Expediciones bárbaras

La reclusión, después de un tiempo prolongado, aparece como un laberinto: dédalo de pasillos, ventanas atrancadas y puertas clausuradas

La reclusión, después de un tiempo prolongado, aparece como un laberinto: dédalo de pasillos, ventanas atrancadas y puertas clausuradas. Recorridos interminables por la memoria y repaso puntual de las rutinas hogareñas. Hasta que la necesidad de tomar aire fresco se impone. Entonces me abrigo y salgo a caminar muy temprano por los barrios del norte de la ciudad, la antigua zona fabril y obrera (que es también mi propio vecindario). Son horas en las que todavía persiste la neblina y hay un poco de silencio (la ciudad no ha despertado del todo). La sana distancia se establece sola: nadie se cruza en mi camino. Llamo a estas salidas semanales como expediciones bárbaras, y al hacerlo le hago un guiño a esas campañas godas contra el imperio romano. No busco la guerra, por supuesto, sino la contemplación de viejos reinos. Las expediciones bárbaras no son sólo aventuras geográficas: representan también una manera de mirar, de leer el entorno, desde ángulos y perspectivas poco frecuentados. 

Así, me dispongo a caminar por la ciudad como si fuera el mapa y no el lugar real, concreto. Leerla como una clave de signos históricos que siguen resignificándose en el presente. Voy dando cuenta de las presencias fantasmales que cobran vida: las casonas de adobe y sillar; las fachadas de estilo clásico, con columnas y pórticos; los tejabanes de madera; las fábricas de ladrillo, con sus chimeneas apagadas; las escuelas monumentales de estilo art decó (diseñadas como parte de la renovación espiritual emanada de la Revolución); el viejo Mercado del Norte, cubierto de puestos, hierberías y tiendas de conveniencia. El inventario me deja con monumentos de una ciudad proyectada hacia el futuro y rebasada por sus propias ansias antropófagas. La eterna custodia de las montañas, que siguen ahí como muros y faros inmensos, es la única certeza que obtengo al levantar la mirada. Las grandes avenidas, ahora vacías, son como arterias expuestas: vestigio de una vitalidad resguardada, escamoteada en los pocos puestos y locales abiertos. Continúo con mi expedición. He llegado a la vieja calzada.

Contemplo, como si estuviera transitando por la Vía Sacra, las ruinas de los grandes teatros y de los cines monumentales. Inmensas estructuras sentimentales que formaron a varias generaciones: ¿cuántas personas salieron de estos lugares rumiando en su mente los espectáculos recién apreciados? Conforme me acerco al centro, el ruido y el tráfico aumentan. Las cortinas de acero se levantan, el mercado de abastos edifica sus montañas de frutas y verduras, los huacales se apilan en los rincones, la calle se cubre de trozos y cáscaras de naranja y guayaba. Las iglesias abren sus puertas; las entradas a las estaciones del metro comienzan a congestionarse. La ciudad repite sus rituales y yo entiendo que ha sonado la hora de regresar. Busco una nueva ruta para mi expedición: volver por un camino diferente. Esta vez me adentro por callejones y vecindades. 

El día avanza sin tregua. La cotidianidad se impone a plena luz solar: los signos cambian de nuevo y el mapa de la urbe se cubre de polvo y cemento. La ciudad vuelve a asfixiarse en su propio presente. El cruce de temporalidades ha cesado. Mi expedición llega a su fin: he dejado de ser un observador bárbaro para regresar a mi condición de habitante de la metrópoli, y como tal padezco sus dolores y me conduelo de sus contradicciones. ¿Qué nos depara el futuro? ¿Regresaremos algún día a eso que solíamos llamar la "normalidad"?  ¿O tendremos que inventarnos otra? No tengo las respuestas, salvo una intuición, o más bien un deseo: espero que el día que volvamos a poblar el espacio público, lo hagamos con conciencia de la fragilidad de nuestra memoria colectiva y no devoremos de nuevo a nuestra ciudad y a su pasado.