El desencanto quebrado

Eternidad: realidad maravillosa y sin límites.

Olga de León G.

No hace mucho, entró en mi vida una dimensión desconocida. Algo que aún no alcanzo a definir qué es, ni cómo funciona; pero que está aquí, conmigo, en mi territorio, mi tiempo y mis silencios. 

Amo el silencio -la evasión o mudez-, pues con él suelo producir mejores relatos, cuentos o reflexiones. El silencio puede ser mi mejor aliado cuando las palabras se me escapan sin ton ni son, o me ahogan, o dejan de tener significado. 

Ese día, el mundo parecía estar tranquilo. Bueno, por lo menos, mi mundo, el que me rodea y circunscribe a ciertos límites. No había viento, o no soplaba fuerte. Las aves estaban en silencio y no revoloteaban por ningún lado. El follaje de las ramas de los árboles no se movía, todo era quietud. Hasta que apareció una especie de letrero hecho con colores tenues y suspendido sobre las nubes, que decía: "Lo eterno te invadirá y tomará control de tu vida".

Yo empecé a sentirme un tanto extraña. Quizás influida por esa frase, seguramente. Lo cierto es que repentinamente me entró un profundo y fuerte deseo de dormir, literalmente: "me caía de sueño". Y no pude hacer nada más que buscar mi cama... y acostarme. Me quedé dormida, en menos de un minuto... y, empecé de inmediato a soñar.

En mi sueño, me veía caminando a buen paso, ni demasiado lento ni muy rápido, sobre una vereda entre un bosque pletórico de árboles enormes; eran tan altos que, entre ellos, no se veía el cielo; pero sabía que ahí estaría, esa bóveda azul, limpia y clara. Lo que ignoraba era si aún permanecía la frase amenazadora de lo eterno y su dominio sobre mi vida y mi destino.

¿Quién querría vivir eternamente? Nadie que ya hubiese conocido el infierno sobre la tierra, tanto como los sufrimientos desgarradores que dan las enfermedades prolongadas en familiares o en propia carne y mente. 

Otra cosa sería la eternidad en forma de felicidad, todos queremos ser felices y más si ese sentimiento fuera eterno. Pero, no, nunca se es feliz eternamente, con excepción hecha de la felicidad en los cuentos o historias de ficción, como las que terminan diciendo: "...y, vivieron felices para siempre". Sé que a algunos les gustaría que el placer sentido por momentos, fuera eterno; naturalmente son los de alrededor de cincuenta años, los que son más carnales que idealistas; aunque hay de placeres a placeres, por supuesto. Sin embargo, la mayoría entiende que la eternidad es una ilusión en este mundo terrenal, y no esperan vivir en ella toda su existencia.

El miedo suele aparecer en momentos inesperados, y son momentos que nadie deseamos se nos repitan, pero siguen allí, agazapados contra el muro de las realidades; quizás por eso en algunas ocasiones se nos presentan cuando menos los deseamos ni esperamos que nos acosen.

Pienso que debemos estar agradecidos de vivir, de tener experiencias extraordinarias, o triviales y comunes, sin preocuparnos de si son o parecen eternas o fugases. Pues bien, ahora es el momento en que referiré uno de mis sueños más extraños, especialmente, porque al volver a la realidad, el sueño no desapareció; por el contrario, se hizo patente y se confundió con los hechos del momento...

Era de madrugada, y yo estaba dormida, o eso creí entonces, cuando escuché un estruendo muy fuerte, no supe si lo había escuchado mientras dormía y estaba soñando, o estaba sucediendo fuera de mi cabeza, en el exterior... ¿En la calle de enfrente?, o procedía de la carretera, a cuatro o cinco cuadras de la casa. Traté de levantarme, no pude, no porque me faltaran fuerzas, sino porque no tenía piernas: ¡espantosa realidad!, se me presentó entre ese sueño y la madrugada...

En un instante la vida me daba una aterradora experiencia, una con la que no contaba, ni en ese momento, ni en ninguno otro; nunca. Me di cuenta de que estaba sudando, a pesar de estar frío el cuarto, por el clima artificial del cuarto que estaba a 19 grados centígrados... En menos de tres minutos, mi ropa de dormir estaba empapada. Me incorporé cuanto pude y mis ojos solo veían hacia donde se esperaría que estuvieran mis piernas.

Esa madrugada viví un momento de eternidad espantoso. Traté de tranquilizarme, uní mis manos: palma contra palma y comencé a rezar e implorar porque solo fuera una pesadilla, espantosa, pero pesadilla. 

Creí que solo habían pasado algunos segundos, cuatro o cinco... pero, debieron ser por lo menos quince minutos, cuando sonó la alarma de mi celular: marcaba casi media hora más del momento del gran susto: eran las siete de la mañana, la hora de aplicarme las gotas contra la presión en mis ojos, de ir al baño y de tomar la primera y única pastilla del día. 

Me levanté sin cuestionarme si podía o no hacerlo... Caminé hacia el baño dentro de la recámara, pero antes llevé conmigo el vaso con agua que dejo en el tocador todas las noches, y la cajita de las pastillas. Una vez que salí del baño, dejé el vaso con agua en donde estaba, lo mismo que la cajita de pastillas... Volví a la cama sin preocuparme por la eternidad, ni por mis piernas; las cuales, algo torpes cuando recién me levanto, me siguen conduciendo de un lado a otro sin problema.