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Redimen a niños guerreros centroafricanos


Publicacion:12-03-2018

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Les da la oportunidad de hacer cursos de formación profesional y, así, ganar el suficiente dinero para sobrevivir en el país más pobre del mundo.

 

Bangui, República Centroafricana.- En Bangui, la capital de la República Centroafricana, hay un centro que se ocupa de la reintegración de menores que formaban parte de las milicias armadas.

Les da la oportunidad de hacer cursos de formación profesional y, así, ganar el suficiente dinero para sobrevivir en el país más pobre del mundo.

Y, sobre todo, mantiene a los chicos alejados de la violencia "limpiándoles" la mente. Es el Centro Don Bosco, ubicado en Damala, uno de los barrios más populares de la ciudad.

La ex colonia francesa se sumió en el caos en diciembre de 2012, cuando los rebeldes Séléka (que en sango significa “alianza”), de mayoría musulmana, comenzaron a atacar ciudades y pueblos antes de tomar el poder en marzo del mismo año.

La respuesta violenta de las milicias cristianas Balaka (Anti-Kalashnikov) llevó a la República Centroafricana a una cruel guerra civil que la intervención del ejército francés, de la Unión Africana y de la Minusca (Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en la República Centroafricana) solo puede contener en parte.

Mientras que en las regiones más remotas del país, donde las autoridades estatales son casi inexistentes, las atrocidades continúan teniendo lugar a un ritmo elevado, en los últimos tiempos en Bangui disminuyeron notablemente.

La situación actual tiene poco que ver con lo que sucedía entre 2013 y 2015, cuando incluso las calles más céntricas de la capital eran escenario de ejecuciones sumarias, violaciones y torturas de todo tipo.

Ni siquiera los niños quedaron fuera del alcance de las milicias Séléka y Anti-Balaka. Miles de chicos jóvenes y muy jóvenes, a menudo sin educación y sin empleo, tomaron las armas para unirse a las milicias, convirtiéndose en testigos y perpetradores de estos crímenes.

Algunos de ellos encontraron el camino de la redención gracias al Centro de Formación Profesional Don Bosco en Damala, un barrio periférico de Bangui.

Aquí los salesianos, de los cuales Don Bosco (1815-1888) fue el fundador, tienen un convento y una pequeña iglesia. Desde hace varias décadas su puerta siempre está abierta a los jóvenes desfavorecidos, uno de los pilares de la orden religiosa.

De hecho, un cartel colocado en la entrada del recinto reza: "Un joven bien formado es una garantía para la emergencia de la República Centroafricana".

"Es gracias al Centro Don Bosco -cuenta Ben Achille Kaimba, de 21 años, un ex miliciano Anti-Balaka- que fui capaz de salir de los problemas en los que me metí”.

“Aquí seguí un curso profesional para convertirme en mecánico y conductor que me permitió obtener un título gracias al cual hoy puedo llevar algo de comer a casa. Pero Don Bosco no es solo eso, me limpió la cabeza de ideas estúpidas y de la perversidad que la guerra me había inculcado", añade.

"Los Séléka -dice Zita Ella Berse, de solo veinte años- mataron a mi padre y a mi madre frente a mis ojos. En la confusión, pude escapar, pero juré que de algún modo se lo haría pagar. Por esta razón decidí convertirme en combatiente Anti-Balaka; me pusieron un cuchillo y un machete en la mano y desde ese momento fui uno de ellos”.

“Estaba perdido, y entonces alguien me habló de Don Bosco y de la posibilidad de cambiar mi vida. Aquí me enseñaron muchas cosas: la más importante, a vivir gracias a mi trabajo. Aprendí a confeccionar ropa y el dinero que ahorro lo invertiré en un proyecto ambicioso", recuerda.

Los padres del Centro, que en total son cinco y de diferentes nacionalidades, ayudan a los chicos en su viaje de redención. Escuchan sus historias, conocen las familias de las que provienen, rezan por ellos.

Los chicos que entran en los cursos de formación son seleccionados por varias ONG y por la embajada de Francia en Bangui, quienes contribuyen a su sustento. Hay una amplia oferta de cursos que los estudiantes tienen a su disposición: entre otros, para ser mecánicos, conductores, electricistas, herreros, carpinteros, informáticos, sastres y agricultores.

"Nuestros estudiantes -explica Justin Sanze, el director educativo del centro- reciben una formación de tres años. Al final de este ciclo, se les otorga uno de nuestros certificados, en posesión del cual tienen derecho a hacer el examen para obtener el diploma del estado”.

“Casi todos nuestros estudiantes –afirma- terminan sus estudios, alentados por maestros y padres. Nuestro credo nos impone que nunca dejemos a nadie atrás, especialmente a los muchachos que estuvieron entre las filas de la milicia. Nos preocupamos mucho de todos".

Las clases se hacen de lunes a viernes, de las ocho de la mañana a las dos de la tarde. Las aulas, una por curso, son muy grandes y cuentan con el equipamiento necesario para cada materia.

Chasis de automóviles y motores desmontados para el curso de mecánica; soldadores eléctricos y máscaras protectoras para el de herreros; computadoras fijas y una maxi pantalla para informática; sierras y medidores para carpintería; telas de todos los colores y máquinas de coser a pedal para sastrería; azadas y rastrillos para agricultura, etcétera.

Tresor Zebou, de 19 años, parece mucho mayor. No tanto físicamente como en lo que respecta a la madurez que revelan sus palabras: "Como muchos de los amigos que frecuentaban y frecuentan el Centro Don Bosco, yo también entré en los Anti-Balaka después de haber sufrido violencia. Mataron a mi padre sin motivo y nos robaron las pocas pertenencias que teníamos”.

“Estaba desesperado y lleno de odio y no niego haber hecho cosas horribles. Pero los padres y los maestros me hicieron darme cuenta de que tenía un buen corazón, de que estaba en la oscuridad a causa de los acontecimientos, y de que mi vida no debía ser decidida por hombres malos”.

“Me dieron una oportunidad que no quise dejar escapar. Me dieron una nueva vida. Hoy tengo carnet de conducir y un coche; no es mucho, pero soy una persona de paz".



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