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Cuentos salidos de un bosque

AbuelaAbuela

Autor:Olga de Le贸n / Carlos Alejandro   |    Publicacion:15-04-2018

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Sopla el viento con tranquilidad, de manera que su suave curso desentona con la fuerte humillaci贸n con la que las ramas de los 谩rboles se doblan

El milagroso caldo de la abuela


Carlos Alejandro


Sopla el viento con tranquilidad, de manera que su suave curso desentona con la fuerte humillación con la que las ramas de los árboles se doblan.

Súbitamente, un racimo de semillas cae al pasto. Dentro del bosque caminan dos niños de mirada incierta. Buscan salir: encontrar cobijo ante la lluvia que se asoma: que anuncian los nubarrones grises. Ninguno de ellos deja ver el miedo que está a punto de desbordárseles por dentro. La mirada fascinada, desde la mediana altura de las aves que los contemplan, parpadea ante el rugir de un trueno. El sonido de un aleteo acompaña a un pájaro de un árbol a otro, siguiendo el caminar de los muchachos.


Un árbol frondoso se mueve alegremente, de un lado a otro, mientras la mano del niño más pequeño se sostiene sobre su tronco, cuando el viento arrecia. Nada, ni nadie, vacila ante la valentía desplegada de los chicos, sin tiempo que pudiera medirse, como si caminaran empuñando espadas en las manos. Sus pasos dejan huella sobre el campo, mientras el viento trae hacia ellos el olor a tierra húmeda, a tierra negra y polvo floral tan colorido como las plumas de un pavorreal.


De pronto: los niños atraviesan un espeso río de niebla para encontrar una mesa lista, lista para catorce personas, bajo un techo de madera. Un famoso pintor del pasado sirve la comida e invita a los muchachitos a sentarse. El viejo lleva un mandil manchado con miles de colores. El pavorreal se vuelve real y extiende sus alas desde el centro de la mesa. Vasos de cristal que contienen nidos de aves, cuelgan desde el techo. La luz tenue del sol que va desapareciendo y de la luna que empieza a brillar, iluminan el lugar. Con el aroma de un beso en la mejilla, baña la lluvia los alrededores.


Los niños, a salvo, cenan el milagroso caldo de la abuela. Van arribando los invitados: Desde la cocina, se escucha un grito dirigido al abuelo: “¡Quítate ese mandil, que vas a ensuciar los platos!”.


La zorra y sus juicios


Olga de León


En aquel espeso bosque, que más parecía una jungla o selva en donde toda clase de seres vivos habitaban, un día se encontraron por los caminos del diario trajín: una avispada zorra, un incauto conejito, una lechuza observadora, un par de búhos más soberbios que inteligentes y varios animales más, entre ellos las minúsculas luciérnagas que nadie ve ni aprecia, sino hasta cuando la noche aparece y se vuelven faros de luz que muestran caminos y posibles peligros.

Como en cualquier parte del mundo, los iguales o muy parecidos tienden a formar sus propios grupos, los cuales por lo general son bastante cerrados, y no admiten a otros que no sean como ellos, al menos si no se les parecen en lo esencial: tamaño, belleza, número de crías, capital rodante, posesiones o casas habitación; y sobre todo en las maneras de ser y educación adquirida de generación en generación y transmitida a los hijos; y estos a los suyos; así, por los siglos de los siglos...


Aunque dicho sea de paso, y por oposición a lo anterior, también hay especímenes que no proviniendo del estrato socio-geobiológico-económico al que luego pertenecerán por contrato con quien se juntaron para formar familia, estas especies son las más quisquillosas con otros. Pues, a partir de los lazos con que se atan, se sentirán como tocados por alguna mano mágica, tanto que se olvidan de su origen y tratan míseramente a los que sienten que amenazan su jerarquía y liderazgo.


Son los que se comportan como blancas garzas: casi, casi, de cuentos de fantasía o de importantes Magazines, a pesar de no ser precisamente blancas ni modelos a seguir, en nada.


-Pero, ¡ya abue!, no hagas tanto rodeo y cuéntanos qué pasaba en aquel bosque que conociste de niña. ¿Es al que solían llevarlos tus papás? ¿… ese del que otras veces nos has hablado?


-Sí ese mismo. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahora, -dijo la mujer. Y, resulta que cada mes, o por lo menos cada dos meses, los animales de cada grupo común se juntaban solo entre ellos, iban a algún hermoso paraje y se ponían a platicar de sus cosas, mientras comían y tomaban alguna aromática bebida. Casi todos tenían a su vez otros grupos de amigos y amigas, que no veían al mismo tiempo, para evitar roces o diferencias que pudieran derivar en conflictos. O sencillamente por asunto de las diferencias y rangos.


Igual mantenían tertulias a distancia, a través de las líneas de medios muy modernos, como las diversas aplicaciones de tecnologías que ahora todos conocemos. Y, he aquí, que ahí, precisamente allí, era donde más diferencias o conflictos podían surgir: ¡Oh género animal! ¡Oh comunicación a distancia! Cuando los seres vivos platican sin verse a los ojos, sin hacer contacto con el rostro del interlocutor, cuando hablan sin mirar si tienen las alas cerradas, abiertas o en señal de amenaza o sentimiento de dolor (una levantada, o tomada una con la otra, o…): los problemas aparecen, las susceptibilidades se confunden, los tonos no se entienden… en fin, puede aparecer una torrente de confusiones, de emociones adversas por interpretaciones equivocadas, por… por lo que sea que casi nunca es lo que se pensó o creyó en aquel momento. Pero sucede, y hiere al otro, u otros.


Cuán complicado es mantener una comunicación clara y sin dobleces, sin que se pretenda lastimar a nadie. Y esto se duplica en complicaciones, cuando los lenguajes son diversos. Por ejemplo, una o varios de los búhos hablan siempre con mucha reserva, e invariablemente son lo que se conoce como “políticamente correctos”; en cambio, algún conejito, o la luciérnaga o una de las lechuzas, que no tienen los complejos de los demás animales, suelen expresarse directamente, sin dobleces, sin que les preocupe ese “rollo” de lo “políticamente correcto”, solo la educación y el afecto.


Especialmente, porque no buscan ni lastimar a sus hermanos, ni llevar la batuta del cuento, ni liderar a los demás, solo que ellos así son: sinceros y directos. Tampoco esperan que todos acepten por ciertas sus opiniones, pero tienen la libertad de expresarlas y dejarlas allí; si a alguien le sirven, excelente, si no, nada pasa, no esperan que piensen igual que ellos, pero sí estimulan al pensamiento. Para que cada cual tome lo que le sirve, algo o nada.


Lo malo de este cuento, mis queridos niños, es cuando alguna zorrita o zorrito se pasa de listo y quiere ponerse a señalar los vicios y errores del que simplemente carece de dobleces, por eso no da cátedra a los amigos, pero tampoco admite que alguien pretendiendo sentirse superior, santa o muy abogado del diablo, defienda lo que confundió con un ataque, pero que en realidad fue ese zorro o zorra quien lo transformó en tal.


Así que la zorrita tuvo la audaz idea de mandar una postal ejemplificando lo que ella “cree” que es la conducta intransigente del otro, que bien pudo ser: un incauto conejito, una pequeñísima luciérnaga o una observadora lechuza, pero nunca zorra ni lagarto o lagartija.
-Abue, tendrás que contarnos otro cuento, porque este no lo entendimos.


-La abuela sonrió, y añadió: ¡claro mis niños! Este solo se los he querido leer; lo guardaré para cuando sean grandes y tengan tales problemas.
-El par de nietos, niña y niño, se miraron, levantaron sus hombros en señal de que seguían sin comprender.

El jarrón de porcelana


Olga de León


-Había un jarrón de porcelana, era una pieza única en el museo, en medio del bosque. Lo cuidaban muchísimo, por ello, lo mantenían encerrado en una gaveta de fina caoba en las esquinas, y cristal en las paredes. Reposaba sobre un pedazo de terciopelo que cubría la base giratoria, lo cual permitía que los visitantes pudieran verlo por todos lados. Lo sacaban para limpiarlo cada año, y volvían a colocarlo.


Cierto día, quien lo retiró era nuevo en el museo y no fue cauto al hacerlo, así que se le resbaló y aunque alcanzó a sostenerlo por instantes antes de tocar el piso, finalmente se le cayó de sus manos y al jarrón se le rompió una parte. Lo mandaron restaurar, pero no volvió a verse ni ser la misma pieza intacta, antes había sido un jarrón de porcelana antiguo, ahora era un jarrón quebrado.


Lo mismo sucede con los afectos, una vez que alguien es lastimado en sus sentimientos, y nunca se le pide una disculpa, solo se simula que nada ha pasado y un día sin qué ni para qué solo se le dice: “te quiero mucho”, después de haberse burlado de él o ella. La amistad no se recupera: allí estará por siempre la lastimadura, como la grieta en el jarrón… aunque la restauraran.



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