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Pequeño homenaje a Eduardo Wilde: La lluvia

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Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:04-08-2019

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Decía y se embelesaba en repetir tal creencia como su personal filosofía sobre el ser del yo y la existencia de los otros

Hambre homérica


Olga de León


Miraba por la ventana cómo la lluvia caía incesante, y aunque a ratos parecía escasa no paraba el tintineo sobre los cristales de las casas y las baldosas de mosaicos artesanales en aquella parte, donde ella vivía.


Le gustaba ver llover, era su fascinación a la hora que fuera que le tocara presenciar la caída de lluvia o chubascos. Nunca supo si por los sonidos o por la mera contemplación del ambiente, especialmente cuando se tornaba o semejaba el otoño: cielo pálido sembrado de grises nubes y algo de niebla u opacidad en derredor.


A veces llegó a pensar que algo en su ser y en su origen, quizás provenía de lugares muy lejanos y muy diversos a la tierra que la vio nacer, y a donde había vuelto después de años de ausencia. Era su terruño más bien árido y semidesértico. Allí llovía pocas veces al año y solo durante esporádicos meses, por algunos días.


Pensaba, o creía que lo hacía, en que las más de las veces que miraba la lluvia desde su ventana favorita, no era -no en realidad- ella quien estaba dentro de esa casa, sino algún antepasado que la estaba viendo ojándose alegremente bajo la lluvia. Era la niña que saltaba, solo por saltar, y sin esquivar los charcos.


Esa sensación de ser otro, y de contemplarse a sí misma fuera de su mirada, de su espíritu y de su cuerpo, se fue haciendo una costumbre que la encausó a estudiar Filosofía. Sí filosofía y no, medicina.


Sabía perfectamente que aquello era una fantasía, un juego que le permitía ver más allá de lo que todos ven. Del mismo modo que se preguntaba, “por qué había nacido siendo quien era; por qué sus padres eran esas personas con quienes vivía. Acaso no sería realmente la niña de la casa de la esquina, o la que muchas veces vio -cuando asistía a misa con su madre- sentada junto a una mujer humilde, muy humilde, con la mano extendida pidiendo limosna.


Esa tarde la lluvia parecía como si no quisiera dejar de caer. Había empezado a media mañana y si por momentos coqueteaba con irse y no regresar, volvía aún con más fuerza, incesante. Lluvia enamorada de la mirada de la niña en la ventana, feliz de danzar a ritmo de vals que fue degenerando en blues y jazz.


…Y la niña y su mirada se transformaban en adolescente y luego en adulta joven que se proyectaba en los fantasmas del amor y la desilusión ante las mentiras disfrazadas de verdad que veía en algunos transeúntes, temerosa de que ellos la vieran con iguales ojos.


Aún había iluminación de día, salía por entre los huecos en el cielo que interrumpían la sábana gris de nubes tendidas a lo largo del firmamento, dejando pasar algunos tenues rayos de luz, cuando un ramillete de truenos y relámpagos estremecieron el alma de la niña enamorada de la lluvia, que miraba tras la ventana cómo su figura estaba afuera, por más que a ella nadie le creyera tal dualidad de su existencia.


Soy y no soy la misma, porque fui y seré yo y los otros… Decía y se embelesaba en repetir tal creencia como su personal filosofía sobre el ser del yo y la existencia de los otros.


Para entonces, he decir con Eduardo Wilde: “Las nubes viajaban, en montones arrastradas por caballos invisibles que el vívido relámpago apuraba tocándolos con látigos de fuego”. Como cuando siendo yo niña reía alegremente porque ante tal amenaza de lluvia no saldría a jugar fuera de la casa. Por el contrario, jugaría con mi imaginación viendo desde mi ventana favorita la danza de las gotas gordas de la lluvia y su golpeteo que en mi oído sonaban a concierto celestial: bendita lluvia para mi tierra hambrienta y sedienta de vida.


No sé qué tanto la lluvia me alimenta o me deja hambrienta de tantas ideas y fantasías que quizás nacieron en la juventud y se fueron acendrando en la adultez, para finalmente madurar con los años hasta volverse una constante del hambre homérica y deliciosa con la que me reencuentro, cada vez que en mi alma y mi mirada se acendra la sequía del hartazgo que me causa la monotonía o falta de hambre. por vivir: siendo y no siendo yo y la misma: la de ayer que no se olvida ni desprecia su pasado, la de hoy que no acaba de ser ni de encontrarse, porque le falta la mirada del otro que la confirme e identifique y la de mañana…


Esa es el hambre homérica, un hambre por ser en sí mismo y en el otro la delicia de saberse amado y amar al prójimo como a sí mismo: ilusión de una filosofía que con frecuencia se queda en mera lluvia de ojos que saben que se mienten y por eso lloran.


La tarde siguió dejando caer la risa del cielo, como si supieran que mi pensamiento se ahogaba con la prolongada sequía que adivinaba tras la ventana de aquella casa...

Convalecencias


Carlos A. Ponzio de León

Convalecer es una suprema delicia: Puede uno disfrutar de estar en casa, y de renacer una vez sanado. No soy el primero que lo afirma. Eduardo me platicó de ello.


Hay quienes reposan diariamente en sus casas; pero para Eduardo, las semanas de trabajo se acumulaban en meses, y luego en años. Muchos de sus fines de semana, también aglutinaron horas de trabajo, hasta que un domingo, inundado de estrés por un reporte que debía entregar al día siguiente, lo hizo resbalar de las escaleras de su oficina y quedar en cuclillas. Ya no pudo levantarse. Hubo que llamar a una ambulancia que lo trasladara al hospital, a urgencias. Ahí lo inyectaron.


Al principio, el olor a alcohol del hospital no fue suficiente para hacerlo recapacitar: “El trabajo es mi vida”, se decía constantemente en la camilla, dentro de la bata azul que ahora vestía. Pero no tendría de otra más que cambiar de opinión, esa misma semana. Físicamente, no podía permanecer en otra posición que no fuera recostado: imposible que pudiera descargar su estrés a través de los dedos y el tecleo en su computadora. Habría que permanecer en casa descansando.


A los cuarenta años, era como si acabara de descubrir la lluvia por primera vez. La vio caer el lunes por la tarde, desde su ventana en el cuarto piso del edificio de departamentos donde vivía. Observó al cielo destrozarse lanzando un grito de agua sobre el pavimento, sobre los techos de los autos y sobre el correr de la gente.


También descubrió la lluvia en su taza de café, y se le iluminó el rostro al escuchar el redoble de los árboles, en el parque de enfrente, cuando las gotas de lluvia eran atrapadas y mecidas por las hojas. Descubrió el agua de lluvia en la voz de un tenor, y en el cielo implacable y sus espinas húmedas que se clavaban en los campos.


Descendió de su corazón un torrente sanguíneo que lo hizo sentir vivo: líquido rojo que viaja por alcantarillas doradas, nubes cargadas de miradas que dejan caer sus lágrimas. Así se sintió cuando comprendió el tiempo que había dejado correr, a lo largo de su vida, por alcantarillas sin provecho.


Escuchó caer la lluvia, de nueva cuenta, el martes. Ese día se desprendió de sus sueños de adulto, comprados en quién sabe qué tendajo ubicado en la ciudad: en las oficinas, en las escuelas, durante los fines de semana en el súper mercado, en los restaurantes y las banquetas. Experimentó tal nostalgia que encendió la radio una vez que la lluvia cesó. Escuchó canciones de amor, y aceptó que no eran ridículas. Cerró los ojos y soñó despierto con su amor de juventud, que quién sabe en quién se habría convertido sin él.


El miércoles seco, de sol rebosante y cielo sin nubes, extrañó la lluvia. El jueves pensó en que deseaba que su convalecencia nunca concluyera. Tenía ávidas ganas de viajar a través de los libros de su biblioteca, los que nunca había leído, deseaba recostarse sobre el pasto del parque frente a su departamento, esperando empaparse con agua fría de lluvia. Llegó a la conclusión de que necesitaba un nuevo propósito en la vida.


El viernes lo encontró: Habría de retomar un par de sueños de juventud. Se empaparía en el aroma de ellos. La oficina dejaría de ser el centro de su vida. Encontraría un amor con quién compartir los platillos que prepararía los fines de semana: pasta y camarones, carne y frutas, guisos espectaculares como la lluvia que en ese momento imaginaba, bañando su rostro cubierto de lágrimas.



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