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A todo esfuerzo corresponde una recompensa

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Autor:Carlos Alejandro   |    Publicacion:25-11-2018

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Ahora desde donde esté, nos seguirá cuidando a la distancia, y estará enseñando futbol a los chiquillos, y retando al ajedrez a los adolescentes

A la memoria de un querido tío de mis hijos (Olga de León).

A Víctor le llegó el momento de evaluar su vida profesional, las actividades que realizaba y los años gastados en canchas de fútbol dirigiendo equipos de segunda división. ¿Había aprendido algo de los últimos siete años de vida? Para aclararlo, decidió invitar a comer al directivo del equipo. Se reunieron en la zona de corporativos de la ciudad, en un restaurante de cortes argentinos que hacía alusión a Diego Armando Maradona, el astro mundial del fútbol. El directivo ordenó un vacío; el director técnico, entrañas. Recordaron los viejos tiempos cuando se conocieron en bachillerato.


“Pero volviendo a nuestro tema”, irrumpió el directivo, “tienes que darte la oportunidad de implementar las innovaciones estratégicas de las que me platicas, correr el riesgo de ser goleado; cuentas con mi apoyo”. Nada podía venirle mejor al director técnico de los Pavorreales de Saltillo. Llevaba siete años experimentando en jugadas de pizarrón sin haber llevado sus estrategias al campo de juego.


Había un aire de inocencia en aquella plática. El dueño no necesitaba más al equipo y en sus adentros había pensado ya en venderlo. Así es que ahora estaba dándole una oportunidad a su viejo amigo de juventud, sin revelarle toda la verdad.


Y Víctor, el director técnico de los Pavorreales, se encontraba en la situación de querer saber si sus últimos siete años de estudio de sistemas de fútbol habían redituado en algo, en alguna idea que pudiera repetirse con éxito y de forma novedosa en cada nuevo partido.


Lo que iba a ocurrir a continuación, jamás había pasado seriamente por la cabeza de ninguno de los dos. Que los Pavorreales llegarían a la primera división del fútbol mexicano durante la siguiente temporada, gracias a las estrategias con los laterales que introduciría Víctor en cada partido: Una estaca clavada en la cancha contraria.


Después de la hazaña, Víctor fue contratado por los Rayados del Monterrey como Director Técnico, y comenzó a buscar talentos. Ya para entonces se escuchaba de la fama del Tío Tony, un jugador de fútbol llanero que podía anotar noventa goles en una temporada del Río Santa Catarina; un talento natural, un centro delantero que les producía sudor seco a los equipos contrincantes. El caso llegó a oídos de Víctor y de la directiva de los Rayados, y le hicieron una oferta para integrarse al equipo.


El Tío Tony lo pensó dos veces. Deseaba concluir sus estudios de ingeniería civil, pero Roberto Hernández Jr. lo llamó a su programa “Fútbol al Día” para entrevistarlo en televisión. El Tío Tony, sin embargo, finalmente rechazó la oferta.


Pero luego de conocer personalmente a Víctor, mantuvieron una larga amistad. Varios años después, en una tarde de copas, Víctor le contó al Tío Tony que, como director técnico, se veía maniatado y no le quedaba más que respetar las jerarquías impuestas por la directiva. Si se había gastado mucho dinero en un jugador, tenía que emplearlo, meterlo a la cancha, incluso si eso significaba mantener en la banca a un mejor jugador cuya compra hubiese sido barata. Así funcionaban las cosas en el fútbol mexicano y en todo el mundo.


Nunca supe si mi Tío Tony alguna vez se arrepintió de haber rechazado la oferta para jugar en primera división. Pero sí sé que alguna vez llegó a desencantarse un poco de su profesión como ingeniero civil, sobre todo cuando le tocó trabajar en Petróleos Mexicanos y le hacían firmar como si recibiera varilla y cemento, que en realidad no existían, pero que supuestamente habían sido utilizados en una obra. Curiosamente, yo llegué a desencantarme de mi propia profesión luego de concluir el primer año del doctorado en la Universidad de Harvard, y fue cuando lo visité en Nuevo Laredo. Tomamos cervezas toda la noche, hasta el amanecer.


Había sido a inicios de los años ochenta del siglo pasado, cuando yo tenía algunos siete u ocho años, que el tío Tony pasaba por los sobrinos a las siete de la mañana en su camioneta de caja y nos llevaba a las canchas del río para verlo meter cinco o seis goles contra el equipo contrincante, en un partido en el que el esfuerzo del otro equipo era, como ya dije, simplemente: sudor seco. Él arremetía contra el contrario y nadie tenía nada qué hacer contra ello.


Fueron décadas después, en un caluroso verano en Nuevo Laredo, cuando yo regresé desanimado del primer año del doctorado en Harvard. Luego de haber consumido algunas cervezas, a media noche y con el permiso de la Tía Tey, me llevó a la zona de tolerancia de Nuevo Laredo,
Se trataba de un área grande de terracería por donde los autos circulaban de ida y vuelta, en cuadras gigantes donde prostitutas y travestis permanecían parados en la puerta de sus cuartos y tejavanas, mirando los automóviles o platicando entre ellas. Adentro de la zona, también había bares donde podía platicarse con las mujeres. La cerveza, el condón, el cuarto y la muchacha… costaban. Pero no había bailarinas, ni prostitutas delgadas, ni jóvenes. Los masajes sin sexo también se ofrecían. Tomamos unas cervezas por un par de horas y decidimos regresar al patio de su casa, de donde habíamos salido. Allí fue donde amanecimos.


Entonces, el Tío Tony me contó de cómo el futbolista mexicano Hugo Sánchez gastaba, durante su juventud, todo su tiempo libre entrenando los tiros de penales, mientras sus amigos se divertían, y me dijo algo que salió de la profundidad de su experiencia, como si se lo hubiera grabado con la tinta de la prensa de un periódico: “A todo esfuerzo corresponde una recompensa”. Y entonces me contó las historias personales que lo hicieron aprender la lección. Luego de su plática, decidí regresar a Harvard a continuar con el doctorado.


Poco a poco y por muchos años, el Tío Tony se fue volviendo figura de culto venerada por los sobrinos. Quizás lo más sorprendente haya sido su vida. La caída de una cascada de agua, un enorme circo lleno de aplausos y sonrisas, una tempestad de papel y vías de ferrocarril, unos zapatos rotos. Máquinas que traen, y se llevan, la buena suerte. Una telenovela escondida bajo el brazo. Un zarpazo al aire y decenas de trofeos de los campeonatos de goleo en el fútbol. Playeras, tachones y un balón.


Víctor en realidad no existió, ni tampoco los Pavorreales de Saltillo. Tal vez haya sido el entrenador Carlos Miloc quien, años después, le contara al Tío Tony sus anécdotas de primera división, las que el Tío Tony no vivió por concluir su carrera de ingeniería civil.


En casa de los Tíos Tey y Tony había un órgano Yamaha de dos teclados. Ellos vivían, entonces, en la parte de arriba de la casa de la abuela, a donde yo, a veces, llegaba para quedarme un fin de semana cuando cursaba la secundaria. Llevaba mi guitarra y las ganas de jugar Atari, el nuevo juego adquirido por los Tíos, siempre adorados por los sobrinos.


De infancia, recuerdo con cariño las salidas en fin de semana con los Tíos y las Primas: podían ser al nuevo circo recién instalado en el Río Santa Catarina de Monterrey, o simplemente de compras al súper, o quizás a cenar pollo rostizado cuando los visitaba, ya ellos viviendo en Nuevo Laredo. Alguna vez quisimos pasar al otro lado, yo con mi visa de estudiante, como si fuera un turista de unas horas; pero no pudimos. Recuerdo también las interminables noches de plática en la cocina de su casa, con cervezas y algo de botana.


Esos amaneceres eran como un leve aterrizaje sobre el mar. Durante el día, mientras yo dormía, se mantenía encendido el minisplit en la recámara mientras afuera la casa ardía con el calor del verano. Y al despertar, nuevamente había tema para la plática de la nueva noche. Eran dos o tres días de visita.


En el camino de regreso a Monterrey en autobús, yo continuaba con mis lecturas literarias bajo la lámpara de luz del camión: Dublineses de James Joyce, o los Funerales de la Mamá Grande de Gabriel García Márquez.


Los sobrinos recordamos las bellas tardes de hacer sonar las cazuelas o sartenes, para exigir la cena. Exigencia en la que la misma tía Tey participaba con un sartén y cucharón; eran tardes de escuchar un L. P. de Michael Jackson en la consola. Las cumbias, los mundiales de fútbol y el chiquitibum a la bim bom ba, también entraban en el repertorio de las vacaciones de verano, mías y de mi hermana, de al menos una semana. Una canción de Juan Gabriel… Y recuerdo que nunca, al menos a mí, el Tío Tony me dejó ganarle al ajedrez.


Ahora desde donde esté, nos seguirá cuidando a la distancia, y estará enseñando futbol a los chiquillos, y retando al ajedrez a los adolescentes.



« Redacción »
Magda Escamlla Garza         2018-11-25 23:11:50
Agradecimiento
Muchas gracias por compartir las Vivencias y Recuerdos. Es un Orgullo ver con q cariño se expresan d mi Hermano QEPD En Nuestro Corazón y en nuestra Mente Atte. Magda
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