Opinion Columna


Nieve en la CDMX

Emilio Lezama


Autor: Emilio Lezama | Publicacion:23-12-2018
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Todas las mañanas mi mamá se asoma por la ventana para ver si los volcanes amanecieron nevados. No es que la nieve afecte su vida cotidiana, pero su presencia da un toque inesperado al amanecer. Aunque la espera, la nieve siempre es una sorpresa. Hay muchas explicaciones meteorológicas que justifican esa capa blanca, pero vista desde el Valle del Anáhuac la nieve es un milagro inexplicable; de entre el smog capitalino y el desorden urbano se alza una textura blanca y lejana, casi perfecta. A mi mamá podrá gustarle mucho esa vista pero sospecho que transmite algo más cuando reporta que "los volcanes amanecieron con nieve", quizás sea una constatación visual de que incluso la cotidianidad puede traer consigo la esperanza de la magia. En lo más normal puede haber un destello de locura.


No recuerdo la primera vez que vi nieve, pero hay indicios de que fue a través de esa misma ventana. En el Valle de México tenemos una extraña relación con este fenómeno. A pesar de que la nieve existe en el paisaje, su presencia es tan lejana y su morfología tan poco accesible que jamás diríamos que la conocemos. La nieve es un elemento que vemos en las películas de Hollywood y que imitamos con las decoraciones navideñas. Esta lejanía es extraña considerando que durante gran parte del año solo basta alzar la vista de madrugada para ver este fenómeno blanco. Sospecho que algo parecido ha de suceder con el sol en las latitudes polares, aunque su presencia puede ser constante, su experiencia es completamente ajena. A pesar de que la nieve forma parte de nuestra cotidianidad visual, la experiencia de la nieve nos es tan lejana como el calor del sol les es a los siberianos.


Quizás por ello la nieve es el fenómeno meteorológico más celebrado por los capitalinos. Nos quejamos de las lluvias, del granizo, del calor, del viento y del frío, pero nada más nieva en los contornos de la megalópolis y la ciudad entra en una dinámica de surrealismo y locura. Nada como la nieve para sacar nuestro chilango más profundo, ese ser ingenioso y a la vez sumamente ingenuo. Cuando nieva en el Ajusco, la ciudad se vuelca a las faldas de la montaña y los chilangos se desviven por lograr algo que parecería imposible o al menos ilógico; aportar la nieve a la ciudad. Para lograrlo los chilangos hemos desarrollado el peor método posible: armar muñecos de nieve sobre superficies hirvientes como el cofre del carro.


Es posible que ver nieve todo el año sin conocerla físicamente nos haya hecho ignorantes a su cualidad más obvia; la fusión. Cuando hay nieve en las montañas, la carretera Picacho-Ajusco se vuelve un desfiladero de muñecos de nieve. Esta noble actividad parece buscar desafiar todas las reglas de la física: a la altura de Six Flags los muñecos se han vuelto una bola café y deforme; al llegar al Periférico sólo queda un poco de escarcha mugrosa y la ocasional zanahoria brincoteando sobre el cofre. Aún así cada vez que nieva, los carros bajan la montaña frenéticos por aportar la textura blanca al Valle. Tengo el presentimiento de que hay un pensamiento mágico detrás de todo ello; como si la improbabilidad de la caída de la nieve justificara que los chilangos intentarán toda clase de improbabilidades. Cuando nieve en las montañas, es buen momento para intentar lo imposible.


Quiero creer que hay algo simbólico en nuestro afán de nieve. Que la idea de traerla de regreso a la ciudad esconde un gran secreto. Las películas nos han enseñado que la navidad debe ir acompañada de nieve y de milagros; en nuestro caso la nieve es el milagro. Pero ese milagro tiene sabor de esperanza. Se trata de la idea de que esa belleza lejana que adorna los volcanes es de alguna forma alcanzable. Los carros traen la nieve desde el Ajusco como hormigas que cargan hojas; las hormigas aportaran comida, los carros cargan esperanza; un poco de nieve en la ciudad es la constatación de que aquel lejano paraíso nos es posible en casa. Pocas veces reparamos en la presencia constante de la nieve en nuestro panorama, pero es un hecho que está ahí. Aunque la nieve no caiga en la ciudad, su efecto de esperanza está a una desmadrugada de nuestra vida. El reporte meteorológico de mi mamá no nos indica cómo debemos vestirnos, pero sí nos dice que el día de hoy hay oportunidad de algo inesperado.


Twitter: @emiliolezama



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