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Cuentos para armar al antojo

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Autor:Olga de León   |    Publicacion:11-03-2018

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Las noches siempre son maravillosas, brillan cuajadas de estrellas: la luz artificial no existe, no es necesaria.

UNO (1)
-Del otro lado de la montaña, está un valle hermoso, todo verde desde abajo hasta varios metros arriba del suelo; con un cielo azul claro e intenso al mismo tiempo, y con nubes al atardecer que parecen algodones. El sol calienta, no quema ni arde en la piel ni sobre ser vivo alguno. Las noches siempre son maravillosas, brillan cuajadas de estrellas: la luz artificial no existe, no es necesaria. Los ríos corren colina abajo, limpios y cristalinos, las aves se pasean de un lado a otro: jamás emigran, no tienen por qué hacerlo. Solo un defecto encuentra quien me contó esta historia: no hay vida humana. ¡Qué maravilla!, exclamé. Con razón la llaman “zona virgen” o “paraíso terrenal”.

DOS (2)
-Cada párrafo puede ser el principio de un cuento largo o la entrada a una novela… quizá fantástica, trágica o filosófica. Lo sé no porque haya escrito alguna, sino por las que he leído. Soy irremediablemente idealista, incurable romántica y mujer enamorada del amor. Pero también me gusta leer lo imposible de suceder fuera de la página. ¡Qué arte el de esos autores que logran vendernos su historia como verdadera!, y cuánta ingenuidad del que la compra: así soy, y no me da pena. Disfruto la mentira cuando es creativa y aparece bien escrita en una página literaria.

TRES (3)
-Miraba hacia el horizonte al través del cristal de la ventana, ese día que me pareció uno de los más tristes de mi vida…. Y, el triste era él. Parecía estar ausente, sin embargo, nunca como entonces estuvo más enteramente presente. Seguía siendo él, como siempre lo fue: el mismo que vi nacer, jugar, crecer… Y, que un día se fue, lo vi partir y luego volver: con la cabeza gacha y el corazón destrozado, tanto que de sus ojos no brotaban lágrimas, era un líquido púrpura con aroma a rosas, pero sin duda era sangre, lo que de ellos emanaba. …a pesar de que en cuanto lo mirábamos, el reía a carcajada abierta… ese era el rostro que quería mostrar para no preocuparnos. Y la música sonaba fuertemente y las almendras cubiertas de chocolate desaparecían en casi un cerrar y abrir de ojos: bebida, chocolates y música fueron su elíxir aquellas tardes de una primavera demasiado gris, un cielo nublado, y un jueves y viernes Santos… réplicas del pasado.

CUATRO (4)
-Parafraseando el Soneto 116 de Shakespeare, permite que te diga: “no llames amor a ese sentimiento ligero y volátil que se transforma con los cambios o se aleja con la distancia”. No, ¡por favor! El amor soporta tempestades, se bambalea pero ningún viento ni avatar tumba tal faro. Deja de mirarme extrañada, que tu fingimiento no me engaña. No a mí que ya fui madre, conozco de máscaras y veo más allá de las apariencias. A las madres no hay fuerza que pueda destrozarlas, ni mentira que ellas no desenmascaren.

CINCO (5)
-Por más que me digas que estoy equivocada, que no son las fantasías sobre historia, arte o literatura lo mismo que los hechos y las realidades del mundo exterior y del universo prosaico, déjame decirte que lo sé. Y te adelanto, que tú insistirás en tus verdades; mientras, yo confirmo mis ficciones e imaginarios: a la vuelta de cada esquina, en el rincón de la calle por donde tanto me asusta caminar de noche, y en el laberinto de palabras que voy tejiendo, sin propósito aparente alguno, pero aquí están... y juegan con duendes, brujas, gigantes y cíclopes, o caballos alados y espadas mágicas a crear un mundo mejor: un mundo real y verdaderamente mejor.

SEIS (6)
-La canción me salió del alma, me la dictó el cerebro, pero la escribí con las lágrimas del recuerdo. A él le gustó. Le puso música. Buscó quién la cantara. Y la estrenó. Sin pompa ni platillos. Y mucho había para celebrar. Pero, eso, eso es algo personal, íntimo; atañe solo a tres, y ninguno buscaba ni con la letra ni la música, un aplauso ni siquiera personal. Solo se trató de contar una historia, como seguramente existen miles de ellas entre jóvenes que quisieran conquistar al mundo con su amor, pero no logran conquistar más allá de su propia vivencia y una experiencia que les dejó ternura, enamoramiento, amor, desamor, mucho desencanto… y, finalmente, el triunfo de la vida que siempre aguarda, y está allí… para continuar.

SIETE (7)
-De niña -cuando hace muchos años lo fui-, me gustaba imaginar que existía un mundo más pequeño y menos complicado que el que entonces conocía. Y no hay necesidad de precisar que el mundo conocido por una niña de no más de nueve años, por allá de la década de los cincuenta del siglo veinte, en realidad sí le era demasiado grande y complicado, si se tiene en cuenta que ella ya conocía la televisión -¡y, la televisión a color!-, además de algunos hechos que podían asustarla, como el asesinato de un alcalde, los robos de niños cercanos a su localidad y, hasta el propio sufrimiento de verse, junto con su hermanito, a punto de ser alejada de su casa y sus padres… Para fortuna de todos, el encantador de niños con el carrito de los helados, solo logró atraerlos una cuadra y media… Alguien descubrió a tiempo las intenciones del paletero, y los niños fueron rescatados. ¿Por qué existe la maldad?, ellos no la conocieron, hasta ese día. Así fue como, la que un día fue muy pequeña, empezó un oficio que la alejaba de los recuerdos negativos: inventar cuentos. Primero fueron solo de tradición oral; el público: sus hermanitos y quienes quisieran escucharla. Tres o cuatro años más tarde, empezaría a escribirlos primero, y luego se los leía a sus atentos oyentes, otra vez: los hermanos menores y niños de otras ciudades. El público empezó a crecer.

OCHO (8)
- Un día, la alcanzó el amor. Antes, había vivido de ilusiones y anhelos no del todo fraguados bien a bien, ni entendidos como sentimientos posibles de terminar en algo verdaderamente real. Sabía que tenía un propósito más alto su vida, a pesar de ser solo una adolescente, y no era dejar entrar al amor en su corazón, sino estudiar. Quería forjarse un ser rico en conocimientos que le permitiera vivir a buen resguardo de lo que fuera que pudiera sucederle en el futuro, cuando joven y adulta. Ni siquiera entonces, podía imaginar lo que el destino le depararía a los veintiún años. Y, el día que el amor se le acercó en uno de los pasillos, frente a su salón de clases, la firmeza de su carácter se acendró, aunque, eso no fue suficiente. Un cielo de nubes grises, rayos y truenos empezaron a merodear en su alrededor y el de su familia.

NUEVE (9)
-Alguien podría haberlo evitado, pensaba para sí, mientras inventaba alguna historia que la alejara de los augurios que en sueños, brujas y diabólicas criaturas comenzaban e entretejer, jugando con la salud y el dolor de una madre. No. Era el destino. Y, ese señor no juega a que: “ahora sí, ahora no”. La moneda estaba lanzada en el viento, pero ni ella ni ninguno de sus hermanos comprendieron la gravedad del asunto. Los padres hacen lo imposible por evitarles sufrimiento a los hijos. Tuvieron que pasar casi cinco años más, para que de cuajo, sobre su cabeza cayera una más trágica realidad; no fue la madre, primero, fue el padre: de hijos de familia, los dos mayores, un día amanecieron siendo jefes de sus propios hermanos. ¿Alguien pudo evitarlo? No. La suerte estaba echada. Pero, la vida de todo nos da. Y siguió dando dolor y sufrimiento por cuatro años más. Ni quién imaginara que del hospital iba la que Lógica, Ética, Filosofía, Etimologías, Literatura Universal, Mexicana e hispanoamericana y Español, entre otras clases, enseñaba en Preparatoria y en Normal básica. Hasta que el tiempo y el empeño habrían de traer juntos, merecidas alegrías y mejores días.

DIEZ (10)
-¿Se puede vivir de leer y escribir cuentos? Sí. Se vive mejor haciendo tal, que no haciéndolo. Que, ¿de qué me arrepiento en mi vida? De nada. No vale la pena arrepentirse de lo hecho, pues hecho está; menos aún, si lo realizado tuvo algún propósito. Pero, ¿dejar de leer y de escribir…? –No, ahora menos que nunca. Poco importa si me leen solo dos personas, además de algún hermano e hijo. Sí, ¡claro!, pienso en eso que se llama trascender. Pero no trascender en el sentido recto de la palabra: para ser más conocida y por gente de todo el mundo; no, eso no me interesa. Pienso en trascender en un sentido figurativo, acorde con el oficio. Trascender como tema de alguna ficción, en donde el personaje no sea esta insignificante mujer; sino la humanidad. ¡Perdón, por lo ambiciosa!


-Gracias anticipadamente por su tiempo, y permitirme entrevistarla.



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