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Colores de primavera y verano


Autor: Olga de León / Carlos A. Ponzio de León | Publicacion:21-04-2019

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Un Salvador que volvió a encontrar el sentido de la vida.

Cuidado con el viento, cuando calla


Olga de León

Una mañana de primavera, cuando las flores alegran el entorno, los pajarillos amenizan plazas, parques y ventanas de los hogares donde hay por lo menos un árbol grande y frondoso en el patio o al frente de ellos, pasó el viento y sintiéndose disminuido ante tanta belleza, y celoso por la atención que la gente le dispensaba a esos elementos de la naturaleza, quiso llamar la atención de todos, pero no sabía cómo. Estuvo todo un día y una noche pensando qué hacer, para que los pobladores de la comarca empezaran a hablar maravillas, también de él.


Al tercer día de haber caído en tal cavilación, creyó encontrar la respuesta a su preocupación. Primero, fue descartando lo que no debía hacer: no volveré a soplar demasiado fuerte, para que los pétalos de las flores no rueden por el suelo, pues pensarán que tuve envidia de sus colores y aromas. Tampoco espantaré a los pajarillos que cantan hermoso, como el cenzontle, pues entonces mis silbidos serán despreciados y anhelaran que pronto acaben los vientos y ventarrones; y, mi existencia dejará de tener sentido para los humanos.


Así que, esa noche del tercer día creyó dar con la solución a su problema. Debo ayudar a ensalzar las cualidades de las flores, los pajarillos y los árboles, tanto como las de ríos, arroyos, montes y montañas, para que siempre que en ellos piensen, recuerden mi presencia como el elemento que se los acerca y enmarca su existencia.


Muy contento consigo mismo, por la brillante idea que había concebido, se dedicó solo a soplar suavemente y permitir que los aromas de las flores llegaran tan lejos como él podía llevarlos; que los trinos de dulces pájaros fueran escuchados más allá de donde antes podían llegar. Y circulando entre los montes o sobre las cúspides de las montañas, fue feliz de enterarse que paseantes y citadinos de esos lugares hablaban del delicioso clima que en ellos había a pesar de que el sol estuviese en su punto más alto o los fríos se hubiesen asentado ya, como quien está en sus lares.


Pero, he aquí, que el hombre, el humano, mujer u hombre, de la edad que fuese, no sabían a qué se debía tanta belleza a su alrededor, y solo pensaban que era regalo natural o divino, pero nunca del viento, al que ya no veían ni sentían por ninguna parte, pues él había decidido pasar desapercibido para engalanar a todos los otros elementos de la naturaleza.


Un día, por ejemplo, haciendo que las voces se esparcieran, escuchó un comentario entre dos parroquianos que se preguntaban, a qué se debería que ya no hubiese viento y menos ventarrones… y, acto seguido, soltaron la carcajada mientras alegremente comentaron: debe ser que le dio vergüenza no servir para casi nada y se debe haber retirado al desierto. Triste, muy triste por haber escuchado tal comentario, el viento cayó en una muy fuerte depresión: ahogó su último aliento en su propia garganta y entonces sí que dejó de ser, ya ni siquiera una briznita o un silencioso vehículo de todo lo mejor que había en ese pueblo y fue nada.


A los pocos días del colapso sufrido por el viento, las flores se marchitaron, los pájaros emigraron a otras regiones en donde el calor o el frío no los mataran; los árboles no dejaron caer sus follajes, sino que se secaron pegados a sus ramas, los arroyos se secaron, y los ríos perdieron gran parte de su caudal.


Entonces, un par de niños que generalmente gustaban de correr por gusto con el rostro dando contra el viento, fueron los únicos que supieron la verdad; y exclamaron: cuán ignorantes y malignos pueden ser los adultos, pues ellos que sí veían a ratos hacia el cielo y en otros hacia el frente o el suelo, descubrieron triste y desmayado al viento junto a una jacaranda, cuyas espinas lo habían punzado y él ni así reaccionó contra la planta y sus flores.


La niña que era un poco mayorcita, dijo, cómo puede ninguno saber que sin viento no hay aire, ni vida que se alimente sin su necesario oxígeno. Tomó entre sus manitas al viento y lo levó hasta una playa, en donde encontró un gran caracol, y suavemente lo colocó dentro de él. Luego le dio un beso al caparazón y algo le susurró por la cavidad más pequeña. El viento agradecido, comenzó a imitar los sonidos del mar, de las playas y de los follajes de los árboles cuando el aire los mueve para que bailen al son de la naturaleza y la vida.


El viento regresó a reinar entre los demás elementos de la naturaleza y jamás deseó desaparecer, como tampoco volvió a callarse. En delante vivió: a ratos, levantando cuanto en su camino encontraba; pero otras, solo silbando como flauta dulce, o muy parecido su sonido al canto del cenzontle que llegaba hasta la Patagonia. Estos son los milagros que solo puede hacer la Naturaleza o un Ser Supremo; nunca el hombre: los intereses le ganan al corazón y la razón.

COROLARIO:


Y no puede porque su celo, su envidia, su desprecio por lo diferente, su animadversión a otros humanos que piensen diferente de él, no le permiten ser ni compartido, ni solidario; ni siquiera razonable o sencillamente inteligente: asunto difícil en pueblos donde la ignorancia se cultiva para que siga la explotación de los débiles.


Pocas naciones hay que sean realmente poderosas por sus gentes, por su capital humano, como dirían los economistas; y esos son los que no cuestionan los triunfos de quienes legítimamente los obtuvieron, por el contrario, todos se unen para dar apoyo, para que la fuerza vaya en un mismo sentido, en pro de todos y especialmente de quienes más la necesitan. Eso se llama humanismo, altruismo, inteligencia, cultura y sensatez.


Una viola chispeante


Carlos A. Ponzio de León


Ella murió de un infarto, sus padres siempre culparon de ello a su marido, porque él nunca la ayudó a bajar de peso. Tenía treinta y cinco años. El departamento en el que Salvador y su mujer vivían, lo habían comprado entre los dos. Luego del fallecimiento, él se fue a vivir con sus propios padres, pero solo para deprimirse más. Se concentró en su trabajo que lo mantenía fuera de casa de ocho de la mañana a once de la noche.


Salvador trabajaba en el área de sistemas dentro de una corporación. Era quien resolvía los problemas que el personal tenía con las computadoras. Su oficina estaba llena de teclados, ratones, cables y una que otra laptop y monitor. Era una oficina pequeña con una ventana que daba hacia el lado oriente de la ciudad, en el piso dieciséis.


Todas las mañanas desayunaba un par de donas, una de chocolate y otra de vainilla, y un jugo grande de naranja. Durante toda la vida había sido muy gordito, y luego de casarse, subió más de peso.


Durante la estancia en casa de sus padres, desempolvó el viejo estuche de la viola y se puso a tocar los fines de semana. Le extrajo al instrumento algunos sonidos que eran como formas de medusa que le podían alborotar la cabeza a cualquiera, arpegios que llegaban a acariciar con seda las manos de quienes escuchaban.


Sobre la cuerda de Do, la más grave y característica de la viola, podía sostenerse varios minutos improvisando trazos sombríos, provocándose miradas quietas y austeras que le prohibían a sus lágrimas volver a salir. Luego pasaba a tocar sobre las cuerdas de Sol y Re, en las que lograba acompañar a su propia alma solitaria y dolida, con música que era un abrazo fraternal, una palmada en el hombro para seguir adelante; un hierro candente que lograría solidificarse para construir un nuevo futuro.


Finalmente, cuando llegaba a la cuerda de La, se sentía brillante como una estrella ardiendo, como el verano en la playa, como una esponja que absorbe agua caliente y que cuando se le exprime, arroja un aroma refrescante. Era en esta cuerda de La cuando se le ocurrían las ideas que iluminaban la oscuridad de su recámara, las que lo incitaban a realizar ejercicio.


Así fue como comenzó a correr los fines de semana por las tardes, cuando también sacó las viejas partituras y se puso en forma. Se convirtió en un nuevo Salvador, delgado y fuerte, y muy pronto dejó la casa de sus padres para volver a su antiguo departamento a rehacer su vida, para volver a disfrutar de la lluvia, del pasto del verano y de la caída de las hojas de los árboles en el otoño. Un Salvador que volvió a encontrar el sentido de la vida.

 

 



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