Cultural Más Cultural


Pequeño tributo a Gilberto Owen

Cuentos y relatosCuentos y relatos

Autor:Olga de León   |    Publicacion:08-04-2018

+ + - -

Allí en donde el silencio domina, allí donde nadie habla porque nada hay qué decir. Allí donde, cuándo, cómo y qué crecen.

Inspiración: un Contemporáneo


“Y luché contra el mar toda la noche, desde Homero hasta Joseph Conrad…”, escribe Owen en su “Día primero, El Naufragio” de Sindbad el Varado (Bitácora de febrero). Mientras lo leo, pienso y me digo: quien pudiera con el agua crear imágenes que siendo perdurables en la memoria, se desdibujan en el tiempo de lectura para volverse ritmo y poesía, aun en la prosa. Se asemejan y se alejan del propio poeta y las regala al lector, quien en éxtasis las contempla, aunque poco entienda de su creación.


Poeta difícil fue Gilberto Owen, como algunos más de los que pertenecieron a los Contemporáneos y dieron un vuelco a las ideas de los Modernistas, sin necesariamente despreciarlos. Algunos como Owen, antes bien, pudieron ensartar entre sus versos lo que fue tradición e historia con lo que ellos transformarían en faro que amplía el horizonte de lo nacionalista, viajando (o, “naufragando varado”) hacia el mundo, para volver su obra digna de ser más que solo patria aislada, una patria inmersa en la universalidad de la poesía y la prosa, sin más límites que el arte.


Ciertamente, existen poemas en prosa, prosa poética y poesía sin el rigor del verso, enredada en líneas de una narrativa novelada. Esto hoy no es novedad, lo fue con la irrupción de los Contemporáneos, y pudieron encontrar vestigios en Homero.


Como que la palabra, el ritmo y la armonía pueden hablar más allá de la imagen o idea que retratan u ocultan entre líneas y versos, es por lo que hoy podemos transpolar los límites entre prosa y poesía, entre lo que se dice y se calla para que el posible lector sienta que también él es un poeta cuando sueña o imagina que entendió lo leído o borda con su pensamiento, sensibilidad y sentimientos la explicación a lo que originalmente le pareció incomprensible. Así, de mi ser en el mundo, surgen:

Ensoñaciones libertarias


El cielo azul, las mañanas festivas. Las tardes, tranquilas lucían… y las noches, titilantes y bellas. …tendían su manto de estrellas. Mis ojos se negaban a dejar de mirarlas. Mientras, los párpados poco a poco caían. Rendido el cuerpo, el alma en semi alerta, y en ceguera total, el intelecto. Aún así, podía imaginarlas: viendo, en la verdad una gran mentira. Porque si a mis ojos no puede iluminar el cielo… sé de cierto, que los enciende el viento. Y, no el ardiente fuego del astro sol; ni el agua como a Owen, ni fervor o amor contenido en claustro. Solo el viento y la tierra… la de Rulfo.


Ellos y solo ellos, aire y terruño,

cual canto a la libertad de mi patria,

a ultranza enajenada,

calmarán mi sed y agonía.

Y en medio: la soledad y el silencio

de un viento seco, que se ahoga

en la garganta de sus hijos.

Meneo sin faena


Allí en donde el silencio domina, allí donde nadie habla porque nada hay qué decir. Allí donde, cuándo, cómo y qué crecen. Sin raíces, porque todo ha sido dicho y… nada cambió ayer ni ahora o mañana. Nada cambiará, como no sea el viento.


Que se lleva lejos nuestro recuerdo. Así los años van mudando al eco. Y los hijos de los hijos se olvidan… de quienes les dieron patria y suelo.
Es la sutil acción del silencio: inmovilidad, conservadurismo. Justo allí, está el éxito del “Status quo”.

Viernes por la tarde


Llamaste, no puedo decir que como siempre lo haces: mentiría; pero llamaste.


Novedad para mí fue que mi corazón diera un vuelco al escuchar tu voz. Ingenuamente pensé: “-¡me invitará a comer!” sabiendo que hasta cuando termino de escribir -y no lo había hecho- puedo sentir hambre. Casi al instante, también pensé:


“-¡lástima!, tendré que rechazar su oferta”. “-¿Qué hay de nuevo?”, se oyó del otro lado del auricular. –Nada, contesté; aún con cierta esperanza por lo que dirías enseguida… y sí, dijiste: -¿Nadie me ha buscado? -No, respondí, ya totalmente desesperanzada. En ambas respuestas fui honesta. Nada había de nuevo; tu llamada en tales términos, no lo fue; y nadie te buscó: -olvidé que alguien, sí lo había hecho.


Seguramente te enojarás cuando leas esto. No me importa. Tú, tus actos y tus palabras han sido maravilloso motor para mi inspiración… o la falta de ella. Debes estar orgulloso de ti mismo, sea que seas tan grande como te imagino, o como eres realmente. Luz y oscuridad; algarabía y serenidad; alegrías y tristezas, de donde salen palabras y actos que me involucran: “Leit motiv” para muchas páginas literarias. Que el mundo ruede, murmure o hable me tiene sin cuidado. Igual debe tenerte a ti, pues solo tú y yo sabemos lo que en realidad sentimos, amamos y morimos el uno por la otra… y quizás, ¿tendrás suerte?, sea igual a la inversa. Tú sigue cultivando tus grandes y pequeños actos, emociones y sentimientos. Un día te dedicaré -por lo menos- mi primer libro de cuentos y fábulas o de poesía inédita; o tal vez, por qué no, una ópera prima: mi primer novela. ¡Cuídame, que yo también te seguiré cuidando! Tú a mí, para que pueda seguir escribiendo; yo a ti, para que alcances a leer lo que algún día se volverán libros: tuyos, míos; de ambos, si el tiempo no me alcanza… y vence.

¡Cuidado con la bruja!


Se leía sobre una estaca encajada junto a cierta tumba en ese cementerio. Estábamos en una lejana ciudad, de un país extranjero, y nos pareció una broma o buen sentido del humor negro: tanto de quien lo puso como de quien bajo la lápida descansaba; pues supusimos que con su consentimiento y el de la familia, estaba allí tal frase: ¡Cuidado con la bruja!


Después de reír un poco, seguimos nuestro recorrido personal, ya sin el guía, que tremenda y macabra historia había relatado frente aquella tumba. No lo creímos, desde luego que no. Todo mundo opinaba que era parte del show para los viajeros y turistas. Nosotros nos asumíamos como los primeros y no turistas, por ello nos fuimos solos y visitamos lo que nos apetecía.


Antes de regresar al hostal donde estábamos alojados, tuvimos que cruzar una vez más por el cementerio y precisamente lo hicimos, para ver de nuevo la lápida. Ya no había ni estaca, ni letrero. Nos miramos sonriendo. Aún no se nos desdibujaba el rictus de la comisura de nuestros labios, cuando con los ojos desorbitados y temblando de pies a cabeza, sentimos recorrer nuestro cuerpo un vientecillo gélido y escuchamos nuestros nombres sonando como salidos de una caverna o fosa. Ambos giramos en ciento ochenta grados y vimos que detrás del pino más cercano salía una figura fantasmal, que cruzó por entre nosotros, atravesando pecho y tórax. Luego, dejamos de temblar y de sentir frío, pues ahora era como si un leño ardiente nos atravesara de lado a lado, la sien.


Nos tomamos de la mano, echamos a correr y salimos del cementerio rápidamente. Jadeantes y perladas nuestras frentes con sudor frío, llegamos al hostal. Allí estaba, ya, el resto de los compañeros de la excursión: -Seguro que se toparon con la bruja, ¿verdad? –Cómo lo saben, exclamamos al unísono. -Porque vimos la sábana blanca ensangrentada tirada a un lado del camino, luego de que nos regresamos a buscarlos para decirles que no se fueran a asustar, que todo era parte de la publicidad de una obra de teatro al aire libre, que se presentará a media noche, allí en el Panteón. Ahora dígannos, ¿irán también a verla?


Hasta ese momento nos percatamos con total certeza del lugar en el que estábamos hospedados; y lo más duro, fue darnos cuenta de que nuestros compañeros de viaje, todos, incluido el guía y el mismo empleado que nos recibió en la Posada, tenían el rostro demasiado pálido para estar vivos. O, eran fantasmas, vampiros o hechiceros… o nosotros seríamos los muertos, y ellos solo actores de teatro.


Tuvieron que pasar muchos años, para que recordáramos aquel viaje increíble y al mismo tiempo fantástico. Desde entonces, solo salimos cuando el sol ha caído y nunca cuando hay luna llena. …por si acaso; más tarde decidimos casarnos, pero no tener hijos. El secreto de aquella leyenda: “Cuidado con la bruja”, quedaría enterrado en nuestros corazones y con nosotros moriría. Nunca más vimos al grupo de personas con quienes supuestamente habíamos viajado.


-¿Cuántos años hace de aquella aventura?, -preguntó mi mujer. -realmente quieres recordarlo; -no, me respondió, y volvió al sótano, donde vivíamos aun antes de visitar Transilvania. No queríamos aceptar la realidad, ni enfrentar lo Contemporáneo.



« Redacción »
No hay comentarios
Para publicar un comentario relacionado a la nota por favor llene todos los campos del siguiente formulario