Opinion Columna


Discursos del amor/odio

Camilo Ramírez Garza


Autor: Camilo Ramírez Garza | Publicacion:14-08-2019
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El odio (y amor) al semejante, al extraño, al diferente, al inmigrante, al extranjero, porta siempre un extrañamiento de lo más insoportable de sí mismo, puesto en el otro. "El que primero lo huele, debajo lo tiene" advierte la sabiduría popular. ¿Qué nos puede revelar sobre nosotros mismos el amor/odio que podemos tener hacia alguien?

Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, propuso, para abordar lo más cercano (familiar) traumático de sí mismos, lo más extraño, el término Das unheimliche (Freud, S. 1919, Lo extraño. Obras Completas) que se puede traducir como lo ominoso, lo siniestro. Una categoría específica del terror que espanta precisamente porque guarda una relación directa, íntima, con lo más cercano de cada sujeto, porque toca un punto de vergüenza, al ser algo que constituye a cada quien, que convierte lo más cercano en lejano y viceversa. Posteriormente Jacques Lacan, psicoanalista francés, planteó con su neologismo extimidad a la manera de la banda de moebius -una figura topológica donde los lados de una banda son siempre exteriores- una manera para mostrar cómo lo más interior porta siempre una exterioridad y viceversa.

La clínica psicoanalítica nos advierte que el amor y el odio son el anverso y el reverso de la misma moneda, que no hay uno sin lo otro. “Del odio al amor, hay solamente un paso” nos recuerda la sabiduría popular. Que las relaciones entre las personas se generan, desarrollan, terminan sobre un fondo de afectos mixtos, polifónicos, en donde el amor y el odio, curiosamente, se basan siempre en una cierta imagen ideal que se espera-aguarda del otro, de ahí que el desenlace en ambos casos, sea predecible, pues responde a un formato fijo: amor-ilusión por lo que me imagino que el otro es, frustración por la pérdida del ideal, expresado a través de la cantaleta de “No eras lo que yo esperaba…” que hace que alguien se decepcione de la pareja en turno, se ilusione con la que todavía no conoce y se vuelva a frustrar de nueva cuenta cuando ya le conozca, de manera interminable. Dándose la siguiente serie amor-ilusión-frustración-aumento de ilusión-frustración…(n) buscando eternamente el “santo grial”, “el eslabón perdido” del inexistente amor-relación ideal.

Amor y odio, esperanza y frustración, corresponden de la misma forma, a una imagen ideal que del otro (y de la propia felicidad) se construye. ¿Cómo pudiéramos derivar algunas consecuencias prácticas a partir de lo planteado sobre lo ominoso y la extimidad? ¿Cómo salir de ese callejón sin salida? Participando de formas más creativas: por un lado asumir que lo que se supone en tanto amor-odio sobre el otro es una suposición nuestra (“Cada quien habla como le fue en el baile, en la feria”) que mientras el otro nos “de” señales de que está cumpliendo con la expectativa que le fue dada (proyectada) todo es “miel sobre hojuelas”. Pero que, basta con que algo del orden de lo diferente que se aparte de ese lugar de ensueño imaginario que se ha construido, para que se precipite el odio más intenso. Como si se dijera, “Te amo a ti, pero como esa parte de ti que creía que no eras tú se aleja de mi ideal, me rompe mi felicidad u otra parte del cuerpo… esa parte tuya entonces la odio”, y por otro lado, al abandonar esas suposiciones y expectativas que encuadran y aprisionan el amor, dando los gérmenes del odio, pues no hay uno sin lo otro (¿Habrá un día en el que nos demos cuenta que los discursos políticamente correctos del amor y la simpatía, de paz, son igual y paradójicamente, generadores de odio, guerra y exterminio, pues atan al otro a una posición ideal que nunca cumplirá? ¿Qué realmente liberar al otro, implica liberarle del peso del amor? Hacer callar al amor –como dijera Lacan) se puede crear de manera singular y creativa, las relaciones, sin garantías ni expectativas, con la sola apuesta del deseo en el presente, sin ilusiones ni pretensiones de perfección.

Retirando al otro, al semejante, del lugar de darnos garantías, ilusionarnos, haciéndole responsable de “hacernos felices”, le estamos liberando del peso que generará posteriormente el odio hacía él o ella. Ya que el odio, en ese sentido, no es más que la misma moneda eternamente usada del reclamo de “¡No me hiciste feliz! ¡Y con todo lo que yo hice por ti!, Que espera que el sacrificio sea una suerte de inversión ilimitada que convierte al otro en deudor eterno de felicidad.

Fuera de esa maquinaria, de esa serie de insatisfacción permanente (amor-ilusión-frustración-aumento de ilusión-frustración…n) está la ruptura de un acto singular y creativo; fuera del amor-odio imaginario que desea garantías para todo - de ahí su reclamo permanente- aguarda la posibilidad de un nuevo amor que no existe en sí mismo, sino que requiere ser inventado.

camilormz@gmail.com



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