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Brillo del cielo y del mar

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Autor:Olga de León / Carlos Alejandro   |    Publicacion:29-04-2018

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La adorable prima volvió a mirarla y se tapó los ojos y parte del rostro.

El escape del plástico al mar
Carlos Alejandro

Los lentes de sol los trae acomodados sobre el cabello. La chica de cintura delgada y cuerpo hermoso se levanta y se sacude algo de arena de las piernas, para luego mirar de frente al mar, con la pierna izquierda adelante y su rodilla ligeramente doblada. El horizonte parece como el infinito traído al alcance de la mano.


Un hombre alto y delgado, con lentes de aumento, sumamente miope, pasa frente a ella, a dos metros de distancia, en traje de baño y playera celestes.

Trae bajo la mira el puesto ambulante diez metros más adelante: nada lo distrae de acercarse a él, y lo antes posible, ni siquiera la posibilidad de que alguna de las aves que vuelan en la playa, baje y se detenga sobre su hombro. Lo que sería un misterioso hecho para ese lunes de julio.


Suena el teléfono celular de ella. Carga con él en la mano derecha desde que se recostó para tomar el sol media hora antes y aún ahora, levantada: toma la llamada, sonriente. Habla mirando el brillo del sol radiante sobre el agua, enfatizando los acentos de las palabras mientras señala la arena bajo sus pies, como si estuviese convencida de algo. Ahora cierra el puño y lo lanza ligeramente hacia delante, para luego extender los dedos con la mano abierta y la palma mirando el cielo.


El hombre alto y delgado camina más lento cuando vuelve, y pasa frente a ella de regreso, para sentarse en la silla bajo su sombrilla, trae un vaso de plástico con cerveza en la mano. No lo supo, pero mientras compraba su bebida, el viento arreció llevándose la bolsa de plástico con basura que mantenía bajo la sombrilla. Rueda la bolsa de plástico.


A veinte kilómetros de ahí, un hombre con portafolios de piel que le cuelga del hombro, sale de un estacionamiento para autos y camina de regreso a su oficina, en tenis, sin calcetines. Mete la mano en la bolsa de su chamarra y obtiene su propio teléfono celular. Busca entre sus contactos más frecuentes y marca.


Se escucha decir del otro lado: “Hola, cariño, ¿pudiste recoger a los niños?”. “Batallé un poco para encontrar la puerta. Ignoraba que uno debe hacer fila en el auto”, responde soltando una carcajada. Ella le cuenta sobre lo hermosa que se ve la playa, la sensación que siente, como de encontrarse caminando en la luna cuando va pisando la arena, y sobre cómo el agua empuja sus olas hasta la orilla, y luego se las lleva adentro.


Él le pregunta si ha visto al hombre alto y delgado que a diario acude a la playa, “el pelón sonriente que suele emborracharse ahí”. Ella le cuenta. Y le dice sobre cómo deberían prohibirse los vasos de plástico, pues le hacen tanto daño al mar.


A diez metros de ella y su llamada telefónica, el hombre bajo la sombrilla silba una canción del siglo pasado, un bolero de los Tecolines que nunca supo sobre contaminación, ni de peces atrapados por bolsas de plástico bajo el mar, sin percatarse que su bolsa de plástico, llena de basura, se ha escapado hasta el océano.


Más allá de las estrellas
Olga de León

Como suele suceder con los sueños, esa tarde hizo un viaje sin que se hubiese movido un ápice de donde se encontraba; pero, del viaje tuvo luego plena consciencia.


Su cuerpo no se elevó, ni nadie intervino para trasladarla de aquel lugar hasta el infinito. Y supo que allá andaba, porque no podía respirar con facilidad ni tampoco mirar lo que tenía frente de sí o a su lado, ni abajo ni arriba; es más, estaba segura en ese momento que no existían coordenadas cardinales, ni puntos de referencia en el espacio que pudieran remitirla a algún lugar en concreto, país o ciudad, como para tener una idea de, ¿en dónde se encontraba?


Sintió un leve mareo y se vio a sí misma con los pies metidos entre las nubes, como si fueran algodones o una materia semejante. –Estoy soñando, -pensó. Pero no estaba acostada, no había cama, ni siquiera paredes, ni tampoco sentía su cuerpo, aunque sí pudo verlo en el reflejo del espejo de agua del mar que parecía estar muy cerca del cielo, como a unos cuantos metros y además en paralelo con las nubes; pero no era así. Sí había un océano bajo sus pies, pero bastante más lejos.


Qué era entonces lo que sucedía, por qué enseguida podía ver hacia arriba, a los lados e incluso por encima de su cabeza y casi sin hacer movimiento para reconocer el entorno como formado por todas las materias que en la tierra existían. - ¡Seguro!, estoy dormida y soñando; -se dijo.


Tuvieron que pasar algunas gaviotas, atrás de una enorme nave aérea, para entender que eso que veía era más real de lo que ella podía suponer estando en sus cuatro sentidos: como creía estarlo. Luego vendría algo aún más increíble. Una fuerza desconocida la haló suave pero fuertemente hacia arriba, sin siquiera despeinarla. Y ella, solo atinó a exhalar un suspiro, como sorprendida; no cansada.


Estaba justo en una pequeña estrella, parada sobre su superficie pletórica de brillos plata, blancos y dorados. Las nubes habían quedado lejos de sus pies y sobre su cabeza una gran bóveda celeste. La estrella, claro que no tenía la forma que en la tierra pensamos que tienen las estrellas, como las del juego de la Lotería; tampoco era como una estrella de mar, que parece de arena o piedra, pero que es un ser vivo. No, esta estrella era de forma irregular, pero tenía luz propia, por eso supo que era un pedazo de estrella o una mini estrella, de no más de seis kilómetros, según por lo que sus ojos alcanzaban a mirar.


-¿En dónde estoy?, preguntó al infinito. Nadie respondió. Empezó a caminar, sin saber hacia dónde dirigirse: todo se veía exactamente igual, no se distinguía algo verde, o piedras, o azul como el mar: todo eran brillitos plata, blancos y dorados. Entonces vio sus brazos y piernas y toda la piel al alcance de su vista… Y, se vio cubierta de los mismos brillitos que días antes le había descubierto su prima, quien con una luz especial en los ojos y un regocijo en la voz, le había dicho:


-Mírate, Almita: mira cómo está tu rostro cubierto de brillitos; y tus manos, mira, ¿verdad que está cubierta de luces por los brillitos? La otra amiga asintió, y se le quedó mirando sin poder hablar, como si fuera algo extraordinario.


-¿Qué quieres decir, qué tengo, será alguna crema?


-¿Traes maquillaje?, no, ¿verdad?; preguntó y contestó la adorable prima.


-Sí, dijo ella, uso un poco de esa marca sin perfume, porque soy alérgica. Pero mi piel lo absorbe en unas cuantas horas, quizá dos o tres: lo que le ponga; ¡seguro, ya se comió el maquillaje!


La adorable prima volvió a mirarla y se tapó los ojos y parte del rostro. -No, dijo, eso no es por el maquillaje, es otra cosa. Si no, por qué también tus manos tienen los mismos brillos, y tomándolas con las suyas le mostró ambos lados. La mujer tuvo que asentir: tenían muchos brillitos y especialmente dorados.


-¿Qué es?, preguntó con cierta excitación. -No, no tiene caso que te lo diga, tú no me creerás. Volteó a ver a la amiga de ambas. -Tú sí sabes qué es, ¿cierto?; en silencio, aquella asintió con movimiento de la cabeza y con la mirada.


Entonces, insistió: -prometo creerte, dime: debe ser efecto de la refracción de la luz o del sol (que antes de que me cambiara de lugar, cegaba mi vista), ¿no?


Y ella con una amplia sonrisa en su rostro, dijo: -ves, no me creerás.


-¡Claro que sí!, me callaré. Te escucho.


-Es la Virgen que te está abrazando con su manto, Almita. Ella te protege, no sé de qué, pero algo fuerte en tu vida, en derredor de la familia o de algunas relaciones de amistad o de trabajo, te están agobiando y ella está contigo. Y si ella te cobija es porque lo necesitas, y porque eres una persona muy especial.


Cómo bajó de donde andaba, no lo supo. Pero tiempo después, comprendió que en efecto había viajado sin trasladarse en ningún vehículo ni en sueños, solo con el pensamiento. -Quizá fue para encontrar la respuesta que durante siglos habían buscado sus antepasados, y ella por más de diez lustros.


Nada dijo acerca de la explicación a los brillitos que cubrían su rostro y manos. Solo sonrió. La prima tenía una expresión de arrepentimiento por haber hablado, pues la vio escéptica. Por el contrario, la viajera de pensamiento, dijo: -No, no es incredulidad. Me sonrío de felicidad, porque ahora sé que tengo ángeles en la tierra… igual que, ¡más allá de las estrellas!



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