Cada semana un cuento

Dicen que los cuentos son el mejor medio que tiene un narrador para convertirse en escritor

El número 200

Carlos A. Ponzio de León

      Mi deseo de narrar ficciones nació en bachillerato. Leía Los Tres Mosqueteros y las historias de Sherlock Holmes. Me gustaba la idea de llegar a ser escritor y como tantos aspirantes, ingenuamente iniciaba una novela, la cual, mi entonces profesor de redacción revisaba en uno de sus talleres literarios. Faltaban décadas para que él se convirtiera en autor publicado por editorial reconocida. Por ahí tengo todavía mi archivo digital en un viejo diskette y el borrador de mis primeras páginas, impresas en el salón de cómputo de la preparatoria.

      La historia iniciaba en 1968, con una riña entre pandillas. Yo escribía en 1988 y estaba familiarizado con las crónicas sobre el movimiento estudiantil mexicano. En aquellos tiempos de mi bachiller, ya comenzaba a pasar de moda el floppy drive de IBM: un disco de tapa negra flexible de 5 pulgadas, mientras ganaban terreno los diskettes de plástico duro, de 3.5 pulgadas, desarrollados por Sony. Las impresoras eran ruidosas como tractores que despepitan un cerro, dejando estampada una tinta ingrávida, como pluma de ave vieja.

      Luego de la disputa entre bandas y de líneas interminables de diálogo, supongo que se agotó mi imaginación. No estaba destinado a experimentar por mucho tiempo intentando escribir una novela. Por lo menos no a los catorce, cuando regularmente no se cuenta con mucha vida. Dejé Monterrey a los veintiún años y me convertí en economista con licenciatura, maestría y doctorado, y mi vida laboral estaría en la Ciudad de México.

      Pero veinte años después, volví solo a Monterrey, a casa de mis padres. Hice el viaje manejando por carretera y ellos no preguntaron por qué regresaba sin mujer, a pasar varias semanas que quién sabe cuándo terminarían. Reflexionaba sobre mi futuro. Los diskettes de computadora habían desaparecido y las unidades de almacenamiento ya eran los discos CD-R y DVD. Aparecerían también las unidades USB. Yo quería dedicar mi tiempo a componer música. Deseaba ir al Conservatorio Nacional, al taller de Armando Luna, que me había abierto sus puertas.

      Durante mi estancia en Monterrey, me levantaba tarde, visitaba al Doc en el Cercado y allá tocábamos duetos de piano y flauta. Luego, él me llevaba cada fin de semana a sentarme entre los músicos del ensamble donde cantaba. Me reencontré con amigos de adolescencia y, un día, a la hora de la comida, mi madre me dijo: “Voy al Tec a dar mi clase. Tu ex profesor de preparatoria imparte talleres hoy. ¿Quieres ir a visitarlo?” Subí al auto con ella. 

      Felipe me reconoció rápidamente. Me dijo que Titi, mi exprofesora de computación, había muerto. Me sentó en el salón y me puso a escribir. Completé un texto: con la imagen dolorosa de tres niños en el desierto, arrastrando la cabeza degollada de un toro. Leí en voz alta. Una colega, profesora amiga de mi madre, se encontraba ahí. “Tu hijo escribe bárbaro”, me contó mi Madre que le dijo mientras viajábamos por carretera, con mi padre conduciendo, en busca de un restaurante. “¿Me permitirías leer tu texto?”.

      A los tres días, mi Madre me dijo: “Está muy triste”. Quería preguntarme por la protagonista, sin atreverse. “¿Me darías permiso de hacerle algunas adecuaciones y publicarlo?” Yo regresé a la Ciudad de México a darle su zarpazo a la vida mientras el cuento salía impreso en El Porvenir. Descubrí que la única manera en que me quitaba la tristeza de ese momento era: escribiendo. Comencé a hacerlo a diario. Narré historias durante poco más de un año, sin comentarlo con mi Madre. Aprendí lo que pude por mi cuenta. Leía cuentos de Edgar Allan Poe y releía la colección hispanoamericana de Seymour Menton, libro de texto que llevé en preparatoria en la clase de literatura. Finalmente le dije a mi Madre que tenía otro cuento flash y le pregunté si lo podría publicar.

      ¡Qué curioso! Así comienzan las madres a ser madres: dándole un espacio en ellas a sus hijos. Inició esta tradición para mí: publicando al año: diez o doce narraciones breves, compartiendo créditos con mi Madre. Pasaron los meses y aparecieron las nubes como unidades de almacenamiento. Yo me hice de un trabajo en el área de corporativos de Santa Fe, que: por motivos extraprofesionales: me chupaba la vida: como los archivos de vídeo agotan la memoria de una computadora. A las dos de la tarde salía de la oficina y comía en veinte minutos, y durante los restantes cuarenta, escribía para el texto de los domingos. Eso le daba un significado a mi vida. No importaba cómo, pero completaba el relato en partes. Uno a la semana, aproximadamente.

      Dicen que los cuentos son el mejor medio que tiene un narrador para convertirse en escritor. Permiten experimentar, dan oportunidad a los autores de encontrar su voz, facultan el aprendizaje de las bases narrativas y, lo mejor de todo: producen una pieza en un lapso razonable.

      A mí, estos diez años y doscientos textos, me han permitido adentrarme en el mundo de mi Madre. Convivir con ella, como hijo y colaborador creativo; conocerla mejor, exigirme a mí mismo, aprender sobre el manejo del lenguaje y, de manera más precisa: me ha dejado una experiencia única e indefinible: escrita sobre papel electrónico o unidad de almacenamiento inmaterial: con la creatividad misma del tiempo evolutivo de las cosas.

 …Más de 700

Olga de León G.

      Cuando comencé a escribir para El Porvenir, hace quince años, dos de mis hermanos me dijeron que mejor publicara un libro de cuentos o una novela. Ellos sabían de mis inclinaciones por lo literario desde muy pequeña, y pensaban (creo que aún lo piensan así) que lo mejor sería publicar libros. En aquel momento, les dije que tal vez en dos años lo haría. Ha transcurrido el tiempo y me he dejado llevar por las circunstancias y mis indefiniciones, y hoy no tengo obra publicada en libro. Lo cual no lamento; solo hago recuento de los hechos.

      He colaborado en algunas Antologías, y publicado para colecciones extranjeras, a iniciativa de mi hijo y con su empeño e inversión de tiempo para hacerlo; pero nada que sea maravilloso o fuera de lo común, resultó. 

      No me gusta participar en Concursos, tengo la idea de que antes de que siquiera piense en enviar mi participación, la suerte ya está echada: se decide quién será el ganador desde que se lanza la convocatoria (amistades, relaciones, inversiones…) Por lo que sea, no creo en los concursos. 

      Tampoco busco probar para mí ni para nadie, si lo que escribo es o no bueno. Simplemente escribo, porque de no hacerlo puedo aparecer muerta a la mañana siguiente en cualquiera de mis propias páginas. Sí, eso sí, tengo la imperiosa necesidad de escribir, porque la palabra escrita en una línea, un verso o una prosa poética, o no, le dan vida a mi vida. La palabra es el aire que me permite respirar y, cuanto más triste o festivo esté el día o la noche, más vibra mi ser.

      Cuando obscurece, mis dedos tamborilean como si bailaran sobre el teclado, esté en donde esté. Las imágenes me saltan a la vista, se me ponen enfrente y reclaman hablar, que su corazón lata fuera de mí. No solo quieren vivir, no, es mucho más fuerte que eso: me exigen las deje ser.

      Así es como empecé a escribir, por instinto, dejándome guiar por el deseo de los que vivían ya desde mis mozos once o doce años en mi cabeza.

      Tengo la idea de ¿para qué publicar un libro que tal vez muy pocos leerán?, habiendo ya tantos tan buenos y aunque no tanto, sí demasiados. No vale la pena perder el tiempo que mejor debo dedicar a leer… los clásicos y los vanguardistas o los revolucionarios y rompe paradigmas.

      Quizás de esto último es de donde ha salido mi escuela o lo que pueda llamarse aprendizaje sobre la marcha: leyendo y escribiendo. Mas sé que eso no es, no debe ser todo lo que se necesita para saber escribir. Hay algo quizás, aun, más elemental y que representa el meollo de cualquier buen libro: Vida: De qué escribir… y en eso encuentro mi talón de Aquiles. Es tan sencilla y común mi vida que muy poco puede tener de interesante para otros.

      No obstante, no me engaño. Mi vida puede ser insignificante, común, trillada… Pero no como yo la he percibido. Además, mi vida es mía y la de mis textos es la fantasía, la ficción que me he inventado para hacer que otros cavilen, lloren, sonrían, duden o vuelen más allá de las nubes, trepen a la oreja de un elefantito azul, convertidos en hormiguita…; o que sientan al viento calar sus huesos y se conduelen del que no tiene más que una cobija, un puente sobre su cabeza y el frío pavimento por cama.