Berenice me marcó al celular a las seis de la tarde. Yo estaba en mi departamento: derrumbado en el sillón, física y emocionalmente derrotado: no por ella, sino por lo que había vivido esa tarde.
No sé si aún me encontraba ebrio, pero al menos no me había recuperado de la borrachera iniciada al mediodía en El Colegio de México durante la reunión anual de egresados. Acudí a la tal institución teniendo en mente que debía moverme a Ciudad Universitaria a las 4:30 para llegar a tiempo al concierto que le organizarían sus alumnos, por sus 70 años, al compositor Mario Lavista. Una persona importante para mí en mi vida como compositor. No me di cuenta de la hora. Tomé consciencia hasta la cinco y para cuando llegué, el lugar estaba abarrotado. No me permitieron ingresar a la Sala Carlos Chávez. Terminé golpeando a uno de los guardias.
Aunque no se levantaron cargos, comprendí lo sucedido rápidamente: fui y me senté al pasto para tranquilizarme.
Más tarde, en mi departamento, tirado en el sillón, solo esperaba que se acabara el día. Pero Berenice marcó. Era su cumpleaños y la estaban festejando sus alumnas, en el departamento de una de ellas. Quería que la acompañara. Le expliqué lo que acababa de vivir y no hizo caso: insistió: una y otra vez. "Te vamos a recoger a la estación del metro de C.U. ¿Cuánto tardas en llegar?". No di crédito a lo que estaba sucediendo, ella no escuchaba.
Debo aclarar que Berenice y yo estábamos viviendo un romance ese verano. Además, ella era concertino en la Orquesta de la Ciudad. Se había ofrecido a interpretar una pieza mía en el Manuel Enríquez si mi obra era seleccionada. Así es que me metí al baño, me lavé el rostro y salí a tomar el metro. Una hora más tarde subí a un auto compacto. Un chico conducía. Berenice iba como copiloto y alguna de sus alumnas iba en el asiento de atrás: a su lado me senté.
Sucedió lo impensable: inmediatamente me contagié de la alegría juvenil.
Le pedí al conductor que nos detuviéramos en algún tendajo: quería comprar una botella de whiskey. Así hicimos.
Yo no sabía de Katia, hasta esa noche. Era alumna de Berenice y la inquilina del departamento donde nos encontrábamos. Una chica atractiva de veinte o veintiún años, estudiante del Conservatorio Nacional. (Yo estaba a punto de cumplir cuarenta).
No sé exactamente qué fue lo que me atrajo de Katia. ¿Sería que esa noche reconoció, frente a sus amigas y su maestra, que era lesbiana y tenía pareja? También me atraía físicamente.
Infatuado, caí.
Y El Señor obró milagros: me convertí en un jovenzuelo cargado de energía, alegría y chistes que tenían al grupo botado de la risa.
Pasaron las horas y la gente comenzó a despedirse. Me levanté de mi asiento y yo también comencé a despedirme. Noté que Berenice me evadía. Al salir por la cochera, iba delante de mí. En la puerta a la calle, la alcancé y le dije: "¿Te vas a ir sin mí?". Giró para verme con cara de rabia herida...
Luego de unos segundos logró calmarse. Miró al piso y resignada, elevó su mirada para decirme, viendo directamente a mis ojos: "Te vi besando a mi alumna en la cocina; quédate, trátala bien". Me quedé sin poder hilar una palabra. Volteé a mirar a Katia, aún en la puerta de la casa: sonreía de lado. Le respondí lentamente a Berenice: "Ok. Está bien". Con su dedo índice golpeó ligeramente mi barbilla y me dijo: "Mañana que regreses a tu departamento, márcame para que veamos lo de tu pieza".
Salió por la puerta de la cochera.
Katia me llevó a su cama inmediatamente. "Nunca he estado con un hombre", me advirtió. "Lo tomaré en cuenta", le respondí, mientras mis manos comenzaban a desnudarla y mis besos tendían el primer puente entre edades. Pronto, las sábanas fueron un remolino flotante entre girasoles, los minutos crecieron como horas hasta que los gemidos se desenredaron en años luz...
Por la mañana, una caricia me despertó. La luz del sol comenzaba a entrar por la ventana, (rojo traslúcido tras mis párpados), mientras la boca de Katia engullía el deseo entre mis piernas, devorando los frutos hasta sus raíces...
En el camino de regreso a mi departamento, le envié un mensaje a Berenice para avisarle. Me marcó inmediatamente. "¿La hiciste sentir bien?", me preguntó. "No sé", le respondí. Quedamos de vernos por la tarde para fotocopiar documentos e imprimir partituras.
Acabamos en su departamento, besándonos con fuego, como dos amantes que se incendian. El rocío de la luna entraba por la ventana mientras las sábanas brillaban despiadas, bailando la danza del amor.