Cuando las golondrinas se van
Olga de León
¿Con qué se escribe para enviar un artículo, texto cualquiera o un determinado relato o cuento, a publicarse en un medio impreso? ¿Con los dedos golpeando el teclado de una máquina? Cuando falta la visión clara y completa de ambos ojos, ¿puede alguien escribir correctamente? Sí, si se tiene práctica en el uso del ordenador de palabras, ni siquiera necesita ver el teclado. Pero, no todos los que escribimos sobre él, podemos hacerlo así. Algunos seguimos siendo dependientes de la visión, nunca aprendimos a escribir sin ver el teclado. Y, eso ahora, en mi caso ha sido un fuerte impedimento para tener en tiempo y forma mi colaboración.
Sin embargo, hay algo más fuerte y arraigado en mí, con lo que escribo en este y otros casos: La determinación de no dejar pasar la semana sin un texto; salvo caso extremo.
Peor sería no tener algo qué decir. Que las ideas, la imaginación, la fantasía o la ficción huyeran de la mente, y como las golondrinas se fueran a invernar a lugares más propicios y cálidos para seguir existiendo.
Hay cuentos que salen del diario vivir, otros van llegando mientras se crea una introducción, que puede ser insulsa o poco interesante, pero que va dando lugar a la creatividad futura o inmediata. Hoy no sé, o no quiero decir, cuál será el caso. Pero, sí va siendo una constante en mi estilo, revelar "un poco del misterio" de la escritura creativa.
Como cuando persigo -sin imitar ni parafrasear- el tono o la línea de alguno de los ya grandes creadores de todos los tiempos, especialmente de alguno de mis predilectos, que además son de los mejores en su prosa o poesía. Escribir prosa breve, interesante y atrapante de lectores, es una maravilla de ciertos autores. Esa prosa que no descubre lo que sigue, ni aun estando ya hacia el final del cuento, casi en la última línea (¡maravilloso!): por ejemplo, "El corazón delator" de Edgar Allan Poe; o, "Luvina" de Juan Rulfo; los mejores prosistas, cada uno en su primera lengua.
Llegamos a tiempo, quince minutos antes de la cita para la operación. No obstante, tuvimos que esperar poco más de una hora, antes de que me nombraran para entrar en la antesala. Me alegré por ello. Ya estaría más que próxima a la sala de quirófanos. Pero, tenían dos personas dentro, operándolas. Y una o dos afuera, donde yo acababa de llegar, que seguro pasarían antes que yo.
Traía en la mano la hoja con los resultados de los análisis que me habían ordenado del laboratorio, impresos. Un día antes, se los enseñé a la Doctora Internista, opinó que estaban bien, con un ligero punto arriba o abajo alguno de los valores, pero en lo fundamental, todo bien.
Una noche anterior había procurado dormir lo suficiente, pero no lo logré. De modo que llegué mal dormida y con un poco de dolor lumbar y de cervicales, que venía padeciendo; los primeros de muchos años atrás, los de las cervicales desde hace algunos meses.
Desde luego había tomado analgésicos. Pero, poco más de tres horas de espera, sentada muy incómodamente en la camilla en la que me pasarían, y donde harían lo necesario previo a la cirugía: canalización para la anestesia, el oxígeno por la nariz... Todo, después de haberme quitado reloj, aretes y anillos, y tras pasar al baño y cambiarme la ropa y mantenerme con la bata que pasaría a la cirugía.
Para realizar todo esto me ayudó mi maravilloso hijo, único familiar que vive aquí, en Monterrey. Nadie, en mis condiciones, puede ir sin al menos un familiar, tanto a cualquier consulta como a Oftalmología y, menos a una cirugía. Pues recién operada no debo agacharme para vestirme (ponerme el pantalón y los zapatos).
Fui la última en cirugía: desde las 2:45 p.m. en que llegamos, hasta las 7:35 en que salimos de Oftalmología. Salí en silla de ruedas, hasta la entrada. Luego con mi bastón y tomada del brazo de mi hijo, caminamos al Hospital Universitario, para surtir los medicamentos. Eran un poco antes de las ocho de la noche, aún estaba abierta la farmacia. Luego, nos dirigimos al estacionamiento del sótano, con la boleta ya sellada; tampoco pagamos.
Agradezco infinitamente a mis Servicios Médicos, al Hospital Universitario y al departamento de Oftalmología (como al médico que me operó y a su Maestro, que lo asistió en todo durante la operación). Al día siguiente, a las nueve de la mañana, fui a que me quitaran el parche... y, a que me dijeran que la operación había resultado exitosa. En un mes me darán de alta.
Nunca dejaré de agradecer la oportunidad que tuve hace treinta y dos años y medio de entrar a laborar como Maestra en la Facultad de Economía.
Truncada obsesión
Carlos A. Ponzio de León
Salí de la cocina y me encontré con Gala, en medio de la sala, desnuda, recargada en un sillón. Su cuerpo era el de una mariposa trasluciente, inspiración mortal del cielo, sombra escabullida de otra sombra: del deseo de un fuego volcánico, fuerza que arremete contra la lumbre naciente en el horizonte, juego de estambres que sacude el sexo, partiendo en dos el cielo. Sonreí. Se levantó y tomó mi mano para llevarme a la cama. Con un leve empujón me recostó boca arriba y comenzó a desabrochar mi camisa, luego el pantalón. Hembra poderosa galopando la noche, conocedora del secreto inmortal, me sacudió de arriba a abajo con las caricias de su boca.
Hicimos el amor con la bravura de los pinos que se yerguen altos, con el rugido de los tigres que corren bajo la luz de la luna, con la astucia de la sombra que lo recorre todo. La noche gemía afuera, la luna temblaba bajo las estrellas, las estrellas quietas, lejanas. Dos cuerpos entrelazados como el vaivén de las olas, como piedras rodantes que encuentran su camino, como el aire frío que lo calienta todo. Era la primera vez que hacíamos el amor. Teníamos dos semanas saliendo.
Desnuda, boca arriba, notó un papel brillante sobre la mesita de la cama: un volante del último concierto en el que se había tocado una obra mía. "Eres un genio de libro de texto", me dijo. Gala era psicóloga y había trabajado la primera parte de su vida con niños genio, en una escuela que ofrecía educación especial para ellos. "¿Vas a ser mi novia?", le pregunté. Sonrió. Quiso decir algo, pero calló. Luego me dijo: "Tienes que bajar de peso". "No me funcionan las dietas porque no cocino", le respondí. "Yo voy a cocinar para ti", dijo finalmente.
Ese mismo sábado fuimos al supermercado. Me hizo comprar chiles poblanos, queso panela, pescado, jitomates, cebolla, aceitunas, aceite de oliva, papel aluminio, además de fruta. El domingo regresó al departamento y cocinó en mi estufa. Encendió las hornillas y colocó los chiles para asarlos. Los metió en bolsas de plástico para que sudaran y luego me pidió que la ayudara a quitarle la piel a los chiles. Yo era lento en el procedimiento. Terminé con un chile mientras ella acabó con cuatro. Luego me pidió que cortara la cebolla en rodajas y el jitomate en cuadros. Ella cortó el papel aluminio en cuadros grandes, colocó un filete de pescado sobre cada pedazo de papel, y luego cebolla, aceitunas y jitomate; para finalmente rociar un poco de aceite de oliva antes de envolver el pescado. Luego, en dos sartenes, (los únicos dos sartenes que tenía), colocó dos pedazos de pescado en cada uno. Quince minutos después estuvieron listos. Así, Gala comenzó a cocinarme comida para la semana completa, la cual yo llevaba al trabajo en un cubo de plástico. Allá, a la hora de la comida, mi secretaria tomaba el recipiente y bajaba un piso para calentar el pescado y el chile relleno en horno de microondas.
También volví al gimnasio. Lo dejé inicialmente porque me había lastimado: una contractura muscular en el área lumbar, la cual me hacía imposible caminar sin dolor. También por Gala dejé de beber.
Los cambios físicos ocurrieron rápidamente. Estuve en forma, como hacía mucho tiempo no lo había estado. El estrés dejó de dejar marcas en mi persona y pude soportarlo más fácilmente, (tenía un trabajo que era culminantemente estresante). Y, por último, los fines de semana se volvieron campos de batalla del deseo, la cama se convirtió en agua de olas donde las sábanas ondeaban. Hacíamos el amor cuatro veces, en solo dos días, como adolescentes, a pesar de mis cuarenta y cinco años.
La cama era el teatro de nuestras sombras de fuego, un lienzo en el que pinceles invisibles de energía divina trazaban líneas ardientes y caricias como ecos de un incendio contenido. Cada noche era una constelación en movimiento, el roce de nuestra piel era el lenguaje con que las estrellas nos revelaban sus secretos, y el tiempo se plegaba a la geometría divina del universo. Nuestros sexos nocturnos eran las corrientes eléctricas del deseo, arrastradas sin resistencia, prendiendo la orilla del mar y sus granos de arena, hasta fundirse con la marea.
Las brujas del Sabat estaban en duda. Pero el par de años con Gala fueron amanecer perpetuo, cielo teñido de oro con un sol que nunca declinó. Río caudaloso que nos arrastró al inmenso mar de la historia, dejando ecos del tiempo que nunca se desvanecerán. Son ahora el vitral iluminado por una memoria de colores que aún vibra con pasión, la de los días que ardieron hasta grabarse en la memoria líquida del recuerdo.