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¡Escucha, Israel!

Amar a todosAmar a todos

Autor:Felipe Bacarreza   |    Publicacion:04-11-2018

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Para canonizar un santo, el primer trámite es demostrar que practicó el amor en grado heroico; en todos los santos resplandece el amor al prójimo.

Leemos hoy una página fundamental del Evangelio y de la revelación divina en general. Un escriba, viendo la sabiduría con que Jesús resuelve diversas cuestiones que le son presentadas, le formula una pregunta decisiva: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?". Al decir "el primero" lo que quiere saber el escriba es cuál es "el más importante". En efecto, el evangelista Mateo, en el lugar paralelo, pone la pregunta en boca de un fariseo y la formula de esta manera: "¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?" (Mt 22,36). Por su parte Lucas la entiende así: "¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?" (Lc 10,25). Se está preguntando por aquel mandamiento que está a la base de todos los demás y los fundamenta todos. Si el que pregunta es un escriba (Marcos) o un fariseo (Mateo) o un doctor de la ley (Lucas), lo que está fuera de discusión es que la respuesta hay que buscarla en la Ley, es decir, en el Antiguo Testamento.

Jesús comparte la convicción de que el Antiguo Testamento es Palabra de Dios y que allí se ofrecen a los hombres los mandatos de Dios que dan la vida. Como todos los judíos, también él leía aquellas palabras de Moisés: "Mira, yo pongo hoy ante ti vida... o muerte. Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios... si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos... vivirás" (Deut 30,15.1-6). Se pedía a Jesús que dijera cuál es el más importante de esos mandamientos y Jesús lo va a tomar del Antiguo Testamento.

La respuesta de Jesús comienza citando una fórmula imperativa del Antiguo Testamento que se podría tomar como un mandamiento: "Escucha, Israel". ¿Es este el mandamiento más fundamental? En cierto sentido debemos decir que sí, pues esto es previo a todo mandamiento. Antes que la obediencia a los mandamientos está la obediencia de la fe. Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica trata en la primera parte "la profesión de la fe" y explica lo que hay que creer, el Credo; y, una vez puesto este fundamento, recién en el tercera parte trata la "vida de la fe" y explica lo que hay que hacer, los mandamientos. El mismo Catecismo enseña: "Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela. La Sagrada Escritura llama 'obediencia de la fe' a esta respuesta del hombre a Dios que revela. Obedecer (obaudire) en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma" (N. 143-144). Por eso, antes que todo está el mandato: "Escucha".

Pero Jesús no se detiene aquí sino que sigue diciendo qué es lo que hay que escuchar, qué es lo que hay que creer: "El Señor, nuestro Dios, es el único Señor". Es la afirmación de la unicidad de Dios. Sobre esta fórmula se basa la fe monoteísta de Israel, que lo singulariza en medio de todos los demás pueblos de la tierra. Si Israel no tuviera más que esta fe, eso sería prueba suficiente de que ha recibido una revelación divina. Ningún otro pueblo poseía esta verdad. Es bueno que también nosotros cobremos conciencia de esto: si creemos en un Dios único, no es debido a nuestro adelanto científico ni a nuestra inteligencia, sino debido a que prestamos fe a un Dios que se ha revelado diciendo: "Yo soy el primero y el último, fuera de mí, no hay ningún Dios" (Is 44,6). Este es el fundamento de todo.

Recién ahora, sobre la base de esta fe, puede Jesús responder la pregunta que se le ha hecho: "El primero es: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos". Sólo si se considera quién es Dios y quién es el hombre, se entiende que Dios deba ser amado por el hombre en esa forma, es decir, en forma absoluta y total. La revelación aportada por Jesús fue un paso decisivo en la comprensión de este mandamiento al enseñarnos que Dios no sólo es el Creador del hombre, sino también su Padre, un Padre que tanto lo amó que no vaciló en entregar a su Hijo único para que el hombre se salve (cf. Jn 3,16-17). A Dios se lo puede amar con todo el ser solamente si El es único y si El es nuestro Creador, nuestro Padre y nuestro Fin último.

No podemos dejar de observar que a Jesús se le preguntó solamente cuál es el primer mandamiento y se esperaba que él indicara uno solo. Pero después de decir cuál es el primero, él consideró que esa respuesta habría quedado incompleta si no agregaba también otro mandamiento, que él llama "el segundo". Pero luego concluye poniéndolo al mismo nivel que "el primero", al afirmar: "No existe otro mandamiento mayor que éstos". Es claro que no hay ningún mandamiento mayor que el primero; pero tampoco hay ninguno mayor que el segundo. Entre el primero y el segundo no hay resquicio alguno que admita otro mandamiento. Ellos dos constituyen un todo inseparable. No se puede observar uno sin observar el otro; no se puede transgredir uno sin transgredir el otro.

Esta estrecha vinculación entre ambos mandamientos fue un punto importante de la enseñanza de Jesús. En efecto, una vez que se tiene clara la revelación de que Jesús mismo es ese único Dios que hay que amar con todo el corazón, entonces la parábola del juicio final enseña la inseparabilidad de ambos mandamientos, sobre cuyo cumplimiento seremos juzgados: "En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). El amor al prójimo es la expresión del amor a Jesús, nuestro Dios. Así lo entendió también San Juan: "Si alguno dice: 'Amo a Dios', y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1Jn 4,20). La prueba y la medida del amor a Dios es el amor a los demás hombres. Para canonizar un santo, el primer trámite es demostrar que practicó el amor en grado heroico; en todos los santos resplandece el amor al prójimo.



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