Cultural M谩s Cultural


Musa: 驴mujer con vida propia?

MusasMusas

Autor:Olga de Le贸n   |    Publicacion:19-03-2017

+ + - -

Dulcinea del Toboso no es un retrato al que quisieran parecerse las mujeres del siglo XX ni las de este XXI, en el que ahora estamos viviendo todav铆a

“Entre musa o mujer, elijo ser”

Un día por la mañana, llegó a casa sin previo aviso. Simplemente entró y se quedó. Hasta que murió o se alejó de nuestro lado: quizás se fuera a otra casa, alguna ciudad cercana o a otro país o continente. Me habría gustado saber qué rumbo tomó. Jamás pude averiguarlo ni enterarme de ello.

Entre la llegada y su partida hubieron de transcurrir poco más de dos años; no fue algo “de la noche a la mañana”, aunque aquí debiera decirlo invertido: “de la mañana a la noche”, ya que llegó con el amanecer y se fue ya declinado el día. Pues sí, no fue corta su estancia; no. Se quedó y caló hondo en los sentimientos y emociones de los que por entonces, allí vivíamos.

Era un remolino, nunca se estaba quieta. O nos divertía, o se divertía a sí misma: fuera con sus ocurrencias, o a costa de su propia persona. Si se le puede llamar persona a aquel ser intangible que penetró por la puerta lateral, la de la estancia-biblioteca, como un viento cálido en pleno invierno. Y se divertía moviendo las cosas que dejábamos en cierto lugar, según acostumbrábamos, cambiándolas y haciéndonos batallar para encontrarlas.
¿Que cómo sabíamos de su presencia no corpórea, pero sí real? Porque acostumbraba dejarnos pistas para hallar lo que nos movía de lugar; además, cuándo o cómo, nunca lo supimos, pero escribía mensajes y cartas; a veces a uno o a todos los moradores de la casa. Sí, de esa casa que suponíamos solo nuestra.


Toda la familia estaba convencida de que debía ser mujer por los rasgos de sus grafías y por lo juguetona que era con todos nosotros: los reales y verdaderos habitantes de la casa. Algunos de mis hermanos solían burlarse de ella tanto como de mí y mis ideas de que la personaja era real. Pero allí estaba, e interactuaba con el que se dejara. Lo cierto es que sí los intranquilizó un poco, al menos el primer año.


Luego nos fuimos acostumbrando, aunque tres de mis hermanos juraban que era yo misma quien les jugaba algunas bromas; con el paso del tiempo, preferí dejarlos en esa creencia, pues pensé y aún así lo creo ahora, que por entonces sería lo más sano para mis hermanos menores, incluso para mamá y papá. Luego sabríamos, ellos y yo, la verdad de todo este episodio en nuestras vidas.


Un domingo, jaló las sábanas y cobijas de al menos tres de los ocho habitantes de aquella casa, no muy grande, pero sí de cupo completo. Entre ellas las mías, las de mi madre y uno de mis hermanos, el más reacio a creer en su existencia y también el que menos miedo sentía de las cosas extrañas que nos sucedían desde su llegada. Si por entonces, yo tendría apenas doce o trece años, mi hermanito, el mayor de los varones estaría por llegar a los doce o recién los habría cumplido.


Después de ese domingo, mamá le achacó a nuestro padre -en el desayuno lo comentó- que sin querer la había destapado completamente; aunque habríamos de enterarnos, que a él también lo destapó aquella divertida inquilina: desde el cuello hasta la cintura, pero no le descubrió los pies. Así que mamá no dijo nada más, si bien no entendió qué había pasado, tampoco le preocupaba saberlo: seguro, se dijo para sí, “fue mera casualidad o un poco de movimiento mientras dormía”.


Por esa etapa, mi lectura favorita era El Quijote, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y estaba casi por terminar los ocho tomos que tenía mi padre, de una de las primeras ediciones en el país, de la obra de Cervantes, comentada por el más grande y mejor de sus comentaristas –que se guarda muy bien de hacer ningún comentario impertinente-, don Francisco Rodríguez Marín. La leí lentamente, me tardé algo más de dos años y medio, porque leía y releía. Que al fin y al cabo, por ser tan joven la lectora y tan maravillosa la obra, fue un gusto regodearse en ella e ir aprendiendo algunas líneas de memoria; para lo cual había que releer, lo que hacía solo de noche y ya en la cama, con la puerta cerrada, para que no entrara papá a apagar la lamparita bajo la cual ponía las páginas del tomo en cuestión…y leía hasta la madrugada si era viernes o sábado.
Así, con esa técnica, al día siguiente de la última parte leída, había de empezar tres o cuatro páginas atrás, justo antes del final del capítulo en el que me había quedado. Porque eso sí, jamás me dormía sin haber leído el capítulo completo, como que cada uno se me hacía que era una historia completa o cuento, salvo algunos en los que se lleva más de un capítulo para terminar la historia de la aventura y dejarlo como un cuento acabado, Cervantes.


He de confesar que todo lo arriba dicho, no ha sido por presunción o adulación a mi persona; que finalmente a quien hago justicia si halago alguno hubiese, sería a nuestro padre, quien siempre se ocupó de que tuviésemos los mejores alimentos para el cuerpo y, especialmente, para la imaginación y el espíritu. Pero no niego que he querido referirlo tal cual, para dar indicios del fantasma que entró en nuestra casa una mañana cálida, como suelen haberlas en esas ciudades del norte, donde el invierno es tan corto que a veces no da tiempo de sacar los abrigos, cuando ya los estamos guardando. Pero eso sí, cuando hace frío, este es intenso, aunque no haya más de cinco o siete días de gélidas temperaturas y vientos fríos.


Fueron poco más de dos y medio años, realmente divertidos; al menos, para mí. Nunca comenté de quién sospechaba que se había adentrado en nuestras vidas, porque definitivamente me habrían culpado de su presencia o se burlarían de mi imaginación fantasiosa y habrían quedado convencidos, mis hermanos, de que era yo quien desempeñaba el oficio del fantasma.


Pero eso no sucedió. La realidad era muy simple: el poder de la lectura, de la letra impresa y el deseo de una adolescente por volver realidad lo que de hecho no lo era, la llevó a darle vida a la menos destacada por sí misma, o por su propia gloria, cerebro y cuerpo de cabeza a pies, a ese personaje femenino que solo tiene valía como amor de ensueño y fantasía en la locura de don Quijote. Esa heroína que tanta falta le hacía conocer, para tener a quién ofrecerle sus batallas y toda su vida de aventuras y de enderezar entuertos, en la gran novela de Cervantes: Aldonza.


Sí, en la mente de otra fémina, bastante joven aún, entró la idea de volverla famosa y graciosa y dueña de sí, a través de revestirla como fantasma que viene a introducirse en una sencilla casa mexicana -aunque norteña y por ello poco típica-, donde Aldonza será poderosa por ser ella misma, sin la posada y sin el aporreado héroe de mil batalla como fue el Quijote, Quijana o Quezada, que bien a bien no se sabe cómo se llamaba, pero que fue él quien le dio vida digna a su Dulcinea del Toboso. En cambio, de Aldonza sabemos que fue precisamente su Dulcinea, y no otra, que aquella nunca existió realmente, ni siquiera como esta, mera ficción.


Dulcinea del Toboso no es un retrato al que quisieran parecerse las mujeres del siglo XX ni las de este XXI, en el que ahora estamos viviendo todavía, algunas de las nacidas hacia la mitad del anterior.


Y, sin embargo, tantas hay como Aldonza, más de las deseadas por los que amamos la justicia y la libertad. Tantas que siguen realizando faenas demasiado pesadas para su condición y que, además, nunca llegarán a ser la ilusión de algún gran loco o caballero armado, como don Quijote; ¿o sí? Tal vez así será en alguna parte, y yo me engaño pensando que todo sigue igual o peor para las mujeres no solo del campo, sino aun en los cordones de miseria de las metrópolis y en el corazón de estas.


El fantasma de la Anzaldúas y los Naranjos, un día se esfumó. Quien la trajo al mundo en pleno siglo XX, una década después de la mitad del siglo, se la llevó con ella el día que partió de la casa paterna para ir en busca de su propio destino, siguiendo al pensamiento y las letras, así que un día, buscó estudiar Filosofía. …y, luego, habría de volver a la pasión por la palabra impresa, las letras y los garabatos de ideas o fantasías que ella sueña que son cuentos y que algún día, podrán armarse como novela.



« Redacci贸n »
No hay comentarios
Para publicar un comentario relacionado a la nota por favor llene todos los campos del siguiente formulario