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Vivencias y Sabores

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Autor:Olga de Le贸n / Carlos Alejandro   |    Publicacion:27-05-2018

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Hab铆an sido educados en un c铆rculo bastante elevado, cultural y moralmente; pero, abiertos a las diferencias entre los pueblos

Huachinango asado


Carlos Alejandro

Documentos conciliatorios fueron hallados sobre uno de los escritorios. La pesadumbre, para Oscar, desapareció como agua hirviendo que se enfría al instante. Hasta los pies descalzos pintados en un cuadro colgado en las instalaciones que él y su equipo revisaban, descansaron. Cuando el cuello de Oscar finalmente se relajó del estrés que se esfumó: el hormigueo de su mano también desapareció. El esfuerzo de investigación había culminado. Encontraron lo que buscaban. Ahora podía regresar a su propia oficina con la evidencia en la mano, a la brevedad.


Salió del edificio al que él y su equipo de investigación le realizaron la visita. Al pasar junto al manzano plantado en el patio, lo halló más robusto que el día anterior que llegaron para las diligencias. Veinticuatro horas consumieron ahí, sin dormir, sin comer bien.


El caso estaría cerrado pronto, pensó dentro del auto que conducía su chofer. Recordó el olor a tinta de las máquinas de escribir en la oficina y pensó en salir a comer un filete de huachinango esa tarde. Su taquicardia se fue tranquilizando poco a poco. Recuperó un sentimiento de nostalgia por sus primeras investigaciones. Abrió la ventanilla del auto cuando pasaron por la calle repleta de restaurantes, cerca de la oficina, y le pareció percibir un olor a pescado al ajillo.


Se recargó en el asiento. Descansó como paso de río que cruza un bosque silencioso. Encontró en la memoria de su pasado un cielo azul muy despejado, y unas cuantas enseñanzas qué dejar a sus hijos: un riachuelo de historias sensatas dentro de la complicada existencia que había elegido en su trabajo, como investigador. Y ahora que arribaba a su oficina con el laurel: el documento en la mano, al sentarse sobre su sillón se sintió como recién nacido al que se le ha recostado en un portabebés: tranquilo, sonriente, flotando en el aire, al ritmo de una canción maternal: lenta y nostálgica.


El alivio del acorde final de la música que imaginaba ocurrió cuando un compañero de trabajo entró a su oficina: con un chocolate caliente y un pan dulce, elíxir para soportar un par de horas más. Hasta el momento de la comida: el del filete de huachinango asado junto a un par de cervezas oscuras, merecidas tras el complicado trabajo que concluyó. Entonces, tuvo la sensación de estar frente a olas que se mecen, dentro de un mar de un azul profundamente oscuro… y tranquilo.

Fettuccine al dente


Olga de León

La península estaba bastante lejos. Había quedado en su memoria como un rinconcito de la infancia, que dejó de extrañar después de la muerte de su madre. Era ella quien la recordaba más, pues siempre tenía presente las vivencias agradables de cuando allá vivieron. Como si sus hijos no supieran de todo el sufrimiento que pasaron ambos, madre y padre, cuando vivían en Europa, especialmente tras la II Guerra Mundial. Pero ambos fueron buenos padres y nada desagradable les contaban a sus hijos, de esos tiempos aciagos cuando el odio y las disputas por territorios y capitales, tanto como las diferencias en credos, distanciaron a sus abuelos y amigos y hasta vecinos de todos ellos. Los niños que entonces eran sus hijos casi nada recordaban, pues para su fortuna lograron salir antes de que estallara la guerra.


Los abuelos ya habían sufrido los terribles sucesos de la primera convulsión mundial, así que les aconsejaron se alejaran ahora que podían, que se fueran a América, que no volvieran los ojos atrás, que nada se llevaran que no pudieran cargar con sus brazos. Y, como tenían dos hijos que tomar de sus manos, no les alcanzaría para llevarse mucho. Un viaje tan largo podía ser causa de que en el trayecto, si los descuidaban un instante, los niños se extraviaran. Los jóvenes padres obedecieron a los suyos, y se embarcaron rumbo a México.


Salieron con el dolor reflejado en sus miradas, pues dejaban su origen, sus familias mayores y sabían que seguramente también allá quedarían algunas de sus mejores costumbres, el olor de los bosques y los recorridos en medio de su espesura. El olor del mar y sus paseos por las playas; las comidas al aire libre; su música popular y también sus preferencias por los clásicos. ¡Ah!, pero cargaron con algunos libros y los instrumentos musicales por los que pudieron pagar el viaje: solo los que solo podían llevar consigo. Lamentaron dejar el piano, los niños empezaban a acercársele y la madre estaba segura que de no poder adquirir uno en las nuevas tierras, a donde se dirigían, ella perdería la destreza de sus dedos.


Siendo hija de italiana y padre, francés; y el padre, hijo de italiano y madre española, no entendían los odios de las razas, ni las disputas por el poder, menos los pleitos por el dios en el que uno u otra creía.


Habían sido educados en un círculo bastante elevado, cultural y moralmente; pero, abiertos a las diferencias entre los pueblos como entre las personas, sobre del color de su piel, de los ojos, o los credos que profesaban. Eran, en fin, el producto de mezclas fuera de tiempo, adelantados a él, y sí, especialmente brillantes y de nobles de sentimientos.


Por eso, ella no podía entender qué pasaba con los hijos de sus hijos, con los nietos. Por qué esos humos de grandeza: ¿por su origen?, si ese a ellos ya les había quedado lejos, en realidad eran más mexicanos que la tuna o el nopal, pues sus padres se habían casado con mexicano y mexicana, ambos hijos de los inmigrados. Casaron con hijos de familias buenas, auténticamente trabajadoras; no de “buenas familias”: de lo que dios los libró, pensaba la madre-abuela. Sin que despreciara a los ricos, siempre había inculcado a su hija e hijo, que: más valía una persona por los principios que regían sus conductas y por su aprecio al trabajo, al arte y la música, que por los capitales que heredaran o pudieran acumular un día.


En cambio, los nietos, adolescentes y jóvenes que no llegaban a más de dieciocho, se reían de los abuelos cuando les aconsejaban apreciaran lo que tenían y especialmente agradecieran a esta tierra y sus gentes el disfrute de la vida que gozaban: “Un día lo entenderán y valorarán; solo espero que entonces no sea muy tarde”. “¡Ay!, abue, parece que vives en otro planeta… Nadie mejor que tú y el abue saben que allá, de donde la familia llegó, está lo mejor del mundo”.


Transcurrieron los años. Los abuelos fallecieron. Y la familia decide cumplir con su último deseo: llevar sus cenizas al pueblo donde habían nacido. Ahora, en el inicio del siglo veintiuno, y tras sesenta y un año de que ellos salieran de Italia, habiendo cumplido acá más de ochenta, regresaban en sendas ánforas a reposar junto a sus padres y algunos tíos a quienes pudieron los que allá quedaron, darles sepultura en el nicho de la familia siciliana.


Mientras iban en el vuelo, los hijos que esos padres criaron y sus respectivas parejas, platicaban del pasado. …Y de la buena vida que habían logrado en México: los nietos de los muertos, solo escuchaban a sus padres, un tanto aburridos.


-Qué tiempos aquellos, hermano mío, decía María, madre de dos adolescentes. ¡Por qué no les hablamos más a nuestros hijos de lo que vivieron nuestros padres y de lo que nosotros escapamos!, exclamó, más que preguntar.


-Por eso mismo, María, -añadió su hermano, José.


–Sí, -respondió la cuñada.


–Hicieron bien, -dijo Rafael, el esposo de María, sumándose a la charla.

-Tienes razón Rafael, no quisimos que ellos sufrieran teniendo recuerdos ingratos sembrados por nuestras palabras.


-Pero este viaje y el contacto con las familias que allá se quedaron y que sobrevivieron a las infamias de la guerra, les abrirán los ojos: -se atrevió a decir en voz alta María, quien parecía la más preocupada porque así fuera.


Ella, la que tanto amó a su tierra, a sus abuelos que allá se quedaron y solo dos veces más volvió a verlos. Ahora regresaba, y no sabía qué les depararía el destino.


-¿Tendrán deseos de conocer a nuestros hijos la familia que no volvimos a ver, Rafa? -¡Claro!, pero además eso no importa, lo que debe importarnos es que cumplimos el último deseo de tus padres y que tu hermano, José y su familia, también vienen con nosotros a rendirles el último tributo. Fuimos felices en México y ustedes, José y tú, también en la tierra que los vio nacer. Nada tenemos de qué arrepentirnos, y nuestros hijos –dijo quedito- sabrán que tu estupendo Fettuccine al dente, de allá viene.



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