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Pequeño homenaje a Ambrose Bierce

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Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:14-04-2019

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Así fue como el Principio Moral pasó aquella noche de festejos en un pueblo que celebraba el Día Nacional del Interés Material: borracho, desnudo, golpeado

La ciudad de los privilegios morales


Olga de León

Desesperada por entrar en la Ciudad de los Privilegios morales, una mujer decidió ir al encuentro del que creía debía ser su verdadero destino, así que, una noche huyó de casa y emprendió el camino hacia tal Ciudad, que era también la ambición y anhelo de casi todas sus amigas. Estando ya definitivamente involucrada en la aventura, tras su salida del pueblo y de su hogar, a la mañana siguiente, cuando el sol despuntaba en lo alto de las montañas y ella marchaba a paso firme y seguro, de pronto se detiene al ver frente a ella una bifurcación de caminos, que la confundió.


¿Por cuál debo seguir?, se preguntó en silencio. Y, pues si bien traía con ella un pergamino con algunas indicaciones sobre cómo se llegaba a la Ciudad de los Privilegios morales, sin embargo, nada encontró en él que hablara de tal bifurcación. Así que se tomó una pausa para pensar al respecto. Se sentó bajo la sombra de un enorme y frondoso encino, mientras cavilaba por cuál de los dos caminos debía continuar su marcha, para llegar al anhelado destino.


En eso estaba cuando apareció junto a ella una mujer que sospechó o intuyó que provenía de la Ciudad de los privilegios morales; y así lo creyó, tanto por el vestuario que lucía, como por los modales con que le dirigió la palabra. De suerte que, confiada en su instinto, nuestra amiga en busca de qué camino tomar, consultó a la recién aparecida, como salida de la nada o de un cuento, y puesta frente a ella, sobre qué hacer. La educada mujer le dijo que siguiera por el camino a su izquierda, viendo de frente la bifurcación.


A ese camino, le dijo la dama consultada, se le conoce como Vía de las “Buenas gentes”. La mujer que desesperada había huido de su casa, agobiada por la tristeza y los desencantos padecidos durante años, le dio las gracias. Entonces, levantándose de donde estaba sentada, a la sombra del sauce enorme, y a punto de continuar su camino por la ruta señalada, la recién aparecida que le resuelve el acertijo sobre qué camino seguir, la tocó en el hombro izquierdo, y le dijo: -Cómo que te vas así nomás. ¿Acaso estimas que mi información no vale monto alguno de tus riquezas o bienes? -¡Oh!, usted disculpe bondadosa dama, -le contestó la desesperada. –Y, sacando de entre sus ropas un par de doblones de oro, se los entregó gustosa, y aquella desapareció al instante.


Continúa, al fin, el camino, doblemente entusiasmada; pues ya sabía por dónde llegaría a su destino y, además, empezaba a sentirse privilegiada en actos bondadosos, pues dio gran recompensa a quien la ayudó a decidir por dónde debía seguir. Sin embargo, apenas había andado un par de leguas, cuando comenzó a sentir debilidad y cansancio. Miró en derredor, y se dio cuenta de que dentro del camino se hallaban muchas veredas, entonces, un pensamiento la dominó: por allí, en alguna parte, debía encontrarse algún lugar donde pudieran descansar los viajeros que iban en pos de arribar a la Ciudad de los privilegios morales.


Con esa idea en la cabeza, sucede que le sale al encuentro un Topo bastante más grande que cualquiera de los topos comunes y corrientes. Y que, además, ¡hablaba!


- Parece que algo os inquieta o queréis saber, ¡mi distinguida dama! A la mujer desesperada no la sorprendió tanto el que el Topo hablara, ni que fuera del tamaño o estatura apenas si un poco menor que cualquier chiquillo de dos años, sino la inteligencia de que daba muestra el singular personaje. Y la dejó estupefacta que adivinara lo que ella pensaba, cuando le dice: “- sé de un lugar que no queda muy lejos de aquí, es un túnel que conozco muy bien, allí podréis descansar, asearos y acicalaros un poco para cuando estéis frente a la Ciudad de los privilegios morales.


La mujer, que realmente estaba cansada, aceptó la propuesta del señor Topo; aunque sorprendida de que supiera hacia dónde iba ella. Caminó y caminó, siempre yendo detrás del topo. A poco de haber andado por el túnel, recordó por qué realmente había salido de su casa, iba en busca de algo valioso para los suyos. Le habían dicho que buscara la Ciudad de los Privilegios morales.


Finalmente, grande fue su sorpresa al salir del túnel. Vio que el Topo voló y desapareció entre las nubes, al mismo tiempo que una gran cantidad de coterráneos y entre ellos sus seis hijos y su marido corrieron a abrazarla. Y sin cuestionarla, exclamaron: “sin ti esta tierra y tu hogar carecen de principio y fin, eres nuestra brújula!


Así que quien sabe si fuera la Ciudad de los Privilegios morales lo que buscaba… O, a sí misma.

El Principio Moral


Carlos A. Ponzio de León

Un Principio Moral caminaba cansadamente, luego de recorrer a pie varias horas de trayecto desde Washington, D. C., hasta Chicago. Al caer el anochecer encontró un hotel que atendía una mujer casada, y cuyo marido construía en el patio del lugar una máquina voladora.


El Principio Moral consiguió la alcoba más alta del lugar, desde donde podía verse a varias millas de distancia, la ciudad de Chicago. “Por favor, evite todo conflicto durante su estancia”, le dijo la mujer casada. Y aquel sonrió, dando a entender su consentimiento. Al llegar a su cuarto, el Principio Moral sacó de su mochila algunos libros, un reloj despertador, una botella de whiskey y una caja de aspirinas. Luego se asomó por la ventana que daba al patio, desde donde pudo ver la máquina voladora que, más que un pájaro mecánico, parecía un topo que excavaría un gran pozo debajo de la tierra.


“Debo decirle a ese hombre que no está construyendo una máquina voladora”, pensó el Principio Moral; pero entonces recordó la promesa que había dejado abajo: de no causar un conflicto durante su estancia en el hotel. Se quitó la ropa y así, desnudo, fue a meterse debajo de las cobijas. Cerró los ojos y al instante comenzó el ruido de fuegos artificiales que estallaban en el centro del pueblo por los festejos del Día Nacional del Interés Material.


Se levantó y se sirvió un whiskey, esperando que el primer vaso lo hiciera dormir. Pero no fue así. Con las ojeras hinchadas y la cabeza sin sueño, llegó al tercer vaso. Decidió encender su radio despertador para escuchar un poco de música: logró sintonizar una estación que tocaba música de vals, lo cual a su vez lo instó a seguir con el cuarto y quinto vaso de borbón. Para cuando se acabó la botella, ya estaba listo para bajar a la recepción y discutir algunos asuntos sobre las costumbres norteamericanas con quien encontrara despierto a esa hora. Bajó despacio, desnudo y en el fondo, sin querer hacer ruido, pero ya en el último tramo de escaleras tropezó y cayó rodando. Se levantó golpeado.


No encontró a la recepcionista. Se dirigió a la cocina dispuesto a robar cualquier bocado que le quitara la ebriedad. Pero no encontró las luces y primero se dio otro golpe contra una repisa, antes de hallar comida. Quiso enfocar su mente en lo que estaba sucediendo, pero el Principio Moral no logró entrar en ningún tipo de conciencia. Lo consultó dos veces con la oscuridad, y decidió ir en busca de la mujer casada para pedirle ayuda.


Salió al patio trasero del hotel y encontró dos puertas. Tocó en la primera y nadie le abrió. Se dirigió a la segunda. Dos golpes fuertes. Apareció el marido de la mujer casada, el inventor. Primero, aquel no entendía lo que estaba sucediendo. Luego comprendió que un hombre desnudo estaba frente a él. “¿Se encuentra su mujer?”, preguntó el Principio Moral. El inventor enfureció: ¿Quién es usted?, gritó. Y en un instante se abalanzó sobre el Principio Moral para golpearlo.


Entonces apareció la mujer y desde adentro, sin querer observar la escena, intentó tranquilizar a su marido: “Es un huésped, cariño, debió sucederle algo”. El Principio Moral se cubría el rostro; hasta que pudo enderezar su cuerpo y salir huyendo. El inventor atravesó el patio detrás de él, para luego dejarlo escapar del hotel.


Cuando el gentío que festejaba en las calles notó a alguien desnudo, primero se horrorizó, luego enfureció lanzando gritos y pedradas que obligaron al Principio Moral a volver al hotel, subir a su cuarto, vestirse rápidamente y dejar el lugar en la máquina voladora, que sí logró elevarse.


Así fue como el Principio Moral pasó aquella noche de festejos en un pueblo que celebraba el Día Nacional del Interés Material: borracho, desnudo, golpeado y huyendo.

 



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