Una ola libre sobre el mar
Carlos A. Ponzio de León
Abrió fuego enemigo en la mesa, justo cuando probaba el primer bocado. ¿Había sido engañada por su marido? Tanto esmero y cuidado había puesto en salvaguardar su matrimonio. Incluso había sucedido la circunstancia, no muy lejana, cuando Verónica se había sentido atraída por un compañero de trabajo. Y la rutina, plana y seca como el cemento gris, por poco la hizo perder la cabeza para entregarse totalmente al hombre que: para ese momento, ya despertaba el pulso complejo de su corazón. A punto estuvo: sin mirar consecuencias, sin pensar en el vuelo errático de sus hijos tras el abandono. Pero ella había crecido educándose en la universidad para medir, matemáticamente, los efectos de las acciones humanas, sobre todo cuando tienen consecuencias en los demás.
El marido de Verónica lo negó. Todo el tiempo lo hizo y continuaría fingiéndolo. Otra manera: equivaldría a sumergir la cabeza en un bote lleno de aguas negras. Verónica no le creyó. Había algo en el mirar de su esposo, que no la convencía. El dolor se le incrustó en el pecho como pedazo filoso de jarrón de porcelana que le desangra el vientre. Sin sosiego, comenzó a buscar refugio en su pasatiempo de infancia: el cine. Volvió a ver las películas que le habían formado el ideal del amor, pero ahora con otros ojos.
Además de contratar Netflix, Prime y Mubi, comenzó a asistir a la Cineteca Nacional para ver dos películas cada domingo. Tomaba un café largo entre cintas. Fue descubriendo, entre las pláticas provenientes de otras mesas, un mundo de gente que leía y hablaba sobre literatura, que igualaba los filmes de Ingmar Bergman con la escritura de Selma Lagerlöf, que estaba familiarizado con el teatro de Harold Pinter. De pronto, uno que otro caballero eran atraídos por su belleza e iniciaban la conversación. Así fue como se fue enterando de la existencia del cine Olivia, ubicado en los bordes de la ciudad con el mar.
Desde un principio, estuvo segura de que sería imposible que ella acudiese a un lugar como ese. Pero un domingo, volvió a encontrarse con el hombre que le había platicado por primera vez del cine Olivia, y la emoción de presenciar, junto a él, cintas clásicas proyectadas en forma de esfera, comenzó a encender más su curiosidad. El primer filme iniciaba a las doce de la noche en punto y, una vez adentro, no podía salirse del lugar sino hasta que concluyera la última película, a las siete de la mañana. Había quienes se quedaban dormidos en sus asientos. Podían olerse distintos tipos de humo generados por los cigarros aromáticos, y las luces no volvían a encenderse hasta que no se abría la puerta de salida por la mañana. Los vendedores de palomitas y bebidas andaban a tientas, toda la noche, entre las butacas, haciendo paradas largas en los sitios donde eran requeridos.
“Mi marido jamás me dejaría ir al cine Olivia”, pensó para sí misma, sin decírselo al caballero, quien ignoraba su estado civil. Por las noches, dando vueltas en la cama, Verónica giraba junto al remolino de la idea de asistir al cine Olivia, acompañada quizás por una amiga, o por su propio marido. Día con día, Verónica se percibía a sí misma, cada vez con mayor nitidez, encerrada en una burbuja de espuma que debía reventar. Hasta que un domingo, mientras tomaba un café con aquel caballero, la furia del recuerdo de la infidelidad de su marido, la hizo tomar la decisión.
Subieron al auto de ella, quien condujo. “Esta noche, dormiré en casa de mi hermana”, le escribió al esposo por celular y apagó el aparato. Minutos antes, le había marcado a su consanguínea mayor para decirle la verdad, sin dejarle mucha explicación. Condujo cincuenta minutos sin tráfico. En el camino hablaron sobre la película “Ladrones de bicicletas” de Vittorio De Sica, sobre cine mudo y de la novela El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson.
Verónica detuvo el auto unas cuadras antes de llegar al lugar. Quería dejar algo en claro. “No sé qué vaya a pasar esta noche entre tú y yo; pero si me levanto de mi butaca, no me sigas. De cualquier manera, te traeré de regreso al amanecer”. El hombre estuvo de acuerdo; pero quedó inquieto. Trató de calmarse mientras descendieron y se dirigían a la taquilla.
La sala era una burbuja de champú flotando sobre una bañera llena de espuma. Las luces iluminaban el silencio encerrado entre las cortinas rojas. La oscuridad repentina hizo sonar una pianola. “Nosferatu”, de Friedrich W. Murnau, en pantalla. La respiración profunda de Verónica comenzó a escucharse, dejando un vacío en el estómago de su amigo. Algo cuchicheó al oído de él. La silueta de la pareja estuvo quieta unos minutos, hasta que ella volvió a acercársele al oído. “¿Puedes guardar un secreto?”. Él consintió, inclinando la cabeza, dejando soltar un suspiro en su oído. “Dame un beso”, le dijo Verónica, tomándole la mano, libre, como quien suelta el yugo que le viene aprisionando, para desatar luego el nudo de la garganta y las ataduras de las olas que ahora comenzaban a levantarse sobre el mar.
La cuchara bajo la cama
Olga de León G.
Como todas las noches, desde que le contaron a Mariana la historia de la infidelidad en la que los hombres caían después del séptimo año de casados, ella se agachaba junto a su lecho y revisaba antes de irse a dormir, con la cabeza metida bajo la base que sostenía al colchón King Size, que no hubiera ningún objeto extraño debajo.
Historia con la que la intrigaron aún más, al decirle que una vez cometida la primera infidelidad, los hombres no se detenían ante nada, y una y otra vez podían engañar con la misma o con alguna nueva mujer. Las que le metieron tales ideas en su cabeza, también le dijeron que había una forma para confirmar si su marido le era infiel y otra, para conseguir que se olvidara de sus amoríos y se dedicara solo a ella.
-Olvídate de revisarle el cuello de las camisas, los bolsillos de los pantalones y sacos, eso quedó en el pasado, ya nadie es ni tan ingenuo ni tan tonto para permitir que las mujeres les entinten de “rouge” las camisas, ni que les dejen señales de romance en su ropa. No, eso ya no sucede, le decían, salvo ocasiones muy remotas y raras. Ahora todo es más complicado.
Al principio, no sabía quién hacía tal cosa ni en qué momento, pero encontraba una cuchara grande, de las que se usan para servir la sopa, bajo la cama. Era la señal del dominio de la otra, con la que el marido le era infiel; lo sabría luego.
Algunas historias cuentan que la amante, se las ingenia y consigue meter a trabajar en la casa del matrimonio, a alguien de su confianza, para que cada noche hiciera el ritual de poner la cuchara debajo del colchón, del lado del hombre. Así, este sentiría la presencia del amor prohibido y la fuerza que de él emanaba. Y, no tocaría a su esposa ni se le acercaría.
Mariana, ya tenía sus sospechas desde hacía varios meses, la frialdad de Roberto y las llegadas de madrugada, cuando ella ya dormía, no le dejaban duda. Pero, por si eso fuera poco, ella se había ganado la confianza y la misericordia de la mucama, a la que le dispensaba sus faltas y se hacía de la vista gorda ante una que otra pérdida de objetos: joyería de fantasía fina y perfumes, y ropa íntima nueva.
En consecuencia, la muchacha acabó por revelarle lo que cada noche antes de retirarse ella a dormir, hacía… y, por qué, según le dijo, se lo había encargado la mejor amiga de Mariana. -Sí, así suele suceder, señora: de quien menos se espera, viene la puñalada.
Con lo que no contaban ni su amiga ni su marido, era con que, a Mariana, eso no le preocupaba. Hacía tiempo que había dejado de amarlo: los malos tratos a veces hasta insoportables, no matan ni engríen, pero sí atolondran y mezclados con el amor hacia los hijos, dificultan un rompimiento, por más necesario que fuera. Pero tarde o temprano, para todo hay solución… El desamor, ciertamente, a veces mata; pero, otras, da aliento y nueva vida a quien ya no se le quiere.
Entonces, Mariana buscó la ayuda de un brujo o chamán, para que acabara de darle fuerzas al marido de retirarse solito, por las buenas… y que no acabara una noche muerto, ahogado en la sopa no del brujo sino en la hechicería de su amante. Por si sí o si no, desde hacía una semana, la cuchara era frotada por indicaciones del brujo con una mezcla de polvos que despedían un gas, cuyo efecto nada podía hacer en quien fuera de noble corazón o ya no sintiera amor ni pasión fuera de ese lecho.
Poco faltaba para que todo terminara… gritos, golpes, desprecios e indiferencias, todo. Mariana volvería a sonreír. Y la traición moriría
Esa noche, después de que Mariana siguió las instrucciones del chamán y antes de meterse bajo las sábanas, le dio un beso en la mejilla a su esposo… y ambos durmieron tan tranquilos como bebés.