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Hay que proteger este sacramento

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Autor:José H. Gómez   |    Publicacion:23-06-2019

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No podemos permitir que el gobierno entre en nuestros confesionarios para dictar los términos de nuestra relación personal con Jesús.

 

 

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En esta solemnidad de la Santísima Trinidad, les escribo acerca de un asunto importante.

La legislatura de California está considerando un proyecto de ley que eliminaría el derecho completo a la confesión tanto para los sacerdotes como para todos los que trabajan con sacerdotes en parroquias y organizaciones de la Iglesia a todo lo largo y ancho del estado.

Nuestros legisladores tienen buenas intenciones puesto que quieren prevenir el abuso infantil. Pero no hay evidencia de que esta legislación vaya a lograr eso. En lugar de ello, es algo que constituye una amenaza contra una práctica que es esencial para nuestra fe e identidad religiosas.

El Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, es decir, lo que llamamos Confesión, fue el primer don que Jesús le dio al mundo después de resucitar de entre los muertos. En la primera noche de Pascua, Él sopló sobre sus apóstoles —sobre sus primeros sacerdotes—, infundiéndoles su Espíritu Santo y les concedió el asombroso poder de perdonar los pecados en su nombre.

Jesús nos dio este don con el fin de que pudiéramos acudir siempre personalmente a Él, para confesar nuestros pecados y buscar su perdón y la gracia de seguir adelante en nuestro recorrido de cristianos.

En la práctica, este sacramento se lleva a cabo en el contexto de una conversación humilde y honesta que tenemos con un sacerdote, que ha sido ordenado para servir como signo e instrumento del amor misericordioso de Cristo hacia nosotros, los pecadores.

Confesamos nuestros pecados, no a un hombre sino a Dios. El sacerdote actúa tomando el lugar de Jesús, y las palabras que él escucha en el confesionario no se le dicen a él; son palabras que se dirigen a Dios. Por este motivo, el sacerdote tiene el deber sagrado de guardar el sigilo sacramental y de no revelar nunca lo que escucha en la confesión sacramental, por ninguna razón.

Esta antigua práctica asegura que nuestras confesiones sean siempre comunicaciones íntimas con Jesús solo.

Y como todos sabemos, es un gran alivio poder hablar con Jesús con total libertad y completa honestidad en el confesionario. Hablamos de nuestro amor por él; expresamos nuestra tristeza por nuestros pecados y nuestra sincera intención de no cometer estos pecados nuevamente. Aceptamos la penitencia que se nos da, recibimos una orientación espiritual y un aliento para seguir adelante. Y a través del ministerio del sacerdote, Jesús nos habla personalmente, con palabras que nos liberan: “Yo te absuelvo de tus pecados”.

Todo lo que rodea a esta hermosa relación está basado en la garantía divina de que lo que le decimos a Jesús en este sacramento permanecerá como algo privado y confidencial.

Por eso los exhorto a escribirle hoy a sus legisladores.

No podemos permitir que el gobierno entre en nuestros confesionarios para dictar los términos de nuestra relación personal con Jesús. Desafortunadamente, eso es lo que esta legislación haría.

Necesitamos su ayuda para proteger este sacramento de la Iglesia y para hacer que la confesión siga siendo algo sagrado. Y tenemos que continuar con nuestro compromiso de construir una sociedad en la que todos y cada uno de los niños sean amados, protegidos y estén seguros.

Les agradezco que me ofrezcan esta oportunidad de compartir mis reflexiones con ustedes, queridos hermanos y hermanas. Tengan la seguridad de que los tengo presentes en mis oraciones diarias. Y les pido que por favor oren por mí y por mi ministerio.

Los encomiendo a ustedes y a sus familias al cuidado amoroso de María, nuestra Santísima Madre. VN



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