dos semanas después, pasaba la materia en segunda oportunidad.

Así transcurrió mi carrera.

En la sala de espera de la dirección, recordé que una semana antes, había estado ahí, en otras condiciones. Daniela y yo queríamos ir a meternos a un motel para hacer el amor. El problema era que ella debía realizar un pago en la sección de escolar y no completábamos para el cuarto de hotel. Le sugerí que hablara con el secretario académico: él le podía autorizar un descuento. El tipo era un recién egresado de la carrera que había sido novio de ella y fue durante el período de intercambio de él, en una universidad en el extranjero, que Daniela y yo comenzamos a salir y finalmente a ser novios.

En la oficina de la secretaría académica, le dijo que no le otorgaba el descuento porque no se había maquillado. Daniela salió y me contó. Enfurecí, entré a la dirección y de una patada tumbé la puerta de vidrio del secretario académico. No fue ni cosa de unos empujones, porque el tipo se escondió debajo del escritorio y no pude hacer más. Daniela y yo nos fuimos al hotel. Por la noche, Darío y unos amigos me ayudaron a redactar una carta de explicación para el director. Se formó un comité de profesores que revisaría el caso, lo evaluaron y consideraron expulsarme... pero al final optaron por suspenderme un semestre. Esa era la razón por la que estaba dándome de baja.

El director me mandó decir que podía seguir yendo a la facultad, entrar a la biblioteca y todo eso. Iba y me aparecía en la cafetería para jugar dominó. También fui considerado para asistir, con los gastos de hotel pagados, a la reunión nacional de alumnos de economía. Fue en Mazatlán. Daniela y yo estuvimos ahí. El presidente de la sociedad de alumnos nos asignó una recámara solo para nosotros. No atendimos las conferencias, solo las fiestas. Bebimos e hicimos el amor todo el tiempo.

Tiempo después, un profesor egresado del doctorado de la Universidad de Chicago me preguntó por qué me había importado tan poco la universidad. "¿No te preocupó no titularte?", me preguntó. Fui honesto: respondí que no, que sentía que lo que venía a hacer al mundo no dependía de un título universitario, incluso si mi misión era contribuir al campo de la economía.