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Jesús salva

Dio la vidaDio la vida

Autor:José H. Gómez   |    Publicacion:11-03-2018

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La Cuaresma nos recuerda que vamos recorriendo esta vida como peregrinos y que nuestro hogar está en el cielo.

Al escuchar detenidamente las oraciones de la Misa durante la Cuaresma, nos damos cuenta de que estos 40 días estamos orando aún más intensamente, pidiendo los dones del cielo y de la vida eterna.

Por ejemplo, en una de las oraciones después de la Comunión oramos implorando poder “merecer ir a contemplarlo para siempre”.

A lo largo de esta temporada, en nuestra oración estamos pidiendo conocer las “cosas del cielo” y estamos rogando llegar a ser “herederos del gozo del cielo”.

La Cuaresma nos recuerda que vamos recorriendo esta vida como peregrinos y que nuestro hogar está en el cielo.

Creo que todos entendemos que Jesús bajó del cielo para nuestra salvación. Él es nuestro Salvador; Él es el Salvador del mundo. Pero ¿qué significa eso? ¿De qué nos salvó y cómo lo hace? ¿Y, ante todo por qué es que necesitamos la salvación?

Este es el tipo de preguntas que dieron lugar a un nuevo documento emitido la semana pasada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Vaticano.

“Placuit Deo” (del latín; “Quiso Dios”) tiene la intención de ayudar a los obispos del mundo a pensar y abordar los problemas que la gente tiene hoy acerca de Jesús y de la salvación.

El documento refleja la preocupación del Papa Francisco de que nuestras ideas y creencias actuales estén siendo influenciadas por un nuevo “Pelagianismo” y por un nuevo “Gnosticismo”.

Estas fueron herejías de los primeros años del cristianismo, pero en cierto sentido, estas maneras de pensar son tan antiguas como el pecado original.

Al igual que los pelagianos, Adán y Eva trataron de seguir su propio camino en este mundo, como si no necesitaran de Dios. Recordamos la historia: cómo ellos eligieron cuestionar lo que Dios les había ordenado, y cómo quisieron decidir por sí mismos.

Y al igual que los gnósticos, nuestros primeros padres también creyeron que tenían una “conocimiento interno”, una sabiduría especial que les había sido impartida por la serpiente que les ofreció un “atajo” para llegar a ser como Dios.

Por supuesto, estas herejías fueron más complicadas que eso. Pero para nosotros lo importante es que estas herejías expresan tentaciones naturales, que tienen sus raíces en la debilidad humana y en el pecado original.

Y ninguno de nosotros está por encima de estas tentaciones, pues son parte del aire cultural que respiramos.

Todos nosotros estamos influenciados por el énfasis que nuestra cultura pone en la libertad individual y en la autodeterminación. Este énfasis se ve amplificado por nuestra ciencia y tecnología, que nos infunden un sentimiento de que tenemos un poder propio para controlar el mundo que nos rodea e incluso nuestro propio cuerpo. Todos estamos tentados de pensar que somos lo suficientemente inteligentes y lo suficientemente fuertes como para vivir sin Dios.

Eso es parte de lo que el Papa quiere decir al hablar de neo-pelagianismo.

También estamos influenciados por el “subjetivismo” de nuestra cultura, que reduce todo a la experiencia individual, al juicio personal y a la opinión. En nuestra cultura, no hay verdades o valores más allá de lo que nosotros pensamos y sentimos como individuos. Tú tienes tus valores y verdades y yo tengo los míos.

Lo que el Papa ve como neo-gnosticismo es la tendencia que tenemos a pensar que podemos “forjarnos a nosotros mismos” y dictar los términos de nuestra relación personal con Dios.

Con que nos “sintamos” cerca de Dios, eso basta. La religión se convierte en algo privado; es sólo entre tú y tu Dios.

Estas son cosas importantes que hemos de reflexionar en esta temporada, ahora que nos estamos preparando para renovar nuestros votos bautismales.

Jesús salva. Y su salvación es real. Esta es la hermosa verdad de nuestra religión. Esta es la esperanza con la que vivimos.

Dios envió a su único Hijo al mundo precisamente porque él sabe que nosotros no podemos salvarnos a nosotros mismos.

Jesús viene como uno de nosotros en todas las cosas excepto en el pecado. Una persona humana, igual que nosotros pero que también es Dios, ofreció su vida por ustedes y por mí. Con su muerte y resurrección, Él nos abre una nueva relación con Dios.

En el bautismo, aceptamos el don de su salvación, unimos nuestras vidas a la suya y recibimos su Espíritu. Y empezamos una nueva vida con Él, caminando con Él como hijos de Dios en su familia, que es la Iglesia.

Jesús no nos salva en privado o por nosotros mismos. Él nos salva en la historia, en la creación, en el mundo real en el que vivimos. Él nos salva en compañía de los demás. Él es la salvación de todos.

Jesús no nos muestra el camino, Él es el camino. Y cuando lo elegimos como el camino de nuestras vidas, cuando lo seguimos en amor y confianza, vamos creciendo cada día más y más en nuestra semejanza a Él.

El nuevo documento del Vaticano cita una frase del Concilio Vaticano II: “La vocación máxima del hombre es, de hecho, una sola, y es una vocación divina”.

Somos salvados para participar de la misión de amor y misericordia de Cristo. Y este viaje continúa hasta que lleguemos a la casa del Padre en el cielo, cuando lo veamos cara a cara.

Oren por mí esta semana, y yo oraré por ustedes. Y busquemos siempre la intercesión de María, la Madre de nuestro Salvador.



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