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Seguir a Jesús

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Autor:Felipe Bacarreza   |    Publicacion:30-06-2019

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“Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”.

 

El Evangelio de hoy comienza indicando una decisión firme de Jesús: “Se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén”. Se trata de una decisión explícita, pues en un pueblo de samaritanos por donde debía atravesar, no lo recibieron, “porque tenía intención de ir a Jerusalén”. ¿Por qué tanta insistencia en esa meta? La respuesta se encuentra poco antes, donde se especifica el tema de la conversación que Jesús mantenía con Moisés y Elías durante su Transfiguración: “Hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén” (Lc 9,31). Es claro que Moisés y Elías en esa situación tan solemne no pueden hablar con Jesús sino de lo más esencial de su misterio: su partida de este mundo para entrar en la gloria. Por eso el Evangelio especifica: “Se iban cumpliendo los días de su asunción”. El Evangelio de Juan es aun más explícito: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo el Padre... amó a los suyos hasta el extremo” (Jn 13,1). Pero su “partida”, su “asunción”, su “paso de este mundo al Padre” no podía realizarse sino a través de su muerte. Esto es lo que urge a Jesús y para eso se dirige a Jerusalén.

Esto es lo que hay que tener en mente al leer el relato de las tres vocaciones que a continuación nos refiere el Evangelio. En efecto, ellas se introducen con una circunstancia que evoca la meta de Jesús: “Mientras iban caminando” –se entiende: hacia Jerusalén-, y todas consisten en asumir ese misma meta: “Te seguiré... sígueme... te seguiré”. Examinemos cada una.

El primero se ofrece a seguirlo con una disponibilidad admirable: “Te seguiré adondequiera que vayas”. Esta decisión es semejante a la de Pedro cuando promete seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias, es decir, adondequiera que vaya: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte” (Lc 22,33). Algo hay en ambos ofrecimientos que no convence a Jesús; hay demasiada confianza en sí mismos. A Pedro responde: “No cantará el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces” (Lc 22,34). Y a este otro lo pone ante las exigencias del seguimiento: “La zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Jesús quiere examinar la sinceridad de ese “adondequiera”. No sabemos qué desenlace tiene.

El segundo es elegido por Jesús: “Sígueme”. La respuesta es más normal: hay una objeción a responder inmediatamente. Se pide una dilación para hacer algo antes, que en este caso es lo más importante: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Éste tiene que velar por su padre anciano y no es libre para responder mientras viva. Le parece que este deber prevalece al llamado de Jesús. El Evangelio nos dará una enseñanza también a nosotros: nada prevalece ante una orden de Jesús, sobre todo, cuando esta orden es a seguirlo a él: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios”. “Anunciar el Reino de Dios” es lo mismo que seguir a Jesús, pues esto es lo que Jesús hace.

El tercero también se ofrece, aunque no tan incondicionalmente como el primero. Éste está dispuesto, pero pone una condición: “Déjame antes despedirme de los de mi casa”. Jesús comprende que en esta petición expresa nostalgia por su familia y que esto le impide entregar todas sus energías a la misión: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”.

 



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