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Dos miradas a la superficie del espejo

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Autor:Olga de León / Carlos Alejandro   |    Publicacion:10-09-2017

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El silencio fue un puente que le permitió cruzar el tiempo, una curva de trabajo acumulado que, en realidad, Gallegos no entendía, que no le servía de nada

El espejo que se niega a dejar de existir
Olga de León

Cada mañana le echaba una mirada, sin intención de fijar los ojos sobre la superficie que detrás permanecía aún perfectamente plateada a pesar de los más de cuarenta años de vida. Confirmaba que la herencia estuviese allí, y el espejo limpio.


Eso sucedía todos los días entre semana, era parte de su rutina al levantarse, entraba al baño, cepillaba sus dientes y se encaminaba afuera de la alcoba. No había otro camino para salir del cuarto, así que giraba el cuello y trataba de verse en el espejo, solo de reojo; no quería confirmar que ese día había amanecido con una arruga más en el rostro, que más cabellos blancos asomaban entre los castaños, o que estaba algo más rellenita o enflaquecida; todo depende del espejo que nos mire, solía decir….


Pero los sábados y domingos se recetaba un descanso extra: se levantaba tarde y no necesariamente entraba primero al baño, pues ya lo había hecho tres o cuatro horas antes, con los ojos aún sin abrir totalmente y como autómata: entraba y salía de la toilette para volver a la cama.


Esa mañana, sin embargo, fue diferente. No se vio de reojo, se paró frente de él y se quedó -paralizados sus movimientos- viendo con el rostro impávido lo que el espejo le regresaba. Nada le habría extrañado o causado alguna exclamación inevitable –como finalmente así sucedió-, de no ser porque nada vio. Nadie la miraba desde la pulida y brillante superficie del frente del espejo y que sabía atrás estaba plateado. Su figura, su imagen no estaba allí, no se reflejó en el espejo.


Pudo ver los objetos que estaban detrás de ella: la cama, una cómoda, el buró junto al lado de la cama en donde dormía con el radio reloj despertador encima, un cuadro… Pero, a ella misma, no; no se vio.


Estiró el brazo derecho y acercó cuanto pudo su mano e intentó tocar ese objeto que ahora no la proyectaba.


De pronto, todo fue que sus dedos lograran sentir la magia de la superficie para que empezara a dudar, no solo de que fuera un espejo, sino incluso de que ella existiera. Cuando primero sus dedos, luego la mano, el antebrazo hasta el codo y finalmente todo su cuerpo entró en aquella dimensión increíble; en eso… que debía ser un espejo, o lo fue hasta antes de esa mañana, y supo que era real: ¡empezaba a dejar de ser!.


A esa hora, ya nadie estaba en la casa; aunque, tal vez sí la chica que iba a ayudarle con el aseo, estaría barriendo y recogiendo las hojas y las flores ya marchitas o secas de sus “Patas de Vaca”, que por esa época del año empezaban a desprenderse -cómo le gustaban esas flores lila- y se volvían alfombra sobre el pavimento.


En el trabajo nadie la extrañó durante toda la semana, ni la que le siguió a esa ni las cuatro o cinco posteriores. Eso pensaba, mientras trataba de salir del espejo que la había atrapado. Pero seguía viva, lo sabía, porque seguía pensando y recordando.


No supo por qué justamente ese suceso, pero lo recordó entonces en su lucha por salir, por ser y seguir en el qué hacer para seguir siendo, recordó que una colega tres años atrás había fallecido. “-Un infarto, maestra…”, diría una de las secretarias, al tiempo que le recomendaba no subiera escaleras apresuradamente, porque llegó agitada aquella tarde. “-Igual, venía a entregar calificaciones ese día, la maestra Blanquita. …luego supimos que murió tres días más tarde”.


Con suave firmeza, suplicó: ¡por favor!, no se refieran a ella en diminutivo, nos pidió en un SADI, ¡justo en el de Montse!, que la llamáramos Blanca. Las gentiles secretarias callaron, quizás entendieron… seguramente sí.


Qué sucedió aquel día, cuál fue el embrujo del espejo que una mañana a mi amiga del alma la sorprendió con el rechazo, la desocupación: el dejar de ser… ¡No, no lo creo! Ni la sorprendió ni la atrapó. “La injusticia no me doblega, menos un mal sueño”, solía decir; y eso era lo que pensaba, justo detrás del espejo… mientras lo limpiaba.


A las diez de la mañana siguiente
Carlos Alejandro

Cerca de las siete de la tarde, Bety le marcó a Gallegos para avisarle que se había entrevistado con el dueño de una galería, para ver: “¿qué onda?”. La llamada se cortó repentinamente y Gallegos marcó de regreso. Ella le explicó que se había comprometió a regresar al día siguiente con el galerista, a la una de la tarde, para llevarle el resto de la información: la semblanza completa y las fotografías de las pinturas que habrían de exponerse.


Así es que en aquel momento, a las siete de la noche, Gallegos ya se sentía sumamente estresado: Debía tener lista la carpeta y enviada por correo electrónico antes de las diez de la mañana siguiente, para que Bety tuviese tiempo de imprimirla. Como agradecimiento por su intervención, Gallegos le realizó a Bety una cuantiosa recarga a su teléfono celular. Aquello le ayudó a tranquilizarse y escribir en una servilleta el mensaje siguiente: “Madre, debo preparar un texto, me voy a trabajar al centro comercial frente a la colonia. Me llevo tu laptop. Espero que no la necesites. Si sí, márcame, y la traigo de regreso.”


Se instaló en una mesa y ordenó una cerveza: comenzó a redactar su propia semblanza: “Gallegos hace un arte que plantea el concepto de respuesta artística a las problemáticas socio-redundantes más importantes y apremiantes, lo que implica para el espectador cuestionarse y valorarse a sí mismo ante la relación entre el servilismo de la sociedad y la complejidad de la obra, quedando al descubierto que el devenir histórico del hombre junto a la grandeza de la expresión humana y el sentimiento del artista que plasma un mensaje ancestral, no es más que la definición privada del artista; es decir, una codificación profética para alcanzar cualquier objetivo que haga uso intensivo de simultaneidades semióticas de la palabra y del color, logrando hacer hablar a una comunidad de hormiguitas robotizadas”.


No era que Gallegos se desenvolviera con naturalidad en el lenguaje de la Teoría Crítica, sino que toda aquella verborrea le brotaba de manera natural: de los dedos, no tanto de su mente, sino de los mismísimos dedos que golpeaban el teclado doce horas antes de las diez de la mañana siguiente, en la laptop de su madre.


Pudo completar la tarea esa misma noche y escribirle a Bety: “Además de mi semblanza, envío la propuesta de título “Constante” para la exposición. Por favor dile al hombre este, al galerista, que ahorita me encuentro en Monterrey organizando otra exposición y que los detalles de la instalación se los envío más adelante, ya que regrese a Chihuahua. PD: Tal vez el señor te pregunte si efectivamente estudié un posgrado en ingeniería eléctrica, dile que sí; pero por favor, no le digas que no soy pintor. PD de la PD: Necesito que esculpas tu cuerpo y te pongas bien flaca para que me acompañes a una reunión muy importante en octubre, donde habrá mucha comida. Abrazo.”


Muy temprano, horas antes de que dieran las diez de la mañana siguiente, Gallegos desayunó con otra amiga de la ciudad que visitaba, alguien que había intentado, sin éxito: ser empresaria, burócrata y maestra. Por algo, a Gallegos le agradaba su compañía: Quizás se sentía identificado. Terminaron el café y decidieron visitar la casa del padre de ella.


Al toparse con una fotografía enmarcada y colgada en la pared familiar, Gallegos encontró un parecido espectacular entre su amiga regiomontana y Bety: Ambas eran adictas a cerrar los ojos frente a la cámara fotográfica, y entendió que ambas se negaban a ser conscientes de la inutilidad de sus esfuerzos, de sus empeños por hacer una carrera. Bety había intentado ser promotora cultural, directora de grupos musicales y masajista con filosofías orientales. Nada le había funcionado; y ahora que se había transformado en representante de artistas plásticos…


Minutos después de las diez de la mañana siguiente, sonó el teléfono de Gallegos. Era Bety, que ya no creía en la pintura, que sus pasiones estéticas se movían al cine. “¿Y el tiempo que hemos invertido en esto?”, preguntó él. No hubo respuesta. El silencio fue un puente que le permitió cruzar el tiempo, una curva de trabajo acumulado que, en realidad, Gallegos no entendía, que no le servía de nada. “Bueno”, pensó para sus adentros, “tal vez sea tiempo de explorar la danza…”



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