Opinion Editorial


Glitter

Nelly Cepeda González


Autor: Nelly Cepeda González | Publicacion:19-08-2019
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Cierto día fui a recoger un pedido en un local del barrio.  Justo me despedía de la dependienta cuando llegaron sus hijos adolescentes. No había terminado de llegar a la puerta cuando escuché tremendo bofetadón y una discusión entre madre e hijos; ella haciendo valer su punto de vista como jefa de la casa y ellos, argumentando incoherencias de chamacos, o al menos eso me parecía.

Si suceden estos acontecimientos con frecuencia entre ellos, lo desconozco. Sólo sé que pude intervenir y no lo hice, y aunque parezca muy endeble mi justificación, he de reconocer que me inquieta mucho atestiguar, aunque sea auditivamente, un suceso de violencia familiar.

Y aún sin generalizar, me queda claro que escenas como esta se repiten en muchísimos hogares, en ocasiones justificados como una forma de educar a los jóvenes y a veces sin saber las secuelas de nuestro proceder.

De acuerdo con el semáforo del delito, los sucesos de violencia familiar representan el 47 por ciento de los 16,420 casos reportados ante las instancias de procuración de justicia, ante los C4 y C5 de los municipios y del Estado durante el 2018.

Destaca García como el peor posicionado en la relación a tasa por cada 100 mil habitantes, seguido de Cadereyta y Juárez.

Esta herramienta, que reseña la estadística del 2011 a la fecha, arroja en el primer año del levantamiento de datos un total de 8,744 casos de violencia familiar reportados, lo que significa que 7 años, el número de denuncias se duplicó.

El año más violento al interior de la familia fue el 2016 con 17,733 casos reportados. Hasta aquí sólo han hablado los fríos números.

Dicen los expertos de la psicología que la violencia doméstica puede ser la física, que es la más común, la que todos conocemos o hemos escuchado de ella, pero también está la emocional, donde se involucran las humillaciones y la pérdida de autoestima, la sexual y la económica.

No hay un solo nivel de autoridad en México que no haya emprendido políticas públicas tendientes a la regeneración del tejido social buscando la armonía de las familias, lo cual es encomiable, pero está claro que hay aún muchísimo por hacer.

Dejaré las conclusiones para sociólogos, terapeutas y demás expertos.

Mi postura en el tema es que todos, en mayor o menor proporción, podemos ayudar a construir un mejor entorno familiar.

Si hay respeto por las cosas de cada cual, si hay tolerancia a las diferencias de opinión, personalidad y carácter; si se cuidan las palabras y se acompañan de hechos para demostrar afecto, seguro podemos abonar para crear armonía en el hogar.

No tenemos por qué repetir los patrones de quienes nos antecedieron.  Es en serio, el amor no debe doler.

Ah, y el día que la autoridad policiaca se tome en serio su papel y prevalezca el respeto por los seres humanos que juró proteger, no tendrán que “ofenderse” los terribles y mal llamados servidores públicos porque les lanzan glitter, o mucho menos hacer más olas por este “incidente”, que por la agresión y violación a una mujer.

Comentarios: nelly.cepedagzz@gmail.com

 



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