El abismo nuclear

Como siempre, la introducción ya va siendo demasiado larga, habrá que cerrarla, y continuar

De noche, todos los gatos son pardos

Olga de León G.

No debía manejar, menos aún de noche. Tenía problemas reales con su visión; sin embargo, no era sencillo para ella renunciar a la independencia que le daba conducir su auto para ir a donde se le ofreciera o necesitara hacerlo.  

Casi sesenta años de tener auto propio; el primero, proporcionado por su padre para que fuera a la universidad; seis años más tarde, ella se compraría su primer Volkswagen, un "Vochito". Y, en lo sucesivo, cada dos o cuatro años, llegaron el tercero y el cuarto. Después, fue un poco más difícil, sus ingresos no le permitían cambiar de auto tan seguido, por otro lado, tenía suerte: le salían muy buenos los adquiridos. 

Con uno se quedó casi quince años, hasta el día en que alguien tocó a la puerta y preguntó si vendían ese carro estacionado afuera de la cochera. Su esposo se tomó la atribución de venderlo, para entonces, ella ya se había comprado de contado un Ford Topaz, con parte del dinero que le tocó de la herencia de su padre. 

Y todavía, después de tantos años, conserva una modesta inversión en dólares, con lo que le quedó de esa parte de la herencia dividida entre seis hijos. Es algo mínimo (no llega ni siquiera a ciento cuarenta mil pesos), pero es su legado y símbolo de lo que el dinero puede y no puede comprar; así como un recordatorio del gran y maravilloso padre que ella tuvo, siempre al lado de su esposa, la amorosa, dulce y alegre madre. 

Como siempre, la introducción ya va siendo demasiado larga, habrá que cerrarla, y continuar.

No estoy segura de por qué pienso que todo mundo, todas las personas, al menos una vez en su vida -si no es que dos o más veces- quisieran escapar de algo. La mayoría no lo hace; recapacita sobre las consecuencias que esa escapatoria le traería y se abstiene de huir. Pero, nuestra protagonista no piensa en huir para siempre. Solo quiere retomar su libertad y quitarle un poco de carga a quien la apoya en todo lo que a transportarse se refiere.

Así que ella resuelve esperar a que quien la cuida se duerma, cuando se toma una siesta o repone algunas de las horas de sueño robadas a la noche anterior.

Para ella, escaparse en busca de lo que necesita y tiene que comprar, personalmente, suele ser un imperativo. Pero, he aquí que las horas pasan y no puede salir, hasta que el cuidador se vaya a tomar tés y aguas minerales a un café cercano; lo cual sucede, casi siempre, después de las seis, seis treinta, siete o siete y treinta de la noche.

Pero, este viernes pasado, en realidad el tiempo se le fue de las manos y escapó a las nueve con quince minutos de la noche, pudiendo haberlo hecho una hora y media antes. En el súper estuvo de las 9:40 p.m., a las 11:30 de la noche. Y, llegó a su casa a las 11:45, diez minutos antes de que regresara su hijo... y, cuidador. Ella estaba en la recámara cuando escuchó que él abría la puerta del frente. Luego recogería las bolsas con mandado que ella había dejado en el cuarto de la Tele. Y, cuando al fin se encuentran en la cocina, el hijo la sorprende con la ya clásica frase: - "¡Te escapaste!", mamita. - Pues sí, hijito. A veces, tengo que escaparme, le dijo la madre; y continuó: pero sé que debo hacerlo a horas más decentes, porque de noche, "todos los gatos son pardos". Y lo peor es que ni siquiera los ve. Pero, por hoy, concluyó la mujer: "ya llegué y nada me pasó".

Sus escapadas tienen historia, la primera la hizo a los 14, tras lavarle el auto a su padre entre ella y su hermanita. Al terminar, se dejó sonsacar por una niña de siete años y desde la colonia "Los Naranjos" en Reynosa Tamaulipas, se fueron a dar una vuelta hasta el centro, del otro lado del río. Nunca supo si su padre se enteró, pues nada le reclamó.

Ahora, a la edad en que se encuentra y con los inconvenientes de su problemática visión, las escapadas son hazañas que debería evitar, por lo menos hasta después de la operación del otro ojo, el derecho; y la graduación de lentes adecuados.

Pero la libertad es un gran motivo, tanto para esperar un poco más, como para hacerlo con conciencia de evitar peores experiencias que seguir sujeta a la disponibilidad de quien hasta hoy, en todo lo necesario, la ha apoyado. O, hasta que pueda distinguir los gatos pardos o no, en la oscuridad. Hay que saber vivir con cautela: llegar a viejos es una maravilla que no debemos echar por la borda por falta de paciencia.

La verdadera historia de Caín y Abel

Carlos A. Ponzio de León

"¿Se encuentra el Sr. Ramírez?", escuché por la bocina; "número equivocado", respondí. "¿Luis?". "¿A quién busca?". "A ti, hijo de la chingada... "Disculpe, pero no sé qué pude haberle hecho para que me hable así". "Me dejaste varado en Antioquia, hace dos años". "No entiendo de qué habla, nunca he estado en Colombia". "A ver si no te acuerdas, puerco...". "Voy a colgar, señor, no toleraré sus groserías". "¿Quieres arreglar los papeles de la casa o no?". Hice un silencio. "¿A qué se refiere?". "Ya sabes lo que quiero decir...". Me quedé en silencio. "¿Usted puede arreglarlo?". "¿Tienes dónde apuntar?", "espéreme un momento", le dije; caminé por la sala hasta la cocina y ahí encontré papel y pluma. Apunté el número. 

La casa donde yo vivía estaba legalmente emproblemada. Era herencia que había recibido de mis padres. Yo no era hijo único, pero mis padres decidieron dejármela antes que compartirla con el drogadicto de mi hermano, quien despilfarraría cualquier ingreso proveniente de su venta, en drogas. Mi hermano, no conforme, hizo pleito y el asunto llevaba años atorado en los tribunales.

Pensé que aquello podía ser una trampa, de mi propio hermano. Comencé a morderme las uñas. Aunque muy en el fondo, también sabía que, con dinero y contactos adecuados, todo podía arreglarse. Marqué al número telefónico que me habían dado y decidí darme una vuelta para platicar la situación, al menos para informarme de qué se trataba. Me dieron cita para el día siguiente, lunes 26 de agosto, a las once de la mañana. La oficina estaba en el centro de la ciudad.

Ahí estuve, puntual. Se trataba de una casona en el Centro Metropolitano de Quito. Casi en la esquina de García Moreno y Espejo. Entré al lugar y me senté en una estancia con un par de sillones cubiertos de piel. El lugar estaba climatizado. No esperé mucho. Una asistente secretarial me ofreció una copa de vino y poco después me condujo a una sala de juntas, donde dos hombres en traje ya me esperaban. Tenían unos papeles, que parecían un expediente judicial, sobre la mesa. Saludé de mano y tomé asiento rápidamente.

Reconocí la voz del hombre con el que había conversado por teléfono un día antes, cuando me dijo: "mira, no te vamos a hacer el cuento largo; nosotros nos encargamos de regularizar propiedades emproblemadas. Hacemos más grande el conflicto y con dinero y a veces un poco de salvajismo, salvamos la situación para nuestros clientes. Su asunto se puede arreglar con tres mil dólares, y por otros tres mil podemos desaparecer a su hermano de sobre la faz de la tierra".

Comencé a decirle yo: "Mis padres hicieron su voluntad, pero parecería que mi hermano ha recibido ayuda de Dios o del demonio, para complicarme las cosas. Trae el asunto muy cargado a su favor en el tribunal y ya me estoy haciendo a la idea de que perderé la casa". "Tranquilícese, nosotros proponemos una solución discreta". "Déjeme pensarlo", les respondí. "¿Cuánto tiempo necesita?" "Deme una semana". El otro hombre llamó a la secretaria y le pidió que apartara otra cita para mí, a la misma hora, el siguiente lunes.

De ahí, caminé a una Iglesia que había encontrado en el camino. Me senté en silencio y recé con todas mis fuerzas para que Dios me ayudara. De pronto, comenzó a llegarme humo de no sé qué parte y escuché clarita una voz que me dijo: "Tu hermano es malvado. Te envidia y va a destrozarte si no te defiendes". "¿Quién eres, pregunté yo?". "Soy Dios". Me quedé atónito, boquiabierto, soltando baba de la boca. "¿Qué hago, Señor?". "Decídelo tú, pero ahí está siempre a tu disposición el pecado, para eso lo cree, para que fuera usado de vez en cuando".

Me levanté inquieto y alcancé a persignarme antes de salir.

A la semana siguiente estaba otra vez en la casona del centro. Traía seis mil dólares en un maletín, en efectivo. "Quiero la solución completa", les dije a los hombres. "Bien, señor, nosotros nos haremos cargo. Vaya con cuidado".

Tres meses después, volví a la misma Iglesia para agradecer que todo se había resuelto. Percibí humo y otra vez la voz, que me dijo: "¿Qué has hecho, demonio maldito? Mataste a tu hermano y ahora su sangre me reclama. Te voy a castigar por pecador y llevarás una marca de por vida". Salí huyendo de ahí. Crucé la calle de prisa y un auto me embistió. Perdí una pierna y a los pocos días tuve que huir de la ciudad porque la policía me acusó de asesinato. Abandoné la casa y ahora vivo deambulando por las calles, con un bastón y mendigando dinero para comer.