Opinion Columna


El Amor


Autor: Camilo Ram铆rez Garza | Publicacion:14-02-2018
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El encuentro amoroso, posee un lenguaje propio, siempre en relaci贸n con un pliegue entre lo mismo y lo nuevo, que moviliza la creaci贸n

El amor el amor, otra vez el amor, siempre el amor. Una y otra vez, surge aparece, el encuentro, la experiencia amorosa, en sí misma incapturable; por más que deseemos describirla, explicarla, reducirla a formulas (históricas, poéticas, psicológicas, incluso fisiológicas) al hablar del amor, algo siempre se nos escapa, se esfuma, se pierde. De dicha imposibilidad se genera...


¿Por qué me amas? ¿Por qué te amo? Preguntas sin respuestas; si uno intenta, incluso enumera o ensaya una posible respuesta, como los objetos vistos de reojo, en el entre ver o decir, al verlo directamente, desaparece. En esta cualidad indefinible del amor, se encuentra la verdad del por qué es imposible –y absurdo- creer que la vida humana puede ser conocida, replicada, regulada a totalidad, descifrar su verdad. Lo vemos todo el tiempo: si regulas y reglamentas (regla-mientos) si describes lo humano, como el amor, mediante paradigmas de manufactura industrial, entonces podrás saber las leyes y patrones que lo gobiernan, reproducir el éxito, pre-ver los peligros, evitar las pérdidas. Como si hubiera una forma de des-hacer la irreversibilidad de la vida.


En un contexto donde imperan los vínculos con lo nuevo, la novedad, el consumo y el desecho, donde la propuesta “amorosa” consiste en cambiar de pareja como se cambia una computadora, celular u otro objeto del halo tecnológico de “lo más nuevo”, cuando se asoma el más mínimo asomo de lo obsoleto, cuando han perdido ya su brillo social, cuando no dan lo que se desea, cuando no gratifican, lo real del amor se alza impávido, enigmático: todo amor aspira durar por siempre, sin embargo no hay forma (ni formula o contrato posible) que garantice que el amor vivirá por siempre; en el amor se va a tientas, se apuesta, se crea. El amor no puede probarse ni describirse, ni mucho menos imponerse o controlarse mediante dispositivo alguno y/o aplicación móvil de vigilancia. El amor es siempre amor a lo extraño del otro, a su núcleo enigmático, a su diferencia, a eso incomprensible.


Si toda experiencia amorosa porta un misterio, quiere decir que quienes participan de ella se ven convocados por algo que no se sabe, una verdad desconocida, más allá de sí mismos, el cómo, por qué, cuándo; no obstante se puedan dar algunas coordenadas espacio temporales sobre sus primeros encuentros, “ese no sé que, que qué sé yo” que se encuentra bajo diferentes apariencias y momentos, miradas, palabras, gestos… el otro de pronto se convierte en fuente inagotable, de misterio, de pliegues y sorpresas, amplificado-se en posibilidades creativas, de encuentro sorpresivo. I fall in love, se dice en inglés, pues uno “cae en el amor” no es algo que se programe, regule o evite, ya que el encuentro amoroso -ese verdadero y no aquel que se parece al amor, pero es algo tan simple como comprar algo en la tienda- siempre nos rebasa, estamos pasivos, luego entonces veremos si respondemos o no, y de qué maneras, si le damos lugar “rienda suelta” o no.


El encuentro amoroso, posee un lenguaje propio, siempre en relación con un pliegue entre lo mismo y lo nuevo, que moviliza la creación, se pasa de “caer en el amor” (I fall in love) como repetición de algo conocido, que hace mirada, precisamente por portar elementos que, solo así podrían enamorar específicamente a alguien, una ficción amorosa que además aspira a la amplificación e inventiva, a abrirse a lo nuevo y diferente, de suerte que los amantes sepan que parten de un imposible (saber la verdad enigmática del misterio de su caída amorosa) y se dirigen a otro imposible, crear-se-en el amor: “…la repetición de la diferencia, por ser siempre otra cosa, repetidamente diversa, divierte y crea. Debe ser la justa articulación entre deseo y gozo (Jorge Forbes) algo que toca en parte la experiencia amorosa, el otro como impulso y amor en movimiento que, ama lo extraño e incomprensible, de sus infinitas posibilidades, más que reducción de sus capacidades, de ahí que el amor siempre implique una apuesta, un riesgo, apuesta por el detalle del encuentro.


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