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Autor:Joana Bonet   |    Publicacion:11-03-2018

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Cuando no salían nombres femeninos, apagaba la tele pues aquello era garantía segura de aburrimiento.

Han transcurrido muchos ochos de marzo, igual que unos de mayo o veintitreses de abril, en que el peso de lo cotidiano acaba tragándose el culto a la fecha. Soy reacia a las jornadas temáticas, las que exaltan un asunto cuya importancia tendría que hervir todo el año. “El 8 de marzo es como un Sant Jordi pero en femenino”, me dice mi colega Celeste López, ducha en el tema. Tiene razón, para unos es una especie de orgullo femenino, mientras otros lo ven igual que una rutina establecida: se refrescan las cifras, se deplora la brecha salarial, se emiten documentales sobre la evolución de la mujer desde la ley de 1975, cuando nuestros derechos eran equiparados a menores de edad, enfermos mentales “y sordomudos”. Éramos niñas cuando los médicos por fin pudieron recetar la píldora a nuestras madres, Avon llamaba a su puerta y los bancos las animaban a abrir una cuenta corriente mediante spots inauditos. Generaciones de pioneras que sintieron el pellizco de la libertad, y nos la transmitieron: la importancia de tener un talonario propio y una firma válida.

Cinco meses después de la explosión del MeToo y del Time’s Up –movimientos extendidos por las actrices de Hollywood, que han ejercido de punta de lanza, más abrazadas al pragmatismo que al puritanismo– la mecha ha prendido imparable y la jornada de mañana se plantea globalmente como una demostración de fuerza que no pide, sino exige, acelerar la igualdad real. Nunca se había sentido tanta empatía con el feminismo, cada vez más desposeído de leyendas y demonios alimentados por la ignorancia de quienes creen que a las mujeres nos mueve el revanchismo y el deseo de humillación masculina.


Cuando era una joven periodista confiada, algún jefe me llego a decir que no le tocara los huevos. Nunca callé: “No temas, es lo último que haría”, replicaba. He vivido algunas escenas desagradables, llamadas obscenas, sin embargo mentiría si confesara que me marcaron. “Pobres patanes”, pensaba, lejos de lloriquear, meditando sobre las mujeres valiosas que iban quedándose petrificadas en las mesas de redacción, mientras becarios menos dotados que ellas se convertían en sus jefes. Se han convocado huelgas y parones mientras las redes denuncian el analfabetismo sexual –hombres que no saben separar cabeza de cuerpo– y los macro y micro machismos a los que nos hemos habituado. Muchas trabajadoras no pueden permitirse un día sin sueldo, pero aún y así limpiadoras, políticas, enfermeras, periodistas, científicas, educadoras o cajeras pretenden dejar el mundo en pause para que la igualdad no se siga posponiendo con la habitual desidia. Y a mí me hace recordar los créditos de las películas de mi juventud: cuando no salían nombres femeninos, apagaba la tele pues aquello era garantía segura de aburrimiento.



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