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No todos los hombres

No son todosNo son todos

Autor:Joana Bonet   |    Publicacion:10-02-2019

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No son todos los hombres quienes aterrorizan y vejan a las mujeres.

Aquella mañana, la becaria que cada día llegaba la primera y se preparaba una infusión de jengibre no acudió al trabajo. No había avisado. Un lapsus, nos dijimos, porque sólo con los propios hijos se disparan los temores más sombríos. Pasado el mediodía, la veinteañera entró temblando en la redacción. Sollozaba; se retorcía con náuseas. Y nos contó lo que había ocurrido en el metro: “Un hombre se me restregó por detrás, con todo el cuerpo. A lo bestia. Empecé a decirle que parase, le llamé cerdo. Al principio no me hacía caso, se reía… hasta que un policía de paisano avisó a sus colegas vigilantes y lo detuvieron. Tenía antecedentes”.

Tocar un culo ajeno, por morbo o por un deseo incontrolado, siempre ha salido muy barato en estos lares. Una palmada en las posaderas, ese gesto rotundo y acaparador, un envalentonamiento que no entiende de respeto ni de libertad. Recuerdo un viaje de fin de curso y una discoteca, Granada 10; sentí aquella mano en la nalga con todo su ardor, su dueño también sintió la mía, en su mejilla. Puro instinto de protección.

Lisa no pudo defenderse, ayudaba en casa, era extremadamente tímida, apenas había cumplidos los veinte. Una mañana salió a comprar y no regresó. Me llamaron por la tarde. Había sido retenida por dos hombres en una caseta de obra del barrio. La desnudaron y le pasaron un cigarrillo encendido por los pechos. Mientras esperaba al Samur en su domicilio, un zulo compartido por doce personas, vi a la muchacha transformarse en un ovillo de dolor. Me confesó que se sentía sucia, dejó el trabajo, recibió atención.

Estos días, con los testimonios de casi mil madrileñas, la oenegé Plan International ha trazado el mapa del acoso en la ciudad. Las más jóvenes confiesan padecerlo a diario. Y ojalá tan sólo fueran piropos trasnochados. Una estudiante de bachiller llegó a grabar al individuo que la seguía por la calle masturbándose. También él era reincidente. ¿Por qué padecemos tan pronunciado déficit de educación sexual? Se dice esa cosa tan zafia de que ellos “piensan con el pito”, como si en lugar de materia gris sólo tuvieran testosterona en el cerebro. Instintos sacudidos y raciocinio mermado a modo de atenuantes de una consciente voluntad de dominio, un desprecio a los derechos ajenos.

Pero hay un dato muy relevante que a menudo se ignora en la generalización del delito sexual. No son todos los hombres quienes aterrorizan y vejan a las mujeres. La cuenta es fácil: en España viven casi 23 millones de varones, y el Registro Central de Delincuentes Sexuales contabiliza algo más de 45.000 condenados en firme. Bien, no todo se denuncia, pero quienes no han avasallado a una mujer representan la gran mayoría. Y no tendría que pasar desapercibida su voz: hombres que se relacionan como iguales; ni delante ni detrás, sino a nuestro lado (y no por ello dejan de ser galantes). Su manera de vivir la masculinidad debería de ser espejo para quienes la han deformado.



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