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Villaurrutia afina incluso al silencio

PalabrasPalabras

Autor:Olga de Le贸n   |    Publicacion:11-11-2018

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Villaurrutia canta, mientras Paz declama; como que aquel afina, incluso al silencio.

Me voy, porque si me quedo muero. Te dejo para seguir viviendo. Me alejo de ti porque de no hacerlo, me ahogo, me asfixio. Buscaré en qué rincón o bajo qué piedra se quedó mi esencia. No soy ni la sombra de lo que algún día fui. No sé cómo puedes aún amarme, si no soy la que tú enamoraste: ni yo la que aprendió a amarte.


La arena es un tapiz ideal para las sombras. Bajo ella reposan tantas cosas. Mas mis ideas siguen flotando, por eso sé que aún hay aliento en mi alma; pero mi cuerpo y mis huesos enterrados están bajo sus faldas, que caen cual dunas de la montaña al mar.


Deja que me vaya, no me obligues a morir; sería insensato suicidio matar a la que ya no existe. Y, sin embargo, gustosa moriría si con morir yo, tú resucitaras en otra forma, en otra esencia, en otra alma, una que sola yo conocí, porque sola yo la dibujé en el viento y el aire que siempre ha sido veleidoso, se la llevó por siempre y me dejó con las manos vacías, rompiendo en mil pedazos el crisol en el que mis sueños, mi ilusión y mi imaginación, todas ellas -infectadas de amor y pasión- te crearon. Porque tú, realmente no eres tú; si lo sabré bien, yo, ¡que te inventé!


Eres un desconocido en casa, eres un enemigo de mi espíritu y voluntad de fémina libre como paloma blanca que alguna vez hizo nido y tú lo mancillaste. Acabaste con casi todo, porque no pudiste acabar contigo ni conmigo.


…Y, allí sigues. …con férrea voluntad asido al viento que cada día sopla más y más fuerte, como queriendo rasgarlo todo. Y porque tú no puedes rasgar mi cuerpo, lleno de cólera día a día arañas mi corazón; y mis ojos se nublan, pero no lloran. Han llorado demasiado tiempo, años de llorar han vivido como días de tinieblas y horror se cuentan en los cuentos de Poe.


La poesía ya no me alimenta porque, ¡yo soy la poesía! Los poemas viven tatuados en mi piel, mas no hay quien los lea, están impresos con tinta invisible, la tinta del disimulo y la discreción. Así es la poesía... a ratos y, a veces también. Que en otras se vuelve amazona y lanza fuego a través de las miradas y dardos envenenados que disparan justo a la razón y al corazón. Por eso, los poetas se vuelven locos, porque aman demasiado, pero no saben renunciar ni al dolor ni al maltrato; los usan para crear.


Así fue como finalmente, un día, la mujer gritó. Ese día, todos la juzgaron: “-Loca se volvió”, -dijeron los más sensatos; otros, ingrata y malvada la creyeron. Al día siguiente, la condenaron y ella, trémula y asustada de sus propios gritos, al tercer día se murió. Algunos que la conocieron tuvieron piedad y nada dijeron. Tampoco nadie se acercó mientras vivía, ni siquiera a preguntarle, por qué gritaba: la vida de pareja, personal o familiar, es receptáculo intocable: nadie puede penetrar para saber qué pasa. Como que nadie tiene la conciencia pura ni la intención sana del que puede tan solo consolar o acompañar, sin intervenir en nada: No. No se puede: cada cabeza es un mundo y cada relación un abismo oscuro e impenetrable.


Pasaron los años, la vida siguió. Un día, un disparo, que nadie escuchó, acabó con la vida de aquel que nunca supo: por qué su mujer no gritaba como la vecina lo hacía. Lleno de dudas, cubierto de mucho papel moneda y demasiado rencor, así acabó con su vida... y dejó clavado en el corazón de los hijos la pregunta que nunca podría contestar: “¿Por qué?, papá”.


Y entre circunloquios, recuerdos, memorias de otras vidas y el recuento de la propia, ella siguió escribiendo: “Me voy porque si me quedo, muero…”. Así terminó su poema. …y eso fue todo cuanto escribió entonces: solo el final. Medio siglo antes: “Águila o Sol”: “El ramo azul”, “Antes de dormir”, “Maravillas de la voluntad”, “Encuentro”, “Nota arriesgada. Antes habría escrito, desde los ojos de Paz: “Calamidades y milagros”, “Semillas para un himno”. Y “Libertad bajo palabra”. Luego vendrían infinidad de poemas, ensayos y más. Abundante y prolífera fue la obra poética y ensayística de Paz.
Quién como él para hablarle a la soledad, al delirio medio inducido, medio provocado; o a las musas inexistentes en el mundo que solo poblaron sus cielos azules y profundos de dudas y filosofías diversas. Amado y controversial. Criticado, pero no igualado. Nunca quieto, pero sí quizás sereno, con la serenidad que otorga la realización personal en el ramo preferido. Tan puritano y tan hipócrita; tan sensible y tan falso; tan frío y templado. Nadie supo, nadie sabe cómo fue en realidad, Octavio Paz.


Y Villaurrutia vivió al margen de él. Su delicada poesía le brotaba por los poros y si pestañaba, ¡creaba! Amar como él es tocar los linderos del cielo y el infierno, pero no los de la locura. Cuerdo eligió cantar y cuerdo quiso morir de amor.


De su Nostalgia de la muerte, algún día pretendí emular su tono para inventarle una alabanza. ¡Oh, sacrilegio!, o medianía del que ama el poema y se le olvida que no le pertenece, ni le pertenecerá. Tendría que desear con todas mis fuerzas querer morir para que la muerte amiga se vuelva mi aliada y sea ella y no yo quien le cante; atrevida vate que emularla pretende. Gústame en demasía “Las hojas muertas” del otoño, sus dorados y ocres colores que tapizan el camino, tanto como el ambiente nublado, lluvioso y oscuro de un invierno adelantado en octubre.


Y, a pesar de todo el escenario recreado y amado, falta el sentimiento noble pero insano de amar la muerte como se ama a un hermano. No, no la amo tanto como para adelantar la partida por propia mano: ¡jamás! Apenas si me intriga, me sonríe y de lejos la saludo sin invitarla jamás ni a mi mesa ni a mi alcoba. Por eso no soy adoradora de los festejos muy nuestros, en los que a la muerte se le canta y a los difuntos queridos recordamos. No, no suelo hacer “calaveras”, ni “calaveritas”. Digo que, “-no se me dan”; ni quiero practicarlas, ¿para qué si disfrutarlas puedo de los que preciosas las bordan y deshilachan?, los que las hacen como quien dice: “cómo amaneciste, comadre…”


En cambio, sí suelo hablar con los muertos e inventarles historias, porque aprendo tanto de lo que no me dijeron o lo que no les dije antes de su partida. Y, fue así como un día, en que tuve una ensoñación o sueño -no lo sé-, pensé (o, ¿soñé?) que si a Sor Juana hubiese conocido, me habría gustado preguntarle: ¿Cómo ha sido para ti, Juana Inés, al final de tu jornada y de todo lo vivido y no vivido, saber que pudiste elegir otro destino? Y, casi presentí o adiviné su respuesta: “- Nunca podría negar, que tuve mi mayor recompensa en el solo claustro y retiro… Fui libre, como ninguna mujer pudo entonces serlo. Hice cuanto quise, aunque sermones de mis mayores tuve que contestar, ya con penas impuestas y cumplidas, o disertaciones escritas que hube de contestar, como la “Carta a Sor Filotea de la Cruz”.


Y mientras iba recordando poetas y poesías, me fui percatando de que el viento había dejado de soplar, la lluvia ya no me mojaba, ni el ruido de las calles escuchaba. En dónde estoy: pregunté sin preguntar a nadie, que nadie estaba a mi lado, ni cerca ni lejos, ni siquiera como imaginado o soñado… apenas si había ido como dibujando con palabras un pensamiento que en mí flotaba, mas no salía ni de la mente ni del cerebro… No, no os adelantéis, tampoco del corazón brotaba.


La casa se veía tan sola; las luces, todas apagadas; las cortinas y persianas parecían arrancadas de un cuajo, que nada cubría a las ventanas, y tampoco nada había que cubrir. Por fin, tuve una idea que por espontánea y brillante, me espantó y me contuvo la respiración, ya ausente: Me había ido y no sabía a dónde… Por qué la casa, sola; por qué el silencio, absoluto; por qué la oscuridad, en el día; por qué el invierno, adelantado…


Repentinamente, las palabras aparecieron, las ideas cobraron vida, ya no eran etéreas, tenían vestido. Y fui recordando cómo empecé mi último escrito: “Me voy, porque si me quedo muero. Te dejo para seguir viviendo. Me alejo de ti porque de no hacerlo, me ahogo, me asfixio. Buscaré en qué rincón o bajo qué piedra se quedó mi esencia”.


Un viento frío lo recorrió todo, las nubes que se movían lentas, parecían seguir nuestros pasos, sí los de ambos, como que yo ya no estaba sola, tú estabas a mi lado. A lo lejos, escuchaba a Villaurrutia; mientras tú reías con el Laberinto de la Soledad, que Paz releía entretenido y sobrio. Una especie de aura o sombra muy tenue salió desde la superficie arenisca y me cubrió para descubrir del todo, lo que siempre sospeché, ¡al fin la encontré!...

Encontré mi esencia. Y, hoy, hasta hoy, empato contigo. Y… Villaurrutia canta, mientras Paz declama; como que aquel afina, incluso al silencio.



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