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Una señora bonita

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Autor:Olga de León   |    Publicacion:09-06-2019

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Triste realidad la de la Salud en nuestro país, y eso que para nosotros, los de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), es de lo mejor, comparados con...

Pronto comenzó a llenarse de pacientes, al poco tiempo de que yo arribara. Había alcanzado lugar en donde sentarme y permanecí en él casi media hora, en ese lapso revisé dos exámenes. Había ido con mi paquete de finales, pues sabía que tendría que esperar antes de que fuera mi turno. Así era siempre, según recordaba, aunque hacía mucho que no iba, más de ocho años.


Me levanté para preguntar en recepción si podía ver a la nutrióloga y si la directora de ese departamento seguía siendo Paty… Lo primero no sería posible, pues ahora se sacaban las citas por teléfono: yo no lo había hecho, y el horario de consultas para ese mismo día, estaba completo; a lo segundo, me respondió el recepcionista, que sí: era la doctora Paty. Me dio gusto, pues la conocía y sabía que era una persona agradable, quien en otra ocasión me dio una dieta para combatir el hipotiroidismo.


En cuanto giré sobre mi propio eje, me di cuenta de que la sala se había llenado y mi asiento había sido ocupado. Busqué un rinconcito en donde no estorbara y pudiera seguir esperando. Entonces, recordé que tenía que buscar que me dieran consulta para ese momento con algún médico general y que él solicitara mi medicina, porque en nuestro Campus universitario no les había llegado y no sabían cuánto más se tardaría: había dejado de tomarlo once días y no debí hacerlo.


Así que me paré delante de la gente sentada en las sillas y pregunté: “¿Quiénes de los que vienen a consulta con Traumatólogo tienen las fichas 2, 3 y 4…” Acto seguido, dos levantaron sus manos y uno de ellos muy amablemente me informó, la número 2 acaba de entrar al consultorio, yo tengo la 3; yo la 4 dijo una mujer más joven (ahora, casi cualquiera es más joven que yo). Les agradecí y caminé hacia la Coordinación para hacer el trámite. Lo logré.

Regresé a la sala de espera y pregunté al encargado a dónde debía ir a consulta con médico familiar… en eso, alguien que salió del último consultorio me nombró. Fui allá, toqué a la puerta, nadie abrió, pensé que me había equivocado de consultorio, pero no. Tres o cuatro minutos después, salió un médico muy joven y me dijo que pasara. Le expliqué para qué solicité cita y, en menos de cinco minutos, me avisa que ya puedo pasar por el medicamento. Le agradecí y salí del consultorio. En la sala de espera de los pacientes, confirmé que aún estaban allí las dos personas que iban antes que yo con el Traumatólogo. Otra vez salí de esa sala y ahora me detuve junto a la farmacia. Con un ojo hacia la puerta de cristal de las consultas en ese mismo piso 1, o Planta baja, y el otro a la ventanilla donde se entregan los medicamentos, esperé: tres minutos, y escuché mi nombre, recogí las pastillas y firmé el comprobante de entrega. Fue muy rápido.


Regresé a la sala de espera, antesala de consultas diversas. En cuanto entré, un señor me ofreció su lugar, le dije que no, que yo estaba bien de pie. No me hizo caso -aún hay caballeros que dan su lugar a las mujeres, o al menos a las de la tercera edad-; para mala fortuna de ambos, no me senté, pero sí un señor que iba entrando: vio el lugar que dejaba el otro, y de inmediato fue a ocuparlo. Nos miramos: el que se levantó y yo, sonreímos y creo que pensamos lo mismo: “nadie sabe para quién trabaja”.


Entonces, una niña al otro lado del lugar recién ocupado, con audífonos en sus orejas se levantó y me ofreció me sentara, quise rechazar la oferta, pero pensé que no sería la mejor opción.


Al poco rato, a una señora bonita (por la dulzura y la paz que trasmiten su mirada y su rostro), sentada del otro lado del señor, y en quien noté me había estado viendo mientras estuve parada, me le acerqué inclinando mi cuerpo y le pregunté si me había “cachado” cuando seguí con la mirada a la mujer que vestía tacones, alhajas, vestido rosa fuerte y peinada de estética… en fin, arreglada más o menos como para una fiesta, no para un consultorio.

Añadí, sí, la que iba tomada del brazo de un hombre que no puedo asegurar que fuera el esposo, pero sí su pareja.


Por toda respuesta, ella sonrió apenada, como si la hubiese pillado en su pensamiento. Entonces le dije, mire, qué cosas, usted no solo es una hermosa mujer por fuera, también su interior es bello. Para este momento, el señor que estaba entre ambas se había levantado y la niña regresó a su lugar, era la nieta de la señora, pues la llamó y le dijo: oye lo que me acaba de decir ella, me miró y no tuve más remedio que repetir la flor, una flor que con gusto le regalé, pues yo no mentía: “tu abuelita es una hermosa mujer”. Y lo era, más joven que yo, al menos 15 o más años menos que los que yo llevo encima.

Claro, ella no sabía mi edad ni importaba.


-Soy viuda, -me dijo de pronto. -Mi esposo murió apenas hace dos años… -de qué edad -tenía cincuenta y ocho. -Joven aún, -le dije, y ella asintió con su cabeza. Pero alégrese, añadí torpemente, queriendo sacarla de su recuerdo, a lo mejor ahora usted vive mejor, sin regaños o malos humores ni pleitos.

Me miró con ternura y sonrió con sus ojitos entre azul y pardos, al tiempo que añadía: -no se crea, también eso se extraña cuando ya nos quedamos solas. Su tamaño creció ante mi mirada, a pesar de ser una señora menudita y delgada, la vi fuerte, grande y valiosa.


Hubo un pequeñísimo paréntesis de silencio entre las dos (ella pensando en su difunto; yo, en mi vivo aún, que ni viejo se le ha acabado el carácter, y al mismo tiempo, pensé: afortunadamente, porque eso lo mantendrá con dignidad y fortaleza para defendernos a ambos, a todos, incluidos los hijos, cuando lo necesitemos). Luego volvió a sonreírme y me dijo, sí, sí noté su mirada sobre la señora esa, la “elegante”, y creo que pensamos lo mismo, añadió bajito y tapándose la boca (gesto que me hizo recordar a mi querida suegrita).


No pudimos continuar con nuestra charla, en la que más hablábamos con la mirada que con palabras. Y esto es mucho decir de la que escribe, para quien platicar es parte de su esencia. No puedo permanecer sin decir ni siquiera pío porque entonces seré otra, una hipócrita o falso yo: me gusta la gente, me gusta mirar hacia adentro, no cómo visten sino cómo luce su ánimo y su espíritu: eso es lo que vi en la “elegantemente vestida” de rosa fuerte, no su exterior. Y algún día la haré personaje de una de mis auténticas ficciones.


Apenas la llamaron a ella del otro extremo de la sala, a mí salió a nombrarme el mismo doctor en traumatología. Pasé a la consulta dos horas después de haber llegado a la recepción, dar mi número de expediente y recibir mi turno. No había visto afuera a los que me precedían en turno... ¡habían ido al baño!


Entré. Para entonces, los dolores se habían ido, mi brazo podía moverlo con cierta facilidad, la muñeca, antebrazo y hombro ni los sentía. El médico me pareció muy joven, aunque él dijo que no lo era, ¡claro que sí!, 41 años es la edad de uno de mis hijos. Su nombre me recordó a su padre, excelente médico, con quien seguro más de una vez asistí a consulta. Me ordenó estudios –ahora todo es digital-, y fui a Radiología. El remedio que yo buscaba, era más de lo que hasta ahora he recibido: no quiero que me den cada vez más potentes analgésicos o drogas, quiero saber qué puedo hacer para quitarme los dolores. Quizás esperaba estudios de ultrasonido, terapia rehabilitadora, pero de ya, empezar ese mismo día… No, así no funciona nuestra medicina oficial… Apenas iré a consulta con el médico de Rehabilitación, para que diga las terapias que debo recibir y durante cuántas sesiones, el 17 de este mes de junio, fue lo más próximo que logré. Esperé y toleré demasiado los dolores… el trabajo siempre me rebasa: ¡3 meses!


Y siendo mi problema principal el de los nervios que atraviesan el cuerpo, la columna y la circulación, se ordenaron radiografías, aunque en ellas eso no salga. Espero que la próxima vayamos al punto. Porque puedo ser medio despistada en apariencia y muy platicadora, pero lo vieja no me ha quitado un ápice de mi modesta inteligencia ni del funcional cerebro.


Triste realidad la de la Salud en nuestro país, y eso que para nosotros, los de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), es de lo mejor, comparados con...



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