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El Espíritu Santo os lo enseñará todo

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Autor:Felipe Bacarreza Rodríguez   |    Publicacion:09-06-2019

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El día de Pentecostés vino sobre los apóstoles el Espíritu prometido y les concedió comprender el misterio de Cristo y ser sus testigos.

En la última cena con sus discípulos, entre todas la cosas admirables que Jesús les dijo, hizo esta afirmación: “La palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado”. Leemos esta afirmación y debemos reconocer que no somos capaces de captar su sentido. En efecto, escuchamos a Jesús decir palabras que son de nuestro lenguaje terreno –cada palabra la puede entender hasta un niño-, y él asegura que esas palabras son de Dios, ¡de Dios, que es infinito y a quien “nadie ha visto jamás”! (cf. Jn 1,18; 1Jn 4,12). ¿Cómo se entiende esto?

Algo de esto intuyó Pedro, cuando, a nombre de todos los apóstoles, dice a Jesús: “¿Dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). Aunque en ese momento no entendían las palabras de Jesús, comprendían que esas palabras tenían algo inefable, que esas palabras no las podía pronunciar ningún otro hombre de esta tierra, que esas palabras eran “de vida eterna”, que equivale a decir “de Dios”.

Estamos tocando el misterio de la condescendencia divina: “En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas” (Catecismo, 101). Jesús habló el arameo de su tiempo. Pero no es necesario aprender esa lengua, pues esas mismas palabras las tenemos nosotros traducidas al castellano. Con nuestra propia capacidad intelectual las podemos leer, pero con nuestra propia capacidad intelectual no podemos entender lo que Dios quiere revelar con ellas, pues esto es trascendente y supera toda capacidad humana. Entonces, ¿para qué nos habla?

Sería inútil que Dios nos hablara con lenguaje humano, si al mismo tiempo no enviara a nuestros corazones el don de su Espíritu que nos instruye internamente, dándonos a conocer el sentido de esas palabras. Tal vez la revelación más esencial de Jesús es que Dios es nuestro Padre y que, por tanto, nosotros, simples hombres, somos hijos de Dios. Si alguien ha entendido esto verdaderamente, toda su conducta debe ser coherente. Pero esto es imposible a las fuerzas humanas. Por eso “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ‘¡Abba, Padre!’” (Gal 4,6). Sin esa acción del Espíritu no podríamos comprender jamás, ni creer, que somos hijos de Dios.

Esto es lo que explica Jesús cuando, en la última cena dice a sus discípulos: “Os he dicho estas cosas estando entre vosotros”. Se refiere a esas cosas que la inteligencia humana no puede comprender, pero que están destinadas a ser reveladas gracias a la acción interior del Espíritu Santo. Por eso agrega: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho”. La acción del Espíritu que Jesús promete a sus discípulos consiste en “recordarles” las palabras de Dios que Jesús expuso y hacerles comprender el misterio que encierran.

Si esto no es dominio de la inteligencia humana, ¿cómo lo concede el Espíritu? El Espíritu lo concede infundiendo en nuestros corazones el amor, pues “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, y quien no ama no ha conocido a Dios” (1Jn 4,7-8). El día de Pentecostés vino sobre los apóstoles el Espíritu prometido y les concedió comprender el misterio de Cristo y ser sus testigos.

 



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