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Fortnite y el cambio de paradigma paternofilial en los videojuegos


Publicacion:15-08-2018

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Aprovechamos una sorprendente noticia sobre Fortnite para tomarle el pulso a la actual aceptaci贸n social de los videojuegos

Hace unos días se publicó una noticia en Meri que me llamó la atención. El titular era nada menos que este: Padres pagan profesores de Fortnite para enseñar a jugar a sus hijos. Los comentarios que he podido leer por ahí iban de los aplausos al abucheo pasando por la incredulidad absoluta. Por lo que a mí respecta, vi importante lo que se contaba en el cuerpo de la noticia. Porque, más allá del titular y del juego en cuestión, veía ahí un importante cambio de paradigma que afecta a la percepción del medio interactivo y a nosotros como jugadores.

La noticia hablaba de cómo padres que juegan habitualmente a Fortnite con otros padres detectan las deficiencias que sus hijos tienen con el juego, y que eso puede perjudicarles a nivel social. Exacto. Fortnite vendría así a sustituir en las actividades infantiles a los deportes tradicionales. Recuerdo como si fuera ayer la dictadura que el futbol ejercía en el patio del colegio, y de cómo servidor, que lo detestaba, cuando alguien iba a realizar en un partido un saque de banda, lo miraba negando con el dedo mientras gritaba: ¡A mí no me la pases, a mí no! Había que estar ahí por narices, pero muchas veces se notaba a la legua que no era santo de mi devoción. Lo que me gustaba era el cine y los tebeos, pero jugué un montón al futbol porque lo contrario habría supuesto el aislamiento.

¿Vienen a sustituir los videojuegos competitivos esa imposición malsana? Mis conversaciones estos últimos días con amigos que tienen a sus hijos apuntados a liguillas de futbol lo corroboraban. Cuando les hablaba de la noticia sobre Fortnite, sin darles ningún comentario más ellos me respondían de la misma manera: ¡Como el futbol! Puestos a profundizar, me dedicaba a preguntar sobre el ambiente en esos entornos, y si bien se promueve el deporte y el trabajo en equipo, era notorio el deseo exacerbado por ganar que algunos padres transmitían a sus hijos. La competición por encima de la diversión, el vencer por encima de todo. Una actividad creada para pasarlo bien y dejar atrás el estrés pasaba así a enarbolar una presión sobre los infantes que no existía cuando jugaban sus pachangas con los amigos en plazas y jardines.

Estamos maniatados por la sociedad del éxito. Los millonarios gladiadores modernos se baten en batallas de once contra once en un campo de césped mientras miles de personas vitorean a unos y otros. Al padre futbolero le encantaría que su niño fuera el próximo Ronaldo o Messi. Y no es tan distinto en otros deportes como el tenis o el motor. ¿Qué ocurre cuando el éxito de los eSports es conocido por los progenitores gamers? José Luis López, colaborador de esta casa, me respondía por Twitter: “En el DOTA hace tiempo que el señor Purge ofrece sesiones de coaching por cantidades astronómicas (más de 100 dólares la hora). No sé si algún padre ha pagado por una pero no me extrañaría vistos casos como el de Sumail (les compró unas casa a sus padres con 15 años)”.

No es raro pues que existan dudas sobre la continuidad en la industria del modo campaña cuando la tendencia apunta tan fuerte hacia el modo multijugador, mucho más rentable a medio y largo plazo. Cada niño que se entera que trato con videojuegos me pregunta invariablemente por títulos competitivos online (Fortnite, Call of Duty…). Yo siempre respondo lo mismo, y cada vez me siento más viejo y cansado haciéndolo: “A mí es que me gusta más jugar en solitario a los juegos que me cuentan historias”.

Sabía que era cuestión de tiempo que el medio fuera aceptado de forma natural porque llegaría un momento en que la sociedad estaría en su mayoría conformada por gente que jugaba o había jugado habitualmente a videojuegos, y entre esas personas estarían también los que ocuparían puestos de responsabilidad en la economía, la política, la educación… La noticia de Fortnite que ha motivado este artículo me entusiasmó en un principio porque vi en ella el solapamiento de generaciones de jugadores, con Padres e hijos para los que el videojuego es una opción natural de ocio. Claro, después me di cuenta de que no era oro todo lo que relucía. Un tipo de videojuego muy específico era el que triunfaba y venía a integrarse en el día a día ocupando el mismo espacio que habían ocupado deportes físicos tradicionales, copiando estupendos valores… pero también vicios enquistados.

La aceptación natural del videojuego ha ido llegando, no nos engañemos, por la cantidad tan brutal de dinero que mueven. No dejo de ver como una falacia aquella votación del Congreso de los diputados que en 2009 dictaminó por unanimidad que los videojuegos eran un bien cultural que había que proteger. Los representantes de nuestra endeble industria han conseguido sus objetivos (el éxito de la mencionada votación, el Príncipe de Asturias para Shigeru Miyamoto, las partidas presupuestarias para apoyar nuevos proyectos…) a base de apabullantes datos económicos y promesas de futuro sobre la creación de empleo. Si se ha logrado que los videojuegos aparezcan en los programas electorales de los partidos políticos, no ha sido por el valor artístico y cultural de estos, sino por su potencial económico.

Tal vez haya que pagar este peaje para alcanzar otras metas. Porque no estoy en contra de que padres que juegan en competitivo apoyen y fomenten eso mismo en sus hijos. Es una forma de que disfruten juntos su preciado tiempo libre. Atrás quedarían los años en que padres analógicos veían con extrañeza y lejanía los gustos de sus hijos ya nacidos en la era digital. Lo único que deseo es que, además de eso, padres e hijos compartan juegos como se compartían las lecturas de antaño en el salón, en el regazo, en la cama antes de despedir el día. Donde el cuento va, en esta ocasión, de un fontanero con bigote viajando por mundos increíbles, de tierras cuadriculadas donde se expresa sin límites la imaginación, de verdes praderas que respiran aventura a lomos de un veloz caballo. Es hora de dormir, y de soñar.



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