Cultural Más Cultural


Palabras aladas

MujeresMujeres

Autor:Olga de León / Carlos Alejandro   |    Publicacion:10-03-2019

+ + - -

Amo las Letras como amo la palabra y al pensamiento y su lógica

Pata de cabra o el fin de una era


Olga de León

Amo las Letras como amo la palabra y al pensamiento y su lógica...

La vorágine del mundo moderno alcanzó a los pueblos pobres, y uno que quiso ser global, entró al ruedo sin los dólares suficientes para ser respetado entre los salvajes defensores de las políticas capitalistas, así que tuvo que conformarse con ser la cola del ratón gigante que le arrebataba cuanto producía, so pretexto de que debía vendérselo al precio claro que él, el comprador, le imponía; de no hacerlo, se quedaría con todo sin poder consumirlo ni vendérselo a nadie más.


Así que Agustina, inmersa en esa vorágine, siendo apenas si un grano de arena en el desierto más grande de esa parte del mundo pobre, tuvo que adaptarse o morir. Se dedicó a hacer lo que sabía, con mucho amor y acatando las reglas del patrón: enseñar. Pero no podía engañarse a sí misma, así que se las ingenió para siempre enseñar verdades y no superficialidades. Supo enseñar a leer entre líneas y a leer con sentido crítico, no caprichoso sino sustentado en la ciencia, la lógica del pensamiento y la realidad que se vivía.


Y así, gracias a los genes heredados, logró salirse del libro y el programa, para enriquecer el criterio de sus alumnos. Eso fue lo que la condujo siempre a alguna salida triunfal del hoyo negro en el que tenía que desempeñarse, haciendo lo extraordinario, lo diferente a la pauta que el gran jefe Pata de Cabra les imponía a todos. Les decía por dónde andar, qué decir a sus alumnos; qué comer, qué sí respirar y qué no; qué debían escuchar, desde sermones hasta la música a la que sus oídos debían acostumbrarse: cosa de gremios: perteneces o estás fuera.


Odisea 70 había sido un previsible futuro próximo para su generación, infortunadamente. Y desde su juventud ya la vivían, solo que no era ninguna odisea, sino una pesadilla para los que tenían conciencia de lo que pasaba en el mundo, en su nación, en su ciudad, en el entorno del hombre moderno, no solo en los países menos desarrollados. Si bien, estos eran los más afectados, pues su rezago cultural y educacional les nublaban la vista y creían ver oportunidades, en donde solo existían pedazos de queso en ratoneras, miles de ratoneras, de todos colores y tamaños, las había que atrapaban a familias enteras.


Si acaso corría con suerte alguien de la familia, el más crítico y rebelde, ese no mordía el queso y podía seguir viviendo luchando contra la corriente, no creyendo en todo lo que les daban como doctrina o credo dictados desde el púlpito de la pantalla de monitores y plasmas de las televisiones; y de los peores discursos, por su carga de autoridad, pero al mismo tiempo los más efectivos, los que escuchaban en el aula o leían en los libros asignados por sus maestros, esos a quienes ellos tenían por casi genios


¡Cómo no respetarlos y creer en sus teorías y tesis!, que se aprendían a pie juntillas, y jamás cuestionaban:¿cómo o por qué hacerlo?, si salían de doctos libros cuyos autores eran líderes del mercado y la ciencia. Sí, pero de un mercado y una ciencia al servicio de los grandes capitales. Y, esto último, aunque lo supieran, los estudiantes no lo entendían del todo, creían en su “verdad”, como que con esas tesis las naciones que fueron a las guerras, salieron avanti. Sí, sobre las espaldas de los derrotados, de los que se volvieron sus esclavos, por años y siglos… hasta la fecha.


Agustina tuvo suerte, supo sortear su destino: se dedicó a enseñar la lengua, a escribir y hablar en público a los jóvenes prospectos de profesionales; dejando de lado sus cátedras sobre lógica y filosofía, pues pronto entendió que los dueños de las instituciones privadas para las que trabajó durante muchos años, estarían vigilándola y se opondrían a sus ideas, a través de sus lacayos, los Pata de Vaca. Y esos no se tientan el corazón, podían acusarla de cualquier cosa, para de una forma muy simple, castigarla: despidiéndola (“por conducta inapropiada”). Y eso, aunque Agustina jamás perteneció a ningún partido ni a una corriente ideológica determinada, solo fue -y seguramente sigue siendo- “un extraño en la mesa”: libre pensadora en todo.
Mas, sus principios siempre estuvieron firmemente arraigados, y si compitieran frente a los de cualquier religión, resultarían aún mejores, porque cumplió con ellos por convicción plena de que el mejor camino en la vida, es el camino del bien, no por alcanzar la Gloria ni ganarse el Cielo. Agustina siguió enseñando Filosofía, con su práctica en el aula y su ejemplo, no como una materia o cátedra, pero sí como parte de la ambientación y escenario, ya que no pudo sustraerse jamás a su esencia. De ello, las Pata de Cabra ni cuenta se dieron.


Y aunque sus palabras no tienen alas, toda la vida se desplazaron por encima de las cabezas, por eso cualquiera puede alcanzarlas: solo hace falta saber leer y pensar.

La chica de las pecas


Carlos Alejandro

Donde más se le notaban las pecas era en las mejillas. Se sonrojaba cada vez que una nueva mirada aterrizaba con ternura sobre su rostro. Lolita apretaba sus libros de bachillerato contra su pecho y bajaba su vista, continuaba su andar y mecía una sonrisa de lado a lado.


Lolita no tenía novio ni estaba segura de querer uno; aunque le gustaba un chico que formaba parte del equipo de natación de la escuela. A mí me gustaba Lolita, y siempre he creído que ella lo sabía, aunque su cariño hacia mí era por su mejor amiga: Brenda, a quien yo le gustaba.


Un día, Lolita me escribió un poema. Fue la única persona que llegó a dedicarme algo así. Era un poema breve y hablaba sobre las noches de sábado en que pensaba en mí.


En el último año de la preparatoria, Lolita me preguntó si yo querría ir con ella a la fiesta de graduación. Me puse muy nervioso y le tuve que decir que no. No estaba seguro de que yo asistiría a la fiesta. Desconocía si mis padres tendrían dinero para ello. Creo que al final, ni siquiera les mencioné a ellos lo de la graduación, y no fui.


No sé cuál fue el último día en que Lolita y yo nos vimos en preparatoria; no alcanzamos a despedirnos. Pero un día volvimos a reencontrarnos, dos o tres años después, cuando ella estudiaba la carrera de medicina. Me dijo que tenía novio, y yo le dije que estudiaba arquitectura. Fue breve nuestro encuentro, creo que ese día su novio la acompañaba en la mesa, pero nosotros hablamos mientras él se había levantado a otro lado. No lo recuerdo bien. Tampoco fue la última vez que nos encontramos.


Unos quince años después, supe de ella por una amiga en común que resultó que la conocía. Cuando Lolita supo que mi amiga había estudiado arquitectura, le preguntó si sabía algo de mí. “Claro”, y mi amiga me avisó. Coincidía aquello con alguno de mis divorcios. Fui a buscar a Lolita sin que ella me esperara, a su clase de francés, cerca de Chipinque.


Se sorprendió al verme ahí, pero me reconoció junto a la ventana de su salón. Salió y platicamos durante la hora de su clase. “Sé que has tenido varias mujeres”, me dijo seriamente, con una pierna cruzada sobre la otra. Tuve que contarle un poco sobre mis matrimonios.


“¿Por qué me has buscado?”, me preguntó un tanto molesta. No supe qué decirle. Sus pecas en las mejillas seguían viéndose hermosas, pero ahora eran un poco menos brillantes que en tiempos del bachillerato. Voló cerca de nosotros una paloma, mientras la gente iba y venía a la cafetería donde nos encontrábamos platicando. Algunas risas se escucharon provenientes de una mesa escondida detrás de un muro.


“Cuando me enteré de que venías a clases, quise saber cómo estabas”. Y luego de un breve silencio, continué: “¿Sabes que me gustabas en preparatoria?”. “¿Aún te gusto?”, me preguntó. “Sigues siendo muy guapa”, le respondí. “Pues no vuelvas a buscarme”, dijo repentinamente, levantándose de su silla; “si mi marido se entera que has venido, estallaría”.


Nunca comprendí su enojo hacia mí. Parecía como si mi ausencia, nuestra separación durante dos décadas, la hubiese lastimado, como si en otra vida hubiésemos podido ser una familia y haber sido felices para siempre. Pero, ¿quién era yo para contradecirla? La vi alejarse en sus zapatillas rosas, en su andar palaciego de un lado a otro, a décadas de distancia de la adolescente tímida que conocí y que un día perdí para siempre, sin saberlo.



« Redacción »
No hay comentarios
Para publicar un comentario relacionado a la nota por favor llene todos los campos del siguiente formulario