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Hacinamiento asfixia a cárceles de Filipinas


Publicacion:08-10-2018

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Actualmente las cárceles están hacinadas como nunca antes y en un alto porcentaje los presos son condenados por delitos relacionados con drogas.

 

Mandaluyong, Filipinas.- Los gobiernos de los países del sureste asiático se caracterizan por su tolerancia cero con las drogas. En los últimos años, los sucesivos gobiernos de Filipinas reforzaron las leyes contra los que venden y consumen todo tipo de sustancias prohibidas.

En este archipiélago, con más de siete mil islas, quien trata con estupefacientes corre el riesgo de sufrir penas severas, incluso cadena perpetua. Actualmente las cárceles están hacinadas como nunca antes y en un alto porcentaje los presos son condenados por delitos relacionados con drogas.

El Instituto Correccional de Mujeres de Mandaluyong, una ciudad al este de la capital del país, Manila, es una de las dos prisiones para mujeres de Filipinas. La otra se encuentra en la ciudad de Davao.

Se está construyendo una tercera cárcel en la ciudad de Mindoro, que estará activa en unos pocos meses. Así, serán tres las instituciones donde estarán encarceladas las detenidas de un país, que cuenta con más de 100 millones de habitantes.

Neil Buot es el inspector general y responsable de seguridad del centro de Mandaluyong: "Somos optimistas. El Congreso está votando un proyecto de ley para asignar tres mil millones de pesos (unos 56 millones de dólares) anuales durante cinco años para mejorar y ampliar las instituciones penitenciarias existentes".

Buot y sus subordinados siempre tienen cosas por hacer. Gestionar una prisión con tres mil 93 reclusas, pero que en realidad fue diseñada para mil 525, no es tarea fácil. "El hacinamiento es el problema número uno. Luego viene la escasez de personal", explica.

De acuerdo con las normas internacionales, debe haber un guardia por cada nueve People Deprived of Liberty (PDL), o persona privada de libertad, el nombre oficial con el que se denomina a los presos.

Sin embargo, en Filipinas "tenemos uno por cada 27 personas. También falta personal especializado, como psicólogos y profesores".

El hacinamiento de las prisiones filipinas, asegura Buot, tiene un culpable: el shaboo o cristal meth, una metanfetamina hasta 10 veces más potente que la cocaína y muy extendida en la región por su bajo costo.

En lugar de centrarse en las políticas sociales para ayudar a las personas más vulnerables y prevenir, Rodrigo Duterte, que llegó a la presidencia hace poco más de dos años, prefirió el camino de la represión.

Las controvertidas operaciones policiales contra traficantes, tanto grandes como a pequeña escala, y consumidores, con graves y repetidas acusaciones de ejecuciones extrajudiciales, se suman a un sistema judicial con poder absoluto sobre la vida de los acusados de delitos relacionados con las drogas.

"Todos los PDL de Mandaluyong —continúa Buot— ya fueron sentenciados. En casi el 70 por ciento de nuestros casos los presos cometieron delitos relacionados con el shaboo. Con solo un gramo de esta sustancia ya te puede caer cadena perpetua".

Después, cada caso tiene su propia historia. No está dicho que necesariamente te condenen a cadena perpetua. Depende de la severidad del juez y de la habilidad del abogado seleccionado, entre otras cosas.

"Lo cierto es que hoy, gracias a nuestro presidente Duterte, uno lo piensa dos veces antes de tocar esa basura", señala Buot.

Visto desde un satélite, el Instituto Correccional para Mujeres de Mandaluyong parecería una gran mancha naranja. La razón es que las presas condenadas a cadena perpetua o a penas de prisión superiores a los 22 años, que son la gran mayoría, llevan camisetas de color naranja con la inscripción INMATE MAXIMUM (detenido máximo) en el pecho.

Después están las que llevan camisetas azules con la inscripción INMATE MEDIUM, condenadas a entre 12 y 22 años de prisión, y las que las llevan de color marrón con las palabras INMATE MINIMUM, condenadaas a penas inferiores a los 12 años.

Para la prensa no es fácil entrar en esta prisión. En Filipinas cada centro de detención tiene sus propias reglas, y en este existe una prohibición absoluta de entrevistar a las internas.

Para asegurarse de que no haya contactos verbales prolongados, Buot estableció una pequeña "escolta" que consta de dos carceleras. Sin embargo, con respecto a la libertad de movimiento no hay restricciones de ningún tipo.

Una vez superados los controles, se accede a un vasto patio donde hay una gran carpa para servicios religiosos (Filipinas es un país de mayoría cristiana) y una cancha de baloncesto y voleibol.

A turnos, cinco reclusas preparan la comida en una cocina de modestas dimensiones. El menú es casi siempre el mismo: arroz blanco y caballa (un tipo de pez).

Hay una gran sala que utilizan como taller para manualidades: con máquinas de coser, pegamentos y materiales reciclados crean llaveros, adornos navideños, collares, pulseras y bolsos que luego venden en puestos de la ciudad.

También hay un salón de belleza donde pasan el tiempo entre esmaltes de uñas y pintalabios. En otra sala se imparten cursos de alfabetización, de teología y de economía básica.

En un espacio abierto lavan la ropa y la tienden para secar ríos de camisetas naranjas, azules y marrones. Los baños están en una condición penosa.

En un recinto que hay frente al patio tienen lugar las visitas de familiares y amigos, de jueves a domingo, de 8:30 de la mañana a 15:30 de la tarde. Y luego están los dormitorios.

Al igual que en las otras prisiones de Filipinas, también en Mandaluyong los dormitorios son la parte más característica. Hay camas de hierro coloreadas una encima de la otra. En las habitaciones la regla número uno es aprovechar todos los centímetros disponibles.

Pero el espacio es insuficiente para las tres mil 93 reclusas, por lo que en muchos colchones individuales tienen que dormir dos personas juntas. A esto hay que añadir que las internas tienen que guardar los pocos bienes de los que disponen a los pies o a la cabeza del colchón.

Junto al edificio original recientemente se construyó otro de tres pisos con otros dormitorios. Pero continúan llegando nuevas detenidas que acaban durmiendo también en grandes habitaciones sobre colchones tirados en el suelo.

En este caso, la proporción tampoco es de un colchón para cada presa. A las 9:00 de la noche comienzan a acostarse y miran una de las telenovelas coreanas más populares doblada para la televisión filipina. En promedio hay un televisor para cada 400 prisioneras.

A las 10 se cierran las puertas de los dormitorios, se apagan las luces y debe respetarse un silencio absoluto.

De repente se oye la voz de una chica que, gritando, dice en un excelente inglés: "Así toda la vida por un gramo de shaboo". La salida de tono provoca una amarga risa general a la que las carceleras no pueden resistirse.



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