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Cuerpos de desfile

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Autor:Joana Bonet   |    Publicacion:14-04-2019

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Y la declinación de la belleza en plural urge más que la necesidad de crear deseo, de ponerle rostro a la felicidad que se escapa.

Cuando los operarios levantan el plástico de la línea que delimita la pasarela, los fotógrafos preparan el flash y se hace el silencio. Serán sólo quince, veinte minutos, igual que un polvo rápido que deje ganas de más e impida que asome el delantal del aburrimiento. El desfile de moda, por mucho que hayan intentado buscarle sustitutos, es un formato tan ­vigente como el primer día, cuando lo inventó Worth, hace más de un siglo. Consiste en una secuencia repetitiva, un ir y venir efímero: se va una modelo y entra otra, y así hasta cincuenta salidas que o bien hacen caer el párpado o asombran al ojo.

La redactora de moda llega a Nueva York, París o Milán con su ropa negra, su abrigo camel y sus gafas de sol vistosas. En la recepción del hotel le guardan las invitaciones, y a veces la miran con cierta envidia. “Oh Dior, c’est belle!”, suspira la chica de conserjería al entregar el sobre. Ya en la habitación, la redactora se descalza, extiende sobre la cama las entradas y suspira. Suele faltarle la más importante, y está dispuesta a pelearla. A descubrir si alguien le ha escamoteado el pase o si este año ha sido descartada. No se imaginan la cantidad de público que aguarda fuera para ver si una varita mágica los conduce hacia dentro.

En los fashion shows la gente se viste mucho más que para ir a la ópera o a una boda. Se trata de llamar la atención, de crear tendencia al otro lado de la pasarela. El paseíllo de egos es cómico y produce hartura, igual que las ­influencers haciéndole monerías a la ­cámara, o las viejas editoras esfor­zándose por mantener su silla. Existe un acuerdo tácito por el que cada desfile empieza con media ­hora de retraso. El público profesional es una tribu muy señalada que va en ­peregrinación y que, cuando aguarda la espera en su asiento, se refugia en la pantalla del smartphone a fin de no tener que dar conversación a nadie.

Resulta asombroso que en menos de veinte años el mundo haya cambiado tanto mientras, en un sector tan vanguardista e insatisfecho como la moda, el desfile continúa siendo la fórmula elegida por diseñadores y multinacionales para mostrar sus colecciones al mundo. Pero algo sí ha cambiado: la vigilancia a la diversidad en los castings. Según las recientes conclusiones de un estudio del portal The Fashion Spot, únicamente los de Nueva York consiguen el aprobado al incluir a modelos transgénero, de diferentes razas, tallas y edades. Esos quince minutos orquestados para que las modelos caminen sobre la nada siguen cargados de significado. Lo que no desfila no existe, lo que no se muestra no es visible. Y la declinación de la belleza en plural urge más que la necesidad de crear deseo, de ponerle rostro a la felicidad que se escapa.



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